Cuando se hizo público el video que Rodrigo Rosenberg grabó antes de su muerte, ese material audiovisual se propagó como llama en pasto seco. Causó un incendio que en los días siguientes al 11 de mayo de 2009, parecía que quemaría por completo al actual gobierno. Y una parte de la ciudadanía, donde antes había fría resignación ante miles de muertes, ardió en indignación y luego de pedir la renuncia del Presidente y sus más cercanos colaboradores, requirió, por fin, justicia. Ahí es donde aparece en escena la CICIG. A manera de apagafuegos, esta institución internacional fue favorecida con un voto de confianza para hacernos saber, tarde o temprano, la verdad de lo ocurrido. Sin la CICIG y tan sólo con el MP, quién sabe cuál habría sido el derrotero del actual gobierno. ¿Se tragaría de nuevