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    Guatemala, domingo 17 de enero de 2010

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    EL ACORDEÓN

    El palo volador

    El palo volador es una tradición prehispánica que celebra al Apóstol Santo Tomás en el solsticio de invierno. Cofradías, convites y bombas de iglesia alegran el corazón de la cultura K’iche’. Ameniza Fidel Funes y su Marimba Orquesta.

    El palo volador es un hito del turismo nacional. En Guatemala, sólo se realiza en Joyabaj (el 15 de agosto), en Cubulco (26 de julio) y en Chichicastenango durante la feria titular en honor a Santo Tomás Apóstol entre el 17 y el 23 de enero.

    El bus de Panajachel a Chichicastenango sale vacío pero se va llenando en el camino. El ayudante va jalando pasajeros. “Feriaaaaaaaaaaaaaa, feria, Chichi, Chichi…”

    Parezco la única turista embebida en el camino ondulante, lleno de manzanos y neblina. El bus se llena de güipiles con soles bordados, cortes ceremoniales, sutes y niños comiendo tortrix o llorando.

    Llegamos a Chichicastenango y su eterno mercado. Al sincretismo de las iglesias blancas y los humos sagrados. A las flores y las bombas.

     

    Fui a dejar mis cosas al hotel y corrí hacia la plaza.

     

      Trece vueltas hacia las Pléyades


     Vértigo. Es lo primero en lo que pienso al ver hacia arriba. ¿Cuántos metros serán? ¿20, 25 o 30? En la punta de un inmenso árbol de pino, cortado y clavado en el medio de la plaza, hay un mono que enrolla dos cuerdas en lo que parece un bastidor cuadrado de madera. No parece tener miedo. Aunque la máscara de madera en la cabeza no me permite verle la expresión de alegría o temor. Pienso en su visión reducida a lo mínimo. ¿Cómo se escuchará todo allá arriba?

    Me cuentan que el Palo Volador comenzó a funcionar un día antes a las ocho de la mañana. También se presentaron en la tarde.

    El “staff” está conformado por seis jóvenes disfrazados de micos, perros o tigres que descansan y juegan al lado del mercado. Tocan chinchines hechos con tecomates. Los acompaña un anciano que toca la marimba diatónica más triste del mundo. De los tecomates sale una melodía repetitiva y monótona, ancestral.

    Abajo todos vemos hacia arriba. ¿A cuántos nos dará tortícolis?

    Me siento en una de las dieciocho míticas gradas de la iglesia católica (que simbolizan los días del calendario maya), y comparto escalón con un borracho, que aporta a nuestro encuentro una sonora escupida. Me distraigo con el fuego perenne frente a la iglesia, y el rico olor que sale de las brasas, a pom, a incienso.                          

    Un mono y un negrito suben al palo sin pensarlo. Arriba se sientan en la cuerda, se voltean y comienzan a desenrollarse lentamente mientras hacen acrobacias, se cuelgan de un pie, del otro, parecen volar, se ven felices.  Puedo imaginar estar ahí, cerrar los ojos y sentirme ave que vuela en círculos alrededor del sol, en el eterno caracol que se enrosca y desenrosca. Del cielo al suelo en 13 vueltas.

    Movimiento circular, que va suavemente cayendo en un baile donde los opuestos se complementan.  Tocan el suelo. Nadie aplaude.

    Diversión extrema, osado acto de acrobacia, lo cierto es que subir por esas magras escaleras se necesita valor.

    Ahora sube un “civil”, es un chavo local de uno veintipico años, va despacio y se nota que le sudan las manos, a medida que avanza lo hace más lentamente. Cuento cuatro escaleras de unos catorce escalones cada uno. A partir de la tercera escalera, el palo comienza a balancearse por el peso.  Sube otro voluntario, se ve más experimentado, sube rápido y seguro.

    Ambos se sientan en los lazos, los ayuda el monito que enrosca la cuerda. El primer chavo se desenrosca sentado, nada de acrobacias. El otro, el segundo que subió se cuelga de pies, estira los brazos, el viento despeina su pelo, sonríe…

    Da la impresión de que pueden topar con las láminas del mercado, con los alambres de electricidad, pero no pasa nada.

    Cuando por fin tocan el suelo, nadie aplaude. Pensé que iba ser un mar de aplausos, apenas un par de niños que juntaron las palmas, un turista que dejó escapar una breve exclamación de sorpresa. Los lazos quedan colgados como horcas cerca del suelo.

    Un borrachito se tambalea hacia la escalera, juega con el lazo y amenaza con subir. Nadie le  hace caso, pero él insiste. Entonces un “negrito” se acerca y lo va alejando con mañas y bromas. 

