El año nunca termina con los mismos alumnos con los que empieza. En el camino se van quedando algunos. Se desesperan, pierden o los asesinan. Maestros de zonas rojas ven como sus estudiantes involucrados en pandillas terminan presos o en la morgue. El Gobierno intenta frenarlo con el programa Escuelas Seguras.
El timbre anunciando la salida revoloteó como si fuera un pájaro encerrado en una lata. Antes de que hubiera terminado de repicar, los alumnos ya habían alzado el vuelo. Mientras una turba de adolescentes se atascaba en la puerta, intentando salir todos a la vez, Kevin rodeó con un brazo los hombros de Karla, ella le tomó por la cintura y salieron despacio, ajenos a la desesperación colectiva.
Mariana, la profesora de Arte, sentía los músculos de la espalda palpitando bajo el suéter de lana, había sido un día difícil, de esos en los que los alumnos se niegan a poner atención. Cerró la clase, se colgó la bolsa al hombro y salió a la calle, justo unos pasos detrás de los dos alumnos enamorados. Afuera les recibió una llovizna anticipada y un bullicio de campanitas de helados y bocinas de carros. Caminaron por la amplia avenida que está frente al instituto, buscando la parada de bus, Kevin y Karla llevaban el paso acompasado. A Mariana aquel amor juvenil le conmovía. Una sonrisa se estaba dibujando en su rostro cuando un sonido seco y fuerte la obligó a cubrirse la cabeza. Una estampida de niños emprendió la retirada, cuando Mariana entre el tumulto logró divisar el cuerpo de Karla en el suelo y su cabello engominado en un charco de sangre.
Mientras abrazaba con una mano a Karla, con la otra Kevin sacó un arma. Era su primer disparo, a sus 16 años empuñaba por primera vez una pistola. El tiro fue tímido y tembloroso, pegó en un ojo, atravesó la nariz y rozó el otro ojo. Mariana corrió al lado de su alumna y vio en su rostro un agujero negruzco donde antes estuvo un ojo café. Se hincó en la sangre, que empezaba a diluirse con el agua de la lluvia, y apretó fuerte la mano de la niña. “Llame a mi mamá por favor”, suplicó Karla. La maestra le sacó el celular del ajustado pantalón de lona y marcó el número. Mientras la madre y la ambulancia llegaban Mariana no pudo más que apretar fuerte su mano y orar, orar hasta que los bomberos se llevaron a una chica de ojos risueños, ya sin ojos.
Karla se salvó de milagro y sus padres la llevaron a vivir a un pueblo. Se quedó ciega. Mariana regresó a su rutina, a sus clases en un instituto de la zona 6, donde algunos de sus alumnos estaban plenamente identificados como pandilleros. Lo peor fue el lunes siguiente, cuando entre sus estudiantes apareció Kevin, como si nada hubiera pasado. Nadie dijo nada.
Desde ese día se oían voces que repetían “muerto el que hable” y nadie habló.
El instituto donde labora Mariana es uno de los muchos donde la violencia es constante. Dar clases en zonas rojas es un riesgo diario. Además de inculcar conocimientos, los maestros luchan para que sus alumnos no delincan. “Muchos de mis estudiantes han terminado en el Infiernito o en la morgue”, dice Héctor, profesor de física en la zona 21. “En un año asesinaron a siete de mis alumnos”, dice Mariana, que imparte clases en la zona 6. “Los mareros siempre ganan mis clases”, cuenta Vicky, profesora en El Milagro.
Mientras los maestros se juegan la vida frente al pizarrón, el Gobierno intenta calmar las escuelas con el programa “Escuelas Seguras”, que cubre 25 establecimientos en el departamento de Guatemala. Poco tiempo lleva de funcionar y pocos resultados ha dado, pero es un primer paso en busca de clases donde los niños no piensen en extorsiones o asesinatos.
El problema mayor es que es un efecto en cadena. Niños que entran a primero básico con buena conducta van siendo absorbidos por los que delinquen. “Desde tiempos inmemoriales los jóvenes han sido atraídos por la violencia, eso los hace sentir poderosos”, explica el psiquiatra Rodolfo Kepher. “Son muchachos que vienen de situaciones muy desafortunadas, y la mara es medio de comparación. Tienen poder, hacen cosas de mucha osadía y eso les atrae”, agrega.
