Reconocido como uno de los grandes maestros del ballet en Guatemala, sus enseñanzas trascienden generaciones.
En agosto de 2009, el telón de la Gran Sala del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias se abrió para dar inicio a la pieza de ballet clásico La Bayadera. Último montaje que dirigió Manuel Ocampo. Murió de un paro cardiaco el 16 de diciembre. “En las funciones era obsesivo. Entraba al camerino muchas veces para revisar que todos estuvieran listos”, recuerda Fernando Navichoque, maestro de danza.
Manuel Ocampo nació el 1 de noviembre de 1931. Su madre, Cristobalina Ocampo, trabajaba como ama de llaves en la casa de la familia Morales Schumann, donde transcurrió su niñez y adolescencia. Su padre no lo reconoció. “La mamá no asistía a las funciones por temor a que le preguntaran por el padre”, cuenta José Picholá, quien lo asistía en la casa desde 1974 hasta el día de su muerte.
Ocampo tuvo la oportunidad de desenvolverse en un ambiente con mejores posibilidades económicas. “Lo educaron como uno más de la familia”, recuerda Picholá. Su nata inclinación por la danza fue evidente. “Una vez le consiguieron un trabajo en un pinchazo. No duró mucho porque se distraía bailando”.
En 1959, consigue una beca otorgada por el Gobierno de Guatemala para estudiar danza en la Metropolitan Opera House de Nueva York. Posteriormente se desempeñó como bailarín invitado en el Ballet Nacional de Cuba, hasta 1961. Ocampo interpretó obras clásicas, modernas y folklóricas en las que resaltan: Giselle, Don quijote, Romeo y Julieta.
Su deseo de enseñar nació al realizar sus estudios de Maestro en Arte Especializado en Danza, en el Instituto de Bellas Artes del Ministerio de Educación, durante 1956 y 1959, un año después fue aceptado en el Ballet Nacional de Cuba.
También realizó estudios profesionales en el Ballet Concierto de México.
En 1968 fue director-fundador del Ballet Universitario de Panamá, el cual dirigió durante 22 años la Escuela Nacional de Danza Marcelle Bonge de Devaux.
“Cuando abrieron la Escuela de Danza de la Usac lo llamaron y su carrera cobró fuerza de nuevo estando jubilado”, explica Navichoque. Fue director, coreógrafo y fundador del grupo y Escuela de Danza de dicha institución, desde 1997 hasta 2009.
“Cuando yo quise entrar al grupo de danza le pregunté al maestro Ocampo si podía hacer una audición. Él me vio de pies a cabeza y me dijo: Bueno, yo creo que usted definitivamente no entraría a mi grupo”, cuenta con humor la actriz Emma Aguilar.
“Como maestro era estricto. Les decía: Tiene que hacerlo porque yo digo que lo hagan”, recuerda Picholá. Su ansiedad se reflejaba en la cantidad de cigarrillos que consumía, manifiesta el actor y director Fernando Erazo. “Teníamos ensayos muy agotadores. Se enojaba cuando no se hacía como él quería”, explica Eddy Vielman, maestro y coreógrafo. “No se podía hablar cinco minutos con Manuel sin que mencionara la palabra ballet”, dice Navichoque. “Tuvo muchas parejas pero no le aguantaban el ritmo de vida que llevaba”, agrega.
Ocampo aprendía, bailaba, actuaba y enseñaba, describe Víctor Valdez, promotor cultural. Realizó giras por Centroamérica, México, Sudamérica, Estados Unidos y Europa. “Era muy astuto y supo aprovechar las oportunidades”, enfatiza Castañeda.
La semilla que Ocampo sembró dio frutos. Sus antiguos alumnos, ahora grandes bailarines y docentes, como Benjamín Hernández, Julio Ramírez, Francisco Hernández. El 17 de diciembre, día de su entierro, decenas de personas asistieron al cementerio Las Flores para dar el último adiós a quien fuera el maestro de maestros de ballet.
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