Nos preguntamos por qué en el Congreso están detenidas algunas leyes que le urgen al país –para fortalecer seguridad y justicia y combatir la corrupción– y al mismo tiempo, los diarios se dan un festín con la pelea de cantina protagonizada por el diputado de Chiquimula, Ferdy Berganza, y el director ejecutivo del Consejo Nacional de los Acuerdos de Paz (CNAP), Elmen Mérida.
Incidentes como este son los que desnudan el Estado harapiento y vergonzoso de nuestra institucionalidad política.
Para comenzar, ¿cuáles fueron las razones por las que el diputado Berganza decidió somatar al señor Mérida? Ambos intercambian acusaciones, pero en el fondo, todas regresan al mismo punto: el legislador enfureció por el despido de sus achichincles del CNAP.
El señor Mérida se defiende diciendo que el desempeño de los “nenecos” de Berganza daba ganas de llorar y añade que poco faltó para que no lo agarraran a balazos los matones de Berganza. El agresor responde que él, tan pacífico y civilizado, no anda armado, que nunca enseñó pistola ni amenazó de muerte, que su gente es ejemplar y fue despedida sin justificación alguna y que además, el señor Mérida le robó una computadora y una tarjeta de débito.
¿Quién tendrá la razón? La verdad con los antecedentes de las joyas de nuestra clase política, lo más probable es que haya un poco de verdad en las afirmaciones de cada uno. Pero lo que nadie niega es que el motivo último de los golpes fue un puñado de empleos, lo cual pone de relieve la importancia capital del clientelismo en la política criolla, que funciona con base en la repartición de plazas.
A raíz de esto, el señor Berganza ha sido enviado al Tribunal de Honor del partido oficial, lo cual en términos reales significa que lo mantendrán en el congelador, regañado pero con suficiente modo para que el hombre siga poniendo su voto al servicio de la UNE (siempre y cuando lo complazcan a él también, de vez en cuando).
El arreglo debería bajarle el volumen al pleito y al diputado problema, lo cual satisface los intereses a corto plazo de los actores políticos, aunque mantenga sin respuesta las preocupaciones de mediano y largo plazo de la ciudadanía, harta ya del desgobierno que venimos sufriendo, no sólo ahora, sino desde hace mucho tiempo.
En primer lugar, ¿qué hace alguien como el señor Berganza de vuelta en el Organismo Legislativo? Él ya había ocupado una curul, en el Congreso que fue “depurado” tras el autogolpe de Jorge Serrano, y salió de ahí sin laudos.
Donde más destacó fue como dirigente de fútbol, del ilustre equipo Sacachispas y la Liga Nacional. Después de ello, su nombre ha sonado, entre campanazos y corridos al estilo de los Tigres del Norte, vinculado con las mafias del narcotráfico que tienen sojuzgada a una parte creciente del territorio.
Claro está, nunca se le ha probado nada al señor Berganza (¿y a quién sí, digánme ustedes?) y por ello en las elecciones pasadas tenía el camino limpio para regresar al hemiciclo, portento que logró junto al señor Baudilio Hichos, otro gato chiquimulteco de siete vidas en materia política.
Se entiende que al principio debe haber corrido mucha miel entre Berganza y la dirigencia del partido oficial, pues lo nombraron segundo vicepresidente de la Junta Directiva del Congreso, cargo con el que por cierto, viajó a representar al país en seminarios sobre combate a las mafias de la droga.
El amor se les debe haber terminado el año pasado, porque lo corrieron de la dirección departamental del partido, casi se lía a golpes con otro congresista y posteriormente se supo que había sufrido un atentado en Chiquimula.
Como seguramente en algún lugar lo tenían que poner, lo mandaron de coordinador del CNAP, lo cual ilustra también el ardoroso interés depositado en el seguimiento a los Acuerdos de Paz.
Ahora Berganza está en el congelador y con posibilidades limitadas de reubicarse en otra lista electoral de cara a los comicios de 2011. Sin embargo, esto no soluciona en nada los problemas de fondo que su caso pone en evidencia: clientelismo en lugar de capacidad técnica y de gestión, abuso en lugar de servicio, violencia en lugar de diálogo, intereses mezquinos en lugar de ideas y propuestas programáticas, etcétera, etcétera.
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