Apenas leían y escribían pero abrieron su propia escuela, una que formó a niños que ahora son jóvenes universitarios, incluso fuera del país.
Una aldea en Cobán se decidió a instalar su propia escuela. Nadie tenía completa la primaria y poco sabían de educación, pero eso no fue impedimento para que graduaran a sus hijos. La iglesia católica se fue indignada y el Ministerio de Educación tardó años en pagarle a los maestros. Pero nada les detuvo, no estaban dispuestos a esperar que la escuela llegara del Estado.
En el pueblo no había escuela. Los días transcurrían entre las siembras de maíz, frijol y cardamomo. Los niños llevaban los pies tapizados de lodo seco, que se sentaban a descascarar como si se le quitara el pabilo a una vela, mientras los mayores removían la tierra con los rostros ocre y los labios partidos por el exceso de sol.
José María Quib, un líder de la comunidad, se afanaba por cultivar el alimento de sus hijos cuando una idea empezó a chocarse contra su cabeza como un mosquito torpe que no atinaba a colarse por una oreja. “Aquí hay que hacer algo” pensaba, “hay que lograr que las cosas cambien. Vamos a conseguir una escuela” se propuso. Pero lograrlo no iba a ser fácil ¿cómo llamar la atención de un gobierno que por siglos los había tenido olvidados? El Ministerio no iba a llevarles aulas de la noche a la mañana y esperar sentado no era la costumbre de José María ni de sus vecinos.
Para llegar a Peña Blanca, aquel sitio olvidado por el Ministerio de Educación, hace falta recorrer 80 kilómetros desde Cobán, que se traducen en dos horas en carro y una más a pie. “La gente que llegaba de la capital se aprovechaba de la ignorancia del pueblo”, recuerda Pedro Quib otro de los vecinos de Peña Blanca, Cobán, “por eso necesitábamos educarnos, defendernos nosotros solos”. La idea mosquito por fin logró entrar en la cabeza de José María: “Vamos a abrir la escuela nosotros solos”.
El proyecto sonaba además de aventurado, peligroso, “no se puede hacer algo fuera del gobierno, los maestros tienen que venir de la capital”, le dijo alguno de los vecinos, otro arremetió con los problemas económicos, “de dónde vamos a sacar el dinero para una escuela” y hubo uno que lanzó el dardo más certero: “¿Quiénes van a ser los profesores, si aquí apenas sabemos leer y escribir?”.
Las dificultades eran muchas, pero las ganas eran más. Después de atravesar una decena de obstáculos Peña Blanca tiene hoy una escuela formal, que no sólo ha graduado a niños –hoy universitarios– sino que ha mostrado una forma totalmente revolucionaria de educar, un sistema alabado por profesionales extranjeros, que ven cómo con intuición y disposición se consiguen cosas grandes.
El programa fue tan exitoso que ya se ha replicado en cinco comunidades vecinas. Sus creadores, agrupados en la asociación Xool ixim (corazón de maíz), eran campesinos Q’eqchi’s, que no se quedaron sentados esperando que el Estado cumpliera su papel.
Hoy Peña Blanca, de 130 habitantes, ha bajado de un 60 a un 35 por ciento la tasa de analfabetismo.
El pueblo entero se reunió. Todos estaban allí para elegir entre sus vecinos a aquellos sobre los que recaería la educación de sus hijos. Candidatos había muchos, pero ninguno contaba siquiera con un diploma de primaria. “De cada diez habitantes seis eran analfabetos”, calcula José María.
Se plantearon criterios básicos de selección: saber leer y escribir y contar. “Queríamos transmitir los pocos conocimientos que teníamos”, recuerda Pedro. La comunidad eligió a su profesorado y después se ocuparon de determinar los contenidos y clases que impartirían en su escuela.
Fue una discusión larga y salpicada de dudas. “Queríamos trabajar por una educación que valore y tome en cuenta nuestra cultura y que transmita la historia real de nuestras comunidades”, explica José María. “Nosotros sufrimos el conflicto armado y quisiéramos que esta historia no se olvidara, que los niños puedan tener acceso a esa información”.
Los contenidos principales eran la historia de la comunidad, los valores de la cultura maya Q’eqchi’, lectura y escritura, matemáticas y el calendario maya. Estuvo claro desde un principio que las clases se impartirían en idioma maya, el español sería una clase extra, un segundo lenguaje. Y así empezaron, con un proyecto totalmente original, que mantuvo ocupados a todos los habitantes del pueblo, que involucró hasta al más apático.
Al principio las clases eran una o dos veces por semana, “teníamos que trabajar para mantener a nuestras familias”, dice Pedro, pero poco a poco la comunidad se fue vinculando más a la escuela, al punto que formaron una asociación y se comprometieron a pagar Q25 mensualmente para mantenerla y ayudar en algo a los maestros. “También teníamos un molino de nixtamal que nos generaba algo de ingresos”, comenta Pedro.
Y no sólo colaboraban con dinero. Una madre, experta en elaboración de lazos, se decidió a darles un taller a los niños. Durante su explicación el maestro aprovechó para explicarles matemáticas cuando ella hablaba de las medidas; y de física cuando la señora les contaba de la resistencia del lazo. Así, sin darse cuenta, iban entreverando los conocimientos locales con los occidentales.
Les hablaban del conflicto armado y de cómo la guerra atacó a sus familias y a la vez pedían a los alumnos que escribieran sobre eso y que leyeran los textos de los compañeros. A la vez que conocían la historia de su comunidad practicaban la lectoescritura. Los niños se familiarizaron más con la palabra escrita y aprendieron a expresarse con letras. Aquello marchaba de maravilla.
Pero llegó el primer obstáculo.
Cada principio de año profesores, padres y líderes del pueblo se reunían a discutir el pénsum. El resto del país se acogía a las disposiciones unificadas que el Currículo Nacional Base, elaborado por el Ministerio de Educación les imponía. Pero en Peña Blanca era la comunidad la que decidía. Se plantearon impartir una clase de educación sexual, pero luego llegaron a la conclusión de que era mejor que los padres lo explicaran en casa. Propusieron hacer más énfasis en la matemática o ciencias naturales y así fueron elaborando los contenidos del año. Todo el mundo estuvo de acuerdo… bueno, casi todo el mundo.
Al sacerdote de la iglesia católica no le gustó lo que el maestro de historia iba a contar. “Les hablamos de la invasión, la conquista como le llaman, y les dejamos claro lo que pasó”, explica José María. Y la evangelización cumplió un papel fundamental en la llegada de los españoles. Eso al cura no le gustó. “Queremos que los niños tengan claro qué es nuestro y qué es impuesto”, advierte José María. Eso al sacerdote tampoco le gustó.
Fue entonces cuando soltó la amenaza: “Si enseñan eso me voy y nadie les va a bautizar a sus hijos”. La comunidad, como siempre, se reunió a tratar el asunto. “Tenemos jóvenes de 15 años que ya no fueron bautizados”, resume José María. El pueblo decidió seguir su propio modelo pedagógico y aprovechar la iglesia vacía como salón de usos múltiples.
El segundo reto fue un poco más complicado, les llevó más tiempo encontrar la solución. Sus primeros alumnos, que empezaron primero primaria en 1994, estaban por terminar sexto y debían continuar, quizá fuera del pueblo. Pero como la escuela no estaba avalada por el gobierno y no seguía las rutas trazadas por el Ministerio, el diploma que recibirían no sería otra cosa que un papel, inservible para entrar a un instituto oficial.
Pero allí también brilló la creatividad. Decidieron llevar a sus alumnos a la escuela oficial de Salahuí, la más cercana, y que tomaran allí el mismo examen que los alumnos regulares, quienes habían sido educados por maestros con título. Y el resultado fue asombroso: los alumnos de Xool Ixim pasaron la prueba sin dificultades y la escuela les entregó su diploma de sexto primaria. Le habían, oficialmente, ganado al sistema.
Para continuar la formación se valieron de Instituto Guatemalteco de Educación Radiofónica (IGER) que llevaba clases de nivel básico a través de la frecuencia radial. Ismael Quib continuó así sus estudios, después de aquella exitosa prueba en Salahuí. Hoy cursa el quinto semestre de ingeniería forestal en la Universidad Rafael Landívar de Cobán. “Fue una buena experiencia y cuando entré a la U nunca sentí que sabía menos que los demás”, cuenta.
Los que tampoco dejaron de estudiar fueron los maestros. El programa para Población Desarraigada les ayudó a realizar una homologación de estudios y así obtener la primaria. Ellos también se preocuparon por seguir formándose. José María, que cuando inició el proyecto tenía cuarto grado terminado, está por concluir una maestría en pedagogía.
Aunque el proyecto lo empezaron en solitario, poco tiempo después de iniciado, en 1995, consiguieron la ayuda de la ONG Niños del Mundo. Los expertos en pedagogía de esa institución se sorprendieron al ver el programa, no sólo porque nació de la nada, sino también, porque estaban aplicando sin saberlo la pedagogía de texto, una de las últimas corrientes educativas que plantea que la educación debe basarse en la propia cultura, socializarse y aplicarse siempre en el idioma materno. “Sin tener las bases teóricas ya lo hacíamos en la práctica”, explica José María. Desde entonces Niños del Mundo les apoyó con materiales didácticos y con formación para los docentes.
“Han creado un ambiente de aprendizaje diferente. Tanto los maestros como los niños han aprendido a ser críticos a no aceptar cualquier cosa, a exigir que haya argumentos y demostraciones de que lo que están aprendiendo es verdad”, cuenta Antonio Faudez, doctor en educación que labora con Niños del Mundo. “Se está creando un ser crítico, más autónomo, más responsable, que están permanentemente aprendiendo y cuestionando”.
Tres años después de que los maestros trabajaran sin sueldo, la ONG consiguió ofrecerles un sueldo de Q600 mensuales. Y en 2008 el Ministerio de Educación empezó a ceder. Ese año lograron que nueve de sus maestros fueran presupuestados y que cuatro, de sus cinco escuelas, recibieran el grado de escuela oficial de educación rural. Aunque fue una negociación de estira y encoge y ellos tuvieron que adaptarse al Currículo Nacional Base, no sacrificaron la calidad de sus clases, ni el idioma Q’eqchi’ como el principal.
“Hemos tenido que integrarnos de alguna manera al currículo, pero hicimos un análisis para ver si alguna diferencia puede contradecir directamente nuestro currículo, vimos que no, y lo dejamos así. El ministerio a través del CNB contempla otras áreas como educación ciudadana o formación para la productividad, esas áreas nosotros vamos a tener que incluirlas para tener el reconocimiento del ministerio”, comenta José María.
Xool Ixim funciona con éxito en cinco pequeñas aldeas de Cobán: Laguna Chiquita, Kuxpemech, Gancho Caoba II, Sa’multeken II y Peña Blanca. “¿Cuántos padres realmente saben lo que sus hijos aprenden en la escuela?”, se pregunta José María. Los padres de los niños de Xool Ixim sí lo saben, es más, lo deciden, lo discuten y lo corrigen cuando hace falta.
El proyecto improvisado, que empezó a trancas y barrancas funciona. Prueba de ello es Fredy Quib, uno de sus primeros alumnos. Fredy ganó una beca para estudiar el diversificado en Canadá y más tarde Estados Unidos lo becó para seguir una licenciatura en Relaciones Internacionales, Fredy tuvo que superar una serie de pruebas, pruebas en las que alumnos de los colegios más caros se quedaron varados. “Y a Fredy lo tuvimos en nuestras manos”, dice Pedro Quib, “y nosotros apenas sabíamos leer y escribir”.
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