En una vuelta novelesca y teatral, el caso Rosenberg está removiendo por segunda vez las entrañas de la población. Un hombre desesperado ante la violencia e impunidad que rigen en nuestro país, decide inmolarse para convertirse en ejemplo de lo que significa la impunidad, porque su caso no podría resolverse y con su “yo acuso” desquebrajaría la credibilidad posible existente sobre la cúpula del Gobierno. En un país donde nunca se resuelve nada, todo se confunde políticamente y se riegan tantas bolas que al final los malos ganan y los buenos pierden, Rosenberg provocó tal estado de crisis que por primera vez en nuestra historia se organizó un equipo profesional de investigación que dio al traste con todo el plan urdido. La familia presidencial quedó exculpada, y el suicida se llevó de corbata a sus amigos entrañables, evidenciando que en nuestro país existen bandas de sicarios al servicio de la clase dominante, para defenderse o ajustar cuentas, por dinero, en actitud defensiva o de ataque. La población confirma lo que se ha sabido siempre, que la gente común y corriente vivimos a la deriva, sin respaldo, en un sálvese quien pueda, entre organizaciones criminales que hacen con nosotros lo que se les da la gana.
Ahora sabemos que sí se puede seguir pistas, aunque no lo hacemos, y hasta el Ministerio de Gobernación siembra las suyas para confundir. Sabemos que sí se puede perseguir a las bandas por meses, adelantarse a lo que están planeando ejecutar, y detener secuestros y robos a bancos, así como conocer a quienes planifican ejecuciones como su negocio cotidiano. Y, sin embargo, siempre triunfa la impunidad, porque la justicia acaba de lograr con evidencias que un Rosenberg desesperado pase de héroe a provocador, convertido en alguien que manipuló a la masa ingenua de clase media para linchar a políticos con el fin de aplacar su apetito vengativo, dejándonos burlados y sin esperanza. Y por el otro lado, el sistema de justicia se dispone a perdonar a tres sicarios, criminales ejecutores, parte de una banda que secuestraba, robaba y asesinaba como modo de vida cotidiano, porque tuvieron a bien convertirse en “delatores”. Desde los tiempos de Estrada Cabrera la acción de delatar paga: país de orejas y achichincles hipócritas.
El problema de aquí en adelante seguirá siendo el mismo, quienes cometen fechorías saldrán libres, y quienes desesperan, se defienden, o se prestan a romper los límites de la ley para ayudarse, serán perseguidos y no podrán librarse del castigo merecido.
El mensaje que Rosenberg nos dejó con su inmolación es que estamos solos, en medio de fuerzas oscuras que nos manipulan. El Gobierno nos manipula, Rodrigo Rosenberg nos manipuló con su sacrificio, todos nos mueven, y si nosotros tratamos de movernos por cuenta propia, habrá fuerzas poderosas que nos lo impedirán. Tal estado de impotencia podría bautizarse como el síndrome Rosenberg.
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