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Guatemala, domingo 10 de enero de 2010

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Opinión:

Yo disiento: Superar el fracaso de Copenhague

Joseph Stiglitz

Fuente menor Fuente normal Fuente grande

NUEVA YORK – Los discursos bonitos no llegan muy lejos. Un mes después de la conferencia de Copenhague sobre el clima, ha quedado claro que los líderes del mundo no pudieron traducir a acciones la retórica sobre el calentamiento global.


Por supuesto, estuvo bien el que pudieran ponerse de acuerdo en que sería terrible arriesgarnos a la devastación que podría ocasionar el aumento de las temperaturas globales de más de dos grados Celsius. Al menos, prestaron algo de atención a las crecientes evidencias científicas. Y se reafirmaron ciertos principios establecidos en la Convención Marco de Río de Janeiro de 1992, incluidas “las responsabilidades comunes pero diferenciadas, y las capacidades respectivas”.

También lo fue el acuerdo de los países desarrollados de “proporcionar recursos financieros, tecnología y desarrollo de capacidades adecuados, predecibles y sostenibles...” a los países en desarrollo.


El fracaso de Copenhague no fue la falta de un acuerdo legalmente vinculante: el verdadero fracaso fue que no hubo acuerdo sobre cómo lograr la enorme tarea de salvar el planeta, ni acerca de las reducciones de emisiones de carbono, ni sobre cómo compartir la carga o ayudar a los países en desarrollo. Incluso el compromiso de destinar 30 millardos de dólares para el período 2010-2012 para la adaptación y la mitigación empalidece ante los cientos de miles de millones facilitados a los bancos en los rescates financieros de 2008-2009. Si podemos permitirnos esas sumas para salvar los bancos, bien podemos permitirnos algo más para salvar el planeta.


Las consecuencias del fracaso ya se pueden ver: el precio de los derechos de emisiones en el Sistema de Intercambio de Emisiones de la Unión Europea ha caído, lo que significa que las firmas tendrán menos incentivos para reducir las emisiones ahora, así como para poner en práctica innovaciones que las reduzcan en el futuro. Las empresas que querían hacer lo correcto, destinar el dinero a reducir sus emisiones, ahora sienten inquietud por que hacerlo las ponga en desventaja ante la competencia, ya que otros seguirán emitiendo sin limitaciones. Las empresas europeas seguirán estando en una desventaja competitiva con respecto a las estadounidenses, para las que las emisiones no suponen coste alguno.


Tras el fracaso de Copenhague hay algunos problemas profundos. El enfoque adoptado en Kyoto asignó derechos de emisión, que son un recurso valioso. Si las emisiones se restringieran de manera adecuada, el valor de los derechos de emisión sería un par de billones de dólares al año, por lo que no es de sorprender que haya peleas sobre quién debería recibirlos.


Claramente, la idea de que quienes emitieron más en el pasado deberían recibir más derechos de emisión para el futuro es inaceptable. La asignación “mínimamente” justa para los países en desarrollo exige derechos de emisión equivalentes per cápita. La mayoría de los principios éticos sugeriría que, si uno está distribuyendo lo que equivale a “dinero” por el mundo, debería dar más (per cápita) a los pobres.


De manera que, además, la mayoría de los principios éticos sugeriría que quienes han contaminado en el pasado –especialmente después de que el problema se reconoció en 1992– deberían tener menos derecho a contaminar en el futuro. Sin embargo, una asignación así transferiría implícitamente cientos de miles de millones de dólares de los ricos a los pobres. Considerando las dificultades de reunir incluso 10 millardos al año –para no hablar de los 200 millardos al año que se necesitan para mitigación y adaptación– es un poco iluso esperar un acuerdo en torno a esas cifras.


Tal vez sea el momento de intentar otro enfoque: un compromiso por parte de cada país de elevar el precio de las emisiones (a través de un impuesto al carbono o límites para las emisiones) a un nivel acordado de, digamos, 80 dólares por tonelada. Los países podrían usar los ingresos como una alternativa a otros impuestos, ya que tiene mucho más sentido aplicar impuestos a las cosas malas que a las buenas. Los países desarrollados podrían usar parte de los ingresos generados para cumplir sus obligaciones de ayudar a los países en desarrollo en términos de adaptación y de compensarlos por mantener bosques, que representan un bien público global debido a que “secuestran” carbono.