    Me cuentan que es un pino hembra, que mide 25 varas y que fue cortado el 15 de diciembre. Supongo que fue toda una ceremonia; escoger el árbol adecuado, pedirle permiso para cortarlo y luego traerlo entre muchos hombres. Por ahí, leí que deben transportarlo sin que toque el suelo. Y luego, su destino final, será servir en las cocinas de las cofradías que han puesto parte importante de los gastos de la fiesta.

    Dicen que esta tradición se puede rastrear en el libro sagrado de los mayas, el Pop wuh. Busco mi edición de Adrián Recinos, en el capitulo VII.

    Cuenta la historia de Zipacná, el primer hijo de Vucub-Caquix, quien se estaba bañando cuando pasaron cuatrocientos muchachos cargando un gran palo para viga de una casa. Zipacná los ayudó llevando el tronco, él solito. Pero los muchachos se asustaron con su fuerza y planearon matarlo, sin conseguirlo, aunque creyeron haberlo logrado. Zipacná esperó tres días enterrado y luego cuando los cuatrocientos muchachos estaban borrachos salió y los mató dejando caer la casa sobre sus cabezas  Ninguno se salvó y se cuenta que entraron en el grupo de las estrellas que por ello se llama Motz (El montón, las siete cabrillas, las Pléyades).

    Supuestamente este juego es la representación de esa epopeya que se realiza justo cuando el sol alcanza un cenit, el solsticio de invierno en éste caso.  Por eso, es un evento único.

    Mientras tanto, en el vecino país, en el D.F. frente al Museo Nacional de Antropología en Ciudad de México,  presentan dos veces al día, el Palo volador, ante miles de turistas. Hay un guía que explica, y otro que pide colaboración económica para el grupo.

    Ahí no son dos, sino cuatro voladores que dan trece vueltas y representan un ciclo de tiempo específico. Por supuesto, no tiene el mismo misticismo que el de Chichi. Para empezar, no es lo mismo un poste de hierro que un pino hembra.

    Algodones de colores, máscaras, helados de a quetzal, juguetes chinos, ollas de barro y de latón, pasa un hombre que carga un ropero con mecapal, me quieren vender globos de Bob Esponja, Barbie y Winnie the Pooh. Pasan atareados los niños vendedores, las niñas mamá, y los niños limosna.

    La iglesia blanca se ve linda adornada con flecos de papel de china y pino en el suelo. Por ahí veo pasar a Santiago en su caballito blanco. Le llaman el Tzijolaj y lo sacan a pasear por el pueblo, tiene su propia historia y tradición.

     Paseando santos

     Sobre el atrio de la iglesia descansan tres altares. Ahí están Santo Tomás, San Sebastián y San José, sus andas gigantes están adornadas con imitación de plumas de colores, frutas y flores artificiales y espejos.

    Comienzan el paseo por el pueblo, los acompaña una marimba a tuto, el tambor y la chirimilla. A veces también el Tzijolaj.

    Las andas tienen unos tres metros de altura y cada una, la cargan unos diez hombres.  Los voluntarios piden contribución en platitos de peltre, y se empeñan con los turistas y los que toman fotos sin parar. Otros llevan unas varas enormes que sirven para ir levantando las telarañas de alambres con electricidad, líneas telefónicas o televisión por cable que impiden la rápida circulación de los santos.

    Ametralladoras, bombas y música anuncian el paso por las estrechas calles llenas de anuncios publicitarios y mantas de vinil. La imagen es impresionante, justo bajo el Arco Gucumatz.

    Frente a la Cofradía de Santo Tomás hay tres petates, ahí bajan las andas y los cargadores se acuestan a descansar un rato. Mientras los Chuch Kajaws (cofrades) se afanan dentro preparando el refrigerio. Al ratito salen con jícaras pequeñas llenas de atol, se las pasan uno a uno y reparten entre todos los que estamos en la calle. El policía y hasta el fotógrafo “gringo” cachan atolito. Dan ganas de embolsarse la jícara de tan antigua que se ve, con sus grabados o repujados y su tinta despintada de cochinilla. ¿Serán parte del tesoro que se entrega cuando se cambia de Cofradía, de los tiliches que anda cargando el santo, de casa en casa donde le toca vivir?

    La música para un momento. Además de atol, también invitan a gaseosas a los cargadores. Y sospecho que los elegantes, los del sute de colores y vara ceremonial, se toman su cusha sin cargo de conciencia.

    Le pregunto al señor a mi lado “¿duermen aquí los santos?” Me contesta que sí con un movimiento de cabeza. Veo los santos, y sus andas de tres metros, veo la pequeña puerta de entrada a la casa. Y vuelvo a preguntar “¿Pero cómo caben si son tan grandes?” “No, no caben”, me contesta.  “Y entonces ¿cómo le hacen?” Silencio.