La camioneta iba repleta de alumnos cuando frenó a pocas cuadras del instituto. Bajaron todos, de prisa, atentos al timbre de entrada. Un chico de segundo básico se quedó al último, se acercó a la puerta delantera y antes de descender asesinó al ayudante del piloto. Después salió a la calle, “espérenme muchá”, les gritó a sus compañeros y estuvo dentro del aula justo cuando la campana empezó a sonar.
“Recibió clases de lo más tranquilo, con una sangre fría”, cuenta Héctor, el profesor de física. Para Héctor aquello no era extraño, dos de sus alumnos habían muerto ya durante un enfrentamiento con la Policía; en el salón de catedráticos del establecimiento no era raro que un colega llegara a contar que un ex alumno estaba preso… o muerto.
“Han llegado a interrumpir mi clase para ir a entregar mochilas”, recuerda Héctor, “tocan, piden que le entregue la mochila a algún alumno y luego el muchacho la revisa en clase y encuentra dinero”. A un compañero de Héctor un estudiante le pidió que le guardara la mochila el fin de semana, cuando el profesor se negó el chico le explicó que “algo malo le puede pasar si no lo hace”, así que la dejó en la dirección, donde los demás catedráticos comprobaron que dentro había un arma.
Desde los primeros días de clase los profesores van detectando a los alumnos que están relacionados con las maras. Pero poco pueden hacer por ayudarles. “Si les decimos algo o tratamos de darles consejos, los hermanos o primos que ya son pandilleros nos amenazan”, dice Marisela, profesora en la zona 18. “Es nadar contra la corriente. Además no podemos arriesgar nuestras vidas”, cuenta Vicky. Su caso sorprende porque ella es maestra de cuarto primaria, “desde muy chiquitos se meten en eso”, comenta.
Una tarde un alumno llegó a buscarla, “seño usted andaba ayer por el mercado ¿verdad?, llevaba a su hija de la mano”, Vicky respondió que sí y el comentario del niño la dejó pasmada: “Tuvo suerte porque le iban a quebrar el culo, pero cabal pasó una patrulla y por eso no le dieron”. La maestra lloró toda la tarde. Por eso su política de trabajo es no tener problemas con los mareros, todos sus alumnos pasan los cursos aunque sean tremendamente holgazanes.
¿Qué pueden hacer los profesores? Kepher, tiene una respuesta, “hablar con el muchacho, comunicarse con sus familiares, para que actúen. Lo que menos debe hacer es hacerse brocha del asunto. Deben hacerlo con un trato firme pero amistoso, un maestro no regaña, no amenaza, no rechaza”, afirma.
“Es un problema que viene desde la casa”, opina Héctor. “Vienen de familias desintegradas”, comenta Mariana, “tienen padres alcohólicos, y muchísimos problemas económicos”. Héctor lamenta no tener a mano opciones más favorables para darles a sus alumnos que ve en mal camino. “Muchos tienen que dejar de estudiar porque son muy pobres. A algunos los hemos logrado mandar al programa que tiene Paiz, que les da trabajo los fines de semana, pero programas como esos son pocos”.
Dos o tres veces al año Mariana y sus colegas agarran valor y se deciden a revisar las mochilas de sus alumnos. Van en grupo, para protegerse entre sí. De las revisiones salen con armas hechizas, cuchillos y drogas. Cuando les llevan la noticia a los padres se topan con que muchas veces ellos ya lo sabían y lo aprobaban, Héctor recuerda a un padre, herrero, que les fabricaba armas a algunos alumnos. María fue profesora del Smiley en el instituto Simón Bolívar, y recuerda que cuando una maestra le preguntó por qué tenía tantos tatuajes él contestó que “quería parecerse a su papá”.
Para ese entonces su padre ya estaba preso.
El hermano del Smiley era un problema en el mismo instituto. Les pedía dinero a sus compañeros y respondía de forma violenta. Lo expulsaron, pero al poco tiempo hubo que recibirlo de nuevo. El supervisor departamental lo ordenó, porque con la política de gratuidad no se puede suspender a ningún estudiante. “Es una cuestión de derechos humanos”, explica Bienvenido Argueta, “se podría expulsar a un alumno siempre y cuando sean faltas graves y se tengan las suficientes pruebas”.
Carlos fue compañero del Smiley. “Me persignaba antes de venir a clases”, dice entre risas, ahora se lo toma a broma.
“Las cosas ya han mejorado por aquí, pero antes era duro, tenía que traer siempre dinero para darle, si iba al baño él me cobraba, si llevaba algo de comer él se lo comía”, recuerda.
Para los demás alumnos tener como compañero a un pandillero no es nada sencillo. “Tienen que hacer lo que él haga”, indica Mariana, “si el pandillero salta los demás saltan”. José, alumno de segundo básico en la zona 18, lo confirma: “No se les puede contradecir en nada y si él dice hoy nadie entra a clase no entramos, aunque la maestra nos grite en la puerta. Y si él dice que nos burlemos de ella, nos burlamos”.
“Muchos jóvenes ven a sus compañeros pandilleros de forma ambivalente”, explica Kepher, “por un lado los rechazan porque les pueden hacer daño. Pero por otra parte se identifican con ellos, con eso de ser indómito, vivir en libertad y hacer lo que se les da la gana”.
Algunos maestros, como Héctor y Mariana, ven un aumento de la violencia en los institutos a partir de la gratuidad. Con esa nueva medida hubo que atender a todo aquel que lo solicitara y se conformaron clases con niños de 13 y jóvenes de 18 en el mismo salón. “Algunos venían ya maleados y halaban a los otros”, comenta Héctor.
Además los salones de clases se superpoblaron. El aula de Héctor pasó de 30 estudiantes a 60 y para el profesor controlarlos a todos es imposible.
El Gobierno intenta frenar la violencia con el programa Escuelas Seguras, que ha instalado cámaras de seguridad en 25 institutos. Además tienen destinadas varias patrullas con policías que también son maestros, imparten charlas motivacionales a los alumnos, padres y maestros y habilitaron un número para que los profesores puedan pedir ayuda.
Funciona desde mediados del año pasado, aunque ha tenido deficiencias; los profesores las atribuyen al corto tiempo que lleva habilitado.
En el instituto Rafael Aqueche, se conectaron las cámaras en septiembre y a finales de noviembre la Policía se dio cuenta de que los alumnos las habían dañado. De acuerdo con Eva de Ramírez, la directora, pasaron dos meses para que notaran que no estaban trasmitiendo nada. En el instituto Simón Bolívar, una profesora alzó las manos y pidió ayuda frente a la cámara. Nunca llegó la Policía. “Pero estaban recién instaladas, quizá fue eso”, explica Emilio Miranda, el director. Para Miranda el sistema es bueno y les ha ayudado, los mareros se abstienen de delinquir cerca de las cámaras.
La sede de monitoreo está en las oficinas centrales de la PNC. Allí cerca de 20 agentes no despegan el ojo de las 200 cámaras instaladas. Cada uno tiene 2 pantallas donde puede observar hasta 12 cámaras a la vez, en pequeñas ventanas.
“Si ven algo inmediatamente se comunican con la patrulla más cercana”, dice el oficial Néstor Diéguez, director de Escuelas Seguras.
Bienvenido Argueta vio en unas de esas grabaciones una imagen que le impresionó. “Era una chica muy joven, a la que otro muchacho le pregunta ¿tenés miedo?, la niña no responde y entonces el hombre le pide a otro, un niño de 12 o 13 años, que le dispare. El niño saca una pistola y le da en la cara”.
Jacqueline Martínez, directora de una escuela en la zona 6, ha logrado un ambiente tranquilo en su establecimiento. Lo consiguió con ingenio: dejó en manos de los alumnos la disciplina. Cada principio de año se integran directivas escolares, que los mismos jóvenes eligen, “es más fácil que obedezcan a un igual que a un adulto”, cuenta. En sus aulas no hay violencia, si algo empieza a ponerse difícil los mismos alumnos lo arreglan, si alguno va por malos pasos, son sus mismos compañeros los que lo alertan.
Mariana tuvo que dejar la jornada vespertina, que es siempre la más complicada y a donde llegan los alumnos más relacionados con maras. El médico le dijo que si seguía así terminaría en el hospital. Los sobresaltos que se lleva a menudo, la dejan enferma. Como cuando un grupo de hombres armados entró disparando al establecimiento, buscaban a dos alumnos que se subieron al techo y saltaron al barranco. Héctor sufre cada vez que le llega la noticia, “¿te acordás de Fulanito?... lo mataron”. Vicky ya no sale a la calle.
Kevin, poco tiempo después de haber disparado contra su novia, recibió una bala en el estómago. Hoy está muerto. Mariana cuenta otro pupitre vacío en su clase. Otro más que desapareció del instituto.
*los nombres de los profesores han sido cambiados por seguridad.
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