Los plazos nos persiguen, vivimos en función de fechas y obligaciones: pagar los impuestos, la luz, el teléfono, entregar un trabajo, ganar un examen, casarse, divorciarse y morir. Dicen que los chapines lo dejamos todo para última hora, tal vez es nuestra única defensa, la forma oblicua de rebelarnos contra las imposiciones, o haraganería pura y simple. Pero los plazos tarde o temprano nos alcanzan y tenemos que cumplir, como le sucedió a Roman Polanski. Cuando lo atraparon en Suiza bien pudo haber dicho: “A todo coche le llega su sábado”, quizás lo hubiera pensado si fuera chapín.
Creo que la primera vez que escuché ese dicho fue cuando tenía como 11 años. Un vecino iba en su carro, y por esquivar a un cerdo que cruzó imprudentemente la carretera (nunca he visto a uno que cruce prudentemente) se empotró en un árbol y quedó todo magullado. Su hermano, aficionado a las bromas pesadas, le dijo “de balde lo salvaste porque de todos modos lo harán chicharrón mañana. A todo coche le llega su sábado”. Al hombre no le hizo ninguna gracia, pero estaba demasiado adolorido para reaccionar como acostumbraba.
Muchas veces me he preguntado por qué a todo coche le llega su sábado. En mi intensa búsqueda de respuestas, después de un largo proceso de depuración epistemológica, me he quedado con las siguientes:
A) El sábado la gente se aburre y para entretenerse mata cerdos. B) Es por molestar a los judíos. C) Para tener suficientes boquitas el fin de semana. D) Todas las anteriores son correctas.
Pero si no tomamos el dicho en forma literal y lo interpretamos como metáfora, nos damos cuenta de que aquí en Guatemala hay muchos coches a los que nunca les llegó ni les llegará su sábado. Cometen delitos, roban descaradamente fondos públicos, asesinan, extorsionan, secuestran o violan, y están libres para seguir haciendo cochinadas, sin ningún temor por el séptimo día. Pido perdón a los cerdos por la comparación.
Pero hay coches cochinos y cerdos respetables. Yo, como mi amigo el flaco Horacio, me afilio a la piara de Epicuro y busco la felicidad en los placeres intelectuales, en la amistad, el amor, la ataraxia y la autarquía, porque no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Así, cuando llegue mi sábado, partiré de este mundo en paz y satisfecha.
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