Me sirvió para escapar del pequeño espacio sofocante de mi asiento en el avión, pero no para escabullirme de la realidad de Guatemala, reflejada en el libro de manera eficaz. Hay que reconocer, sin embargo, que esa realidad adquiere matices fantásticos de vez en cuando, como en el caso Rosenberg, según las recientes declaraciones de Castresana. Y que la literatura que refleja la realidad se queda corta de vez en cuando. La novela de Rey Rosa es un buen ejemplo de autoficción; un género que resulta útil cuando uno quiere ir más allá del mero informe. O de una relación de hallazgos cuya importancia radica más en su contribución a la memoria colectiva que en un improbable vínculo con la consecución de la justicia.
El libro empieza con una relación del Archivo de la Policía Nacional y algunas de las circunstancias que llevan al protagonista a una investigación casi a ciegas. El hombre es un visitante incómodo cuyo propósito entre los investigadores del Proyecto de Recuperación del Archivo nunca queda claro. Quizá sucede eso porque el mismo Rodrigo (no el autor sino el personaje) no sabe qué busca. Y aún así, caminando a tientas entre millones de documentos, encuentra datos reveladores de una historia plagada de injusticia y violencia. Un personaje, Benedicto Tun, el fundador del Gabinete de Identificación, aparece inesperadamente. Lo intriga. Algunas de las fichas resultan paradigmáticas. Rodrigo toma notas al azar: “Aguilar Elías León. Nace en 1921. Moreno, delgado, cabello negro liso; dedo pulgar del pie derecho, fáltale la mitad.
Fichado en 1948 por criticar al Supremo Gobierno de la Revolución. En 1955 por pretensiones de filocomunista, según lo acusan”. La novela sigue el orden de un diario donde el protagonista apunta sus descubrimientos del archivo y sus inquietudes personales. Al mismo tiempo lee el Borges de Bioy Casares, un mamotreto de 1,664 páginas, para evitar el aburrimiento. El aire del archivo tiene algo de sórdido, de complicidades inconfesadas, de sospechas tortuosas. Es un laberinto. ¿Pero dónde está el Minotauro? Rodrigo localiza al hijo de Benedicto Tun. Quiere saber más del hombre que trabajó largos años en el archivo.
Los continuos saltos en el estilo narrativo evitan que el lector abandone la lectura. Hay noticias de actualidad mezcladas con datos antiguos, y citas que tienen una curiosa pertinencia. También descubrimientos inesperados. O quizá sólo sospechas. De pronto, pasa algo: le prohíben continuar visitando el archivo. Estamos de vuelta en la novela: quizá las personas que secuestraron a su madre, en 1981, no fueron del Gobierno y la policía de entonces sino guerrilleros; gente que ahora trabaja en el archivo. Nunca llegará a saberlo con certeza. Entonces empieza a sentirse perseguido, a tener sueños perturbadores, a desconfiar del teléfono. El relator de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Philip Alston dice: “Éste es un buen país para cometer un crimen”. Rodrigo se va a Europa. Un descanso. El lujo de la desesperanza vista desde París. De vuelta en Guatemala, la rutina, la relación con la mujer que ama (¿que ama?), la ansiedad por su hija. En las pesadillas, él, que parece invulnerable, es el perseguido. El personaje transita casi al margen de la vida; su involucración en los hechos parece un simulacro. Aún así continúa investigando; encuentra cosas, se vuelve paranoico.
Tiene un desasosiego y un montón de datos que quiere convertir en una novela, el material humano que ojalá no fuera más que algo inventado para un libro de ficción.
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