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Guatemala, domingo 17 de enero de 2010

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Opinión:

Piedra de Toque: El otro estado

Mario Vargas Llosa

Fuente menor Fuente normal Fuente grande

Hace algún tiempo escuché al presidente de México, Felipe Calderón, explicar a un grupo reducido de personas qué lo llevó hace tres años a declarar la guerra total al narcotráfico, involucrando en ella al Ejército. Esta guerra, feroz, ha dejado ya más de quince mil muertos, incontables heridos y daños materiales enormes.


 El panorama que el presidente Calderón trazó era espeluznante. Los carteles se habían infiltrado como una hidra en todos los organismos del Estado y los sofocaban, corrompían, paralizaban o los ponían a su servicio. Contaban para ello con una formidable maquinaria económica, que les permitía pagar a funcionarios, policías y políticos mejores salarios que la administración pública y una infraestructura de terror capaz de liquidar a cualquiera, no importa cuán protegido estuviera.

Dio algunos ejemplos de casos donde se comprobó que los candidatos finalistas de concursos para proveer vacantes en cargos oficiales importantes relativos a la Seguridad habían sido previamente seleccionados por la mafia.


 La conclusión era simple: si el Gobierno no actuaba de inmediato y con la máxima energía, México corría el riesgo de convertirse en poco tiempo en un narco-Estado. La decisión de incorporar al Ejército, explicó, no fue fácil, pero no había alternativa: era un cuerpo preparado para pelear y relativamente intocado por el largo brazo corruptor de los carteles.


 ¿Esperaba el presidente Calderón una reacción tan brutal de las mafias? ¿Sospechaba que el narcotráfico estuviera equipado con un armamento tan mortífero y un sistema de comunicaciones tan avanzado que le permitiera contraatacar con tanta eficacia a las Fuerzas Armadas? Respondió que nadie podía haber previsto semejante desarrollo de la capacidad bélica de los narcos. Estos iban siendo golpeados, pero, había que aceptarlo, la guerra duraría y en el camino quedarían por desgracia muchas víctimas.


 Esta política de Felipe Calderón que, al comienzo, fue popular, ha ido perdiendo respaldo a medida que las ciudades mexicanas se llenaban de muertos y heridos y la violencia alcanzaba indescriptibles manifestaciones de horror. Desde entonces, las críticas han aumentado y las encuestas de opinión indican que ahora una mayoría de mexicanos es pesimista sobre el desenlace y condena esta guerra.


 Los argumentos de los críticos son, principalmente, los siguientes: no se declaran guerras que no se pueden ganar. El resultado de movilizar al Ejército en un tipo de contienda para la que no ha sido preparado tendrá el efecto perverso de contaminar a las Fuerzas Armadas con la corrupción y dará a los carteles la posibilidad de instrumentalizar también a los militares para sus fines. Al narcotráfico no se le debe enfrentar de manera abierta y a plena luz, como a un país enemigo: hay que combatirlo como él actúa, en las sombras, con cuerpos de seguridad sigilosos y especializados, lo que es tarea policial.


 Muchos de estos críticos no dicen lo que de veras piensan, porque se trata de algo indecible: que es absurdo declarar una guerra que los carteles de la droga ya ganaron. Que ellos están aquí para quedarse. Que, no importa cuántos capos y forajidos caigan muertos o presos ni cuántos alijos de cocaína se capturen, la situación sólo empeorará. A los narcos caídos los reemplazarán otros, más jóvenes, más poderosos, mejor armados, más numerosos, que mantendrán operativa una industria que no ha hecho más que extenderse por el mundo desde hace décadas, sin que los reveses que recibe la hieran de manera significativa.


 Esta verdad vale no sólo para México sino para buena parte de los países latinoamericanos. En algunos, como en Colombia, Bolivia y Perú avanza a ojos vista y en otros como Chile y Uruguay de manera más lenta. Pero se trata de un proceso irresistible que, pese a las vertiginosas sumas de recursos y esfuerzos que se invierten en combatirlo, sigue allí, vigoroso, adaptándose a las nuevas circunstancias, sorteando los obstáculos que se le oponen con una rapidez notable, y sirviéndose de las nuevas tecnologías y de la globalización como lo hacen las más desarrolladas transnacionales del mundo.


 El problema no es policial sino económico. Hay un mercado para las drogas que crece de manera imparable, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados, y la industria del narcotráfico lo alimenta porque le rinde pingües ganancias. Las victorias que la lucha contra las drogas puede mostrar son insignificantes comparadas con el número de consumidores en los cinco continentes. Y afecta a todas las clases sociales. Los efectos son tan dañinos en la salud como en las instituciones. Y a las democracias del Tercer Mundo, como un cáncer, las va minando.


 ¿No hay, pues, solución? ¿Estamos condenados a vivir más tarde o más temprano, con narco-Estados como el que ha querido impedir el presidente Felipe Calderón? La hay. Consiste en descriminalizar el consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores, tal como vienen sosteniendo The Economist y buen número de juristas, profesores, sociólogos y científicos en muchos países del mundo sin ser escuchados. En febrero de 2009, una Comisión sobre Drogas y Democracia creada por tres ex presidentes, Fernando Henrique Cardoso, César Gaviria y Ernesto Zedillo, propuso la descriminalización de la marihuana y una política que privilegie la prevención sobre la represión. Estos son indicios alentadores.