Hemos visto que la buena voluntad, por sí sola, sólo puede llevarnos hasta cierto punto. Ahora debemos hacer confluir las buenas intenciones con los intereses propios, especialmente porque los líderes de algunos países (en particular los Estados Unidos) parecen temerosos de la competencia de los mercados emergentes incluso sin la ventaja que pudieran recibir por no tener que pagar por las emisiones de carbono. Un sistema de impuestos fronterizos –que se aplicarían a las importaciones de países donde las firmas no tienen que pagar de manera adecuada por las emisiones de carbono– nivelaría el campo de juego y brindaría incentivos económicos y políticos para que los países adoptasen impuestos sobre el carbono o límites a las emisiones. Eso, a su vez, daría incentivos económicos para que las empresas redujeran sus emisiones. 


El tiempo corre. Mientras el mundo vacila, los gases de invernadero se acumulan en la atmósfera, y se reducen las probabilidades de que cumpla siquiera el objetivo acordado de limitar el calentamiento global a dos grados Celsius. Hemos dado más de una justa oportunidad al enfoque de Kyoto, basado en derechos de emisiones. Si consideramos los problemas fundamentales que existen tras el fracaso de Copenhague, no debería resultarnos sorpresivo. Como mínimo, vale la pena darle a la alternativa una oportunidad.

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3 comentarios:

  1. Ramiro Asturias Zamora: (2010-01-10 20:24:41 horas)
    Sr. J. Stiglitz, Los secretos de la felicidad ambiental se ilustran aca, en Costa Rica, segun Nicholas D. Kristof (para el "N.Y. Times," traducido por Gabriel Zadunaisky afecha 10/1/10 para "LA NACION," y condensado por este servidor). "En general, los países latinos están bien ubicados en las encuestas de felicidad: México y Colombia se ubican en un nivel más alto que Estados Unidos en cuanto a la felicidad declarada. Quizás uno de los motivos sea el énfasis cultural puesto en la familia primero, y luego en los amigos, en el capital social por encima del capital financiero y los meros activos. La World Database of Happiness (Base de Datos Mundial de Felicidad), compilada por un sociólogo holandés según encuestas de Gallup y otros, los ticos promedian 8,5 al estimar su felicidad en una escala de 10 puntos, (a la cabeza de: 148 naciones). Luego viene Dinamarca con 8,3, (Estados Unidos con 7,4, está en el lugar 20). De acuerdo con los "años de vida feliz," con tal promedio más la expectativa de vida -o longevidad- Costa Rica también está en la cima. (Estados Unidos en el lugar 19). Y sigue estando de un modo sustentable para el medio ambiente, agregando a lo anterior un ajuste ante la conservación de la naturaleza versus el impacto ambiental, por ejemplo el carbono producido por el país -pionera en materia ecológica, al haber introducido un impuesto a la generación de carbono en 1997-, en el "índice del planeta feliz" por la "New Economics Foundation," le sigue República Dominicana (Estados unidos está en el lugar 114, por su grotesco impacto ecológico). Su índice de desempeño ambiental, producido en colaboración por las universidades de Yale y Columbia, la ubica en el quinto lugar en el mundo, el más alto fuera de Europa. Lo que pone a Costa Rica en una categoría aparte es su llamativa decisión de 1949 de disolver sus fuerzas armadas e invertir en cambio en educación. Yo no soy antimilitar; pero las evidencias muestran categóricamente que, a menudo es mucho mejor invertir en educación que en artillería. Una mejor educación creó una sociedad más estable, menos proclive a los conflictos, con claras mejoras en salud pública y una expectativa de vida similar a la de Estados Unidos. La elevación del nivel educativo también promovió una llamativa igualdad entre los géneros, por lo que en el índice de brecha de género del Foro Económico Mundial, también está en un puesto más alto que EE.UU. Eso le permite utilizar su población femenina de manera más productiva. Además, impulsa a la economía permitiendo la exportación de 'chips' de avanzada. Y con un mejor manejo del inglés conversacional, atraer a más ecoturistas. Mientras tanto, los aliento a hacer su propia investigación, explorando esas magníficas playas y admirando en sus parques nacionales las iguanas y esos en verdad, perezosos. Luego de haber tiritado de frío en el norte y sufrido "alienacion por déficit de naturaleza verde, no dudo que los hará felices visitarla y/o emigrar. Muchos gringos se mudan para disfrutar de una jubilación a bajo costo; en unos 20 años veremos grandes comunidades de angloparlantes jubilados a lo largo de sus costas." Un cordial saludo Mister.
  2. Roberto Lopez Porras: (2010-01-10 11:07:04 horas)
    FUE UN FRAACAZO COPENHAGUE? El problema climático se ha vuelto un problema económico y de ahi ha derivado a un problema de competividad global. Si la China, India y Brasil, grandes contaminadores no se comprometen en un acuerdo efectivo para reducir la contaminación del carbono, la Union Europea y Estados Unidos tienen la justificación de no comprometerse. El problema del calentamiento global ha sido mal vendido por las Naciones Unidas, sin embargo ello no quiere decir que los países a nivel individual no esten trabajando en impúlsar una tecnologia para atrapar los gases de carbono, pero tambien los países péqueños como Guatemala, que aún no han podido controlar a los motores y los buses que lanzan en nuestras barbas humo negro contaminante o la deforestación constante, tienen que demostrar que han tomado en serio el reto de propiciar con medidas efectivas un ambiente limpio. La responsabilidad es de todos, ya sean países pequeños, medianos o grandes, quizá la tecnologia sea muy atrasada, en los países del tercer mundo, pero debemos contribuir a reducir la contaminación. La Selva Petenera en Guatemala y la zona de Olancho en Honduras, aun con la deforestación constante siguen siendo en Centro América pulmones naturales que deben preservarse. Pero tambien está probado que la contaminación emana en un 75 por ciento de los centros urbanos. En el caso de Guatemala me gustaria saber si el Gobierno tiene un Plan para dotar al Ministerio de Ambiente de los medios financieros para que cumpla con sus obligaciones y si este tiene algun Plan piloto para descontaminar de carbono la Capital y las ciudades principales del país? El mínimo Plan es forestar, combartir la deforestación, propiciar un cambio de los motores a diesel y a gasolina por el uso del gas natural, la uitlización de biocombustibles Etc. crear estímulos fiscales para dicho cambio y crear impuestos por tonelada de contaminantes que las empresas lancen a la atmosfera. Volviendo a Copenhague creo que dicha Reunión no fue el éxito en la medida de las infladas expectativas pero no puede hablarse de un fracazo, ha servido para hacer conciencia global del problema y sus efectos y para que cada país en la próxima reunión puedan llevar un compromiso con una cuota mínima para descontaminar el ambiente. Copenhague ha sido el principio de un programa que incluye propgramas tecnológicos para atrapar en su base el carbono o para atraparlo en la atmosfera y tambien para cambiar las fuentes de energia contaminante por otras fuentes de energia alternativas no contaminantes y viables. Programas pequeños o grandes contribuirán a la meta de tener un ambiente limpio de carbono para detener el calentamiento global cuya hipótesis algunos niegan.
  3. Ricardo Berganza: (2010-01-10 06:47:13 horas)
    Desde Guatemala se ve tan lejos!! Tan lejos ese problema del cambio climático!! Y no es por que no nos lleguen las noticias, es por que estamos ahogados en problemas domésticos como la violencia común o el costo de vida. Creo que esos factores, en otra dimensión, afectan el problema global, toda vez que los estadunidenses se mantienen histéricos con ataques, guerras, hipotecas, y otros asuntos, que por desgracia, los distraen o anestesian de ese tema global. Por eso soy algo pesimista. Muy bueno el artículo de Stiglitz, pero sigue sonando como palabra al viento, al menos aquí en Guatemala.
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