    No tengo que esperar mucho para ver a los chuch kajaws bajando poco a poco al santo, despojándolo de sus joyas y coronas que puedan ser dañadas, quitándole los billetes que han depositado en su traje, las ofrendas. Pienso en un santo con Rolex. Se me ocurre un cuento que no escribiré. 

    Se queda el santo y el anda vacía vuelve a la iglesia. Lo sabría de haber leído la revista municipal que repartieron en la plaza. Sabría también cuántas obras hizo el alcalde, pero no cuánto le costaron.

    ¿Quién dice que aquí no se baila?

     Durante toda la tarde, el movimiento en la plaza ha sido total, camiones van y vienen con andamios, bocinas y equipos de sonido capaces de hacer temblar el Quiché entero.

    Comienza a sonar Fidel Funes y su Marimba Orquesta. La gente observa desde los lados, y una vez más,  sólo los dos borrachitos del pueblo bailan frente al grupo, se desgarran de pasión en la pista.  La lluvia leve va calando en los huesos.  Enfrente, en el comedor Faby, las mujeres no paran de preparar los tamales de la noche.  Los vendedores comienzan a bajar desde un día antes para la fiesta.

    Al día siguiente la historia se repite más o menos igual, en la mañana un poco de Palo Volador, pero en la tarde la lluvia impide que prosiga.

    Suman a las tarimas y la fiesta otro escenario, justo a un costado. Los sonidos se chocarán frente a la iglesia.  La asociación Juvenil Machen de 26 años de fundación realiza un baile regional. Los muchachos van con disfraces típicos del todo el país pero con detalles modernos de luces neón. Topo con decenas de sonrisas congeladas en máscaras de madera. Ahí sí bailan. Me encanta la vara tradicional en versión rave.  Vuelan confites de colores en el aire húmedo, la lluvia brilla por las luces, la pólvora el incienso y el pom invaden mis narinas.  El baile prosigue, sigue y sigue. No parecen cansarse de bailar. Los integrantes de la Marimba Orquesta, sobre la tarima no dejan de moverse, izquierda, derecha, frente, salto, vuelta, manos arriba, abajo, salto, vuelta. 

    Voy a mi hotel, intento dormir pero el sonido de la fiesta continúa toda la noche. El grupo Rana está en lo mejor del concierto. El sonido se mezcla con las notas de otras tantas marimbas y otras tantas orquestas.

    A las cuatro de la mañana, las bombas que se escuchan en todo el Quiché, comienzan de nuevo a sonar. Parece que soy la única en todo Chichicastenango que intento dormir.  Mientras tanto afuera, los santos parrandearon toda la noche, las cofradías tuvieron música hasta la madrugada, hubo tamales, baile y diversión. Y sospecho, mucha cusha.

    Salgo temprano, aún con frío, y el paisaje no parece haber cambiado mucho de la noche anterior. Lluvia, charcos, ventas tapadas con nylon y ¡Oh sorpresa! Las andas han sido forradas, cada una de sus vistosas plumas ha sido protegida con bolsas plásticas transparentes, las sombrillas de colores acompañan las procesiones.  La marimba a las seis de la mañana ya está sonando y el baile del torito, el baile de la conquista y otros bailes tradicionales se repiten en las distintas cofradías de Chichicastenango. 

    Los trajes de plumas y espejos también están cubiertos con bolsas transparentes que protegen de la lluvia y le dan un toque surrealista al evento.  Los hombres disfrazados, bailan entre ellos con sus trajes de moros y cristianos, tenis Nike blancos y medias color carne.

    A lo complicado de cargar esas andas enormes, se suma el grado de dificultad de la lluvia, el lodo y la aparente embriaguez de los involucrados. El santo baila, se mece de derecha a izquierda, parece a punto de tocar el suelo, quizá cansado de tener que agacharse a cada cartel y anuncio que entorpece su paso.

    El 21 de diciembre, domingo, día de mercado, la lluvia no para de caer desde temprano. De los buses, ahora sí, bajan cientos turistas esperando ver el Palo Volador. Se acercan a ver el pino hembra, ya abandonado y tapado. Muy cerca, los andamios de la música y de los juegos pirotécnicos   van ocupando terreno. Ningún cartel, ni nadie que anuncie el programa de actividades.

    De todos modos, la vista es hermosa, llena de colores, olores y sensaciones, En cada esquina puede aparecer un convite, el baile del torito, el baile de moros y cristianos, algún santo paseando en su anda, la marimba ambulante o el tzijol subiendo y bajando por la iglesia.  La feria de Chichicastenango no tiene desperdicio.


    Lucía Escobar

    16 enero 2010

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