 La legalización entraña peligros, desde luego. Y, por eso, debe ser acompañada de un redireccionamiento de las enormes sumas que hoy día se invierten en la represión, destinándolas a campañas educativas y políticas de rehabilitación e información como las que, en lo relativo al tabaco, han dado tan buenos resultados. El argumento según el cual la legalización atizaría el consumo como un incendio, sobre todo entre los jóvenes y niños, es válido, sin duda. Pero lo probable es que se trate de un fenómeno pasajero y contenible si se lo contrarresta con campañas efectivas de prevención. De hecho, en países como Holanda donde se han dado pasos permisivos en el consumo de las drogas, el incremento ha sido fugaz y luego de un cierto tiempo se ha estabilizado. En Portugal, según un estudio del Cato Institute, el consumo disminuyó después que se descriminalizara la posesión de drogas para uso personal.


 ¿Por qué los gobiernos, que día a día comprueban lo costosa e inútil que es la política represiva, se niegan a considerar la descriminalización y a hacer estudios con participación de científicos, trabajadores sociales, jueces y agencias especializadas sobre los logros y consecuencias que ella traería? Porque, como lo explicó hace 20 años Milton Friedman, quien se adelantó a advertir la magnitud que alcanzaría el problema si no se lo resolvía a tiempo y a sugerir la legalización, intereses poderosos lo impiden. No sólo quienes se oponen a ella por razones de principio. El obstáculo mayor son los organismos y personas que viven de la represión de las drogas, y que, como es natural, defienden con uñas y dientes su fuente de trabajo. No son razones éticas, religiosas o políticas sino el crudo interés el obstáculo mayor para acabar con la arrolladora criminalidad asociada al narcotráfico, la mayor amenaza para la democracia en América Latina, más aún que el populismo autoritario de Hugo Chávez y sus satélites. 


 Lo que ocurre en México es trágico y anuncia lo que empezarán a vivir tarde o temprano los países que se empeñen en librar una guerra ya perdida contra ese otro Estado que ha ido surgiendo delante de nuestras narices sin que quisiéramos verlo.

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2 comentarios:

  1. anibal perez: (2010-01-17 13:47:50 horas)
    Ramiro Asturias Zamora complementa la columna con un toque personal y de experiencia. Pero basta solo la desregulación e inocua "prevención"?. La prevención y demás campañas no funcionan a cabalidad si se sigue priorizando el consumismo loco (ropas, tragos, vida loca); pues México mismo es una imagen viva que a toda una sociedad le gusta, le fascina copiar actitudes, conductas y modos de vivir degradantes y suicidas como la sociedad gringa mas publicitada: la farándula en que la mayoría o son borrachos, coqueros o locos (Britney, Paris, Downey Jr, Keith Urban y paremos de contar) y sin embargo tienen una cola de simples copiones y éstos, a su vez, una cola de segundos copiones como los de Guatemala. Esos sectores subterráneos (pero excesivamente publicitados que hasta tienen su nuevo vocabulario como "paparrazi") están categorizados como VIP y de ahí que hasta el modo de caminar, de decir excelsas estupideces en público sea imitado (Paulina Rubio quiere ser como Madonna!); no viene de ahi, también y con furia, una actitud que se extiende a toda una sociedad y enferma a nuestros países como el caso mexicano que está tronando de a feo?. Y, en última instancia, quien necesita de la droga?, quien crea los ambientes angustiosos, aburridos y patéticos que hacen que milloncitos de gente quieran echarse una filita, un porro, un trago "inicial", una pastillita para sentirse mas "inn"; quien fuerza la actitud de imitar conductas degradantes....pero VIP y, además, leyendo "TV y Novelas" y cualquier "periodismo" amarillo?. Pobre México tan cerca de los USA y tan cerca de Dios al mismo tiempo!. Si no hay solución sino que todo está "en la naturaleza del ser humano", entonces no hay nada que hacer sino volvernos espectadores y probar recetas tipo Holanda y Portugal....y sentarnos a esperar mientras el apocalipsis o 2012 llegan. Simple?
  2. Ramiro Asturias Zamora: (2010-01-17 09:00:33 horas)
    "20 agnos no es nada!" decia el tango. Cuando escuche al Doc. Friedman decir eso en su caracteristico estilo de al toro por los cuernos, primero pense que se debia tratar de una elaborada broma, mas luego me di cuenta que tenia toda la razon! Una decada despues, mas razon! Y otra mas, mucha mas razon le asiste con toda la abrumadora evidencia de la asi llamada "guerra contra las drogas." Me agrada que un peruano (en su pais fue necesario hacer perdediza la libreta de direcciones del gran traficante y 'coquer': "Piqui" Alvarez Calderon, porque involucraba no solo a personajes de la alta sociedad limegna, sino a otros de la cupula del gobierno de ese entonces! Murio quemado con todo y mansion y laboratorio y una bolsita de plastico repleta de cocaina bajo cada axila! (A los diplomaticos -de paises pobres- nos ofrecia invitaciones a fiestas con bailarinas cariocas llevadas en charter, autos ultimo modelo y hasta en ciertos casos, caballos peruanos de paso! Que tal de corruptela? Por eso se me ocurrio el chiste aquel, cuando me preguntaban porque me habia salido del servicio diplomatico: "Es que en lugar de traer Coca, traje Pepsi!")
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