Muchas veces no iniciamos algo nuevo como consecuencia del temor al fracaso que se acentúa, generalmente, cuando viene a nuestra mente el recuerdo de algún revés que sufrimos en el pasado lejano o reciente. En la mayoría de las veces nos volvemos pusilánimes y poco emprendedores por ese miedo psicológico que nos invade y que nos desarrolla el sentimiento del fracaso. Nos sentimos fracasados realmente.
Hace muchos años leí un libro titulado en inglés y que traducido al español se llama El fracaso se escribe con lápiz. Y el sugestivo título nos remonta a la idea que se puede borrar con facilidad de nuestra mente, de nuestra actitud y disposición. Cuando hemos fracasado nos inunda la sensación de abatimiento de ánimo y nos consideramos fracasados en toda la extensión de la palabra, tanto que ya no queremos intentar de nuevo una acción que nos traiga un beneficio en lo personal o en conjunto. Sin embargo, debemos entender que las adversidades que experimentamos por diversas vías no nos convierten en fracasados, sino por el contrario, nos dan la oportunidad de levantarnos. Tenemos que volver a intentarlo. Debemos ser ganadores, porque Dios nos ha creado para ser ganadores.
Los fracasos se dan en todo orden de la vida. Hay deportistas que han soñado con llegar a lo más alto de su disciplina a nivel regional, continental o mundial y se han esforzado para ello, pero en el momento de la realidad sufren el revés más grande que les da la sensación de abatimiento, pero es una actitud momentánea. Vuelven a prepararse y a levantarse para llegar al cumplimiento de su anhelo. Aquí encontramos una definición inmediata sobre lo que es un fracaso: es la falta de éxito o un resultado adverso. Un resultado contrario a lo esperado. La verdad que describirlo es difícil, las consecuencias son devastadoras, es como la muerte del sueño.
Pero así como los deportistas que experimentaron la derrota y lograron levantarse, aun con mayor esfuerzo, debemos estar preparados en todo momento para sobreponernos y evitar que se convierta en un muro que no podamos derribar y que nos evite levantarnos y experimentar el éxito. En la historia vemos a grandes hombres en la cima del triunfo, pero lo intentaron varias veces y fracasaron. Abraham Lincoln fue varias veces candidato, varios políticos de Guatemala intentaron alcanzar la Presidencia de la República y después de dos o tres intentos lo lograron.
La historia bíblica nos da un ejemplo de fortaleza en los momentos de frustración. Jesucristo fue a su pueblo natal Nazaret para compartir el mensaje de salvación, de milagros. Y, ¿qué fue lo que encontró? Adversidad, empezaron a murmurar: ¿No es este el hijo de María, no es este el hijo de José el carpintero, no es este el carpintero? ¿Qué milagros puede hacer? Otro en su lugar se hubiera sentido fracasado, frustrado, desanimado. No lo logró en ese lugar, se fue a otros pueblos donde alcanzó la victoria para la humanidad. No se hubieran cumplido las Escrituras.
Por supuesto, el fracaso nos va a afectar, según lo encaremos, sin embargo, debemos sacar conclusiones y preguntarnos por qué sucedió de la manera contraria a nuestros planes y aprender la lección. Llore, si puede llorar, pero no se quede acariciando la tristeza para el resto de su vida y lamentándose. Todos los dolores de la vida deben ser un momento y no un monumento. Usted debe levantarse, si cae, con determinación, con decisión y no ver su revés al extremo que no lo deja levantarse. Recuerde que fracasar no lo hace a usted un fracasado, comience de nuevo, levántese y no vea su revés todos los días de su vida, porque para entonces ha creado un monumento, porque si tampoco lo escribió con lápiz no podrá borrarlo fácilmente.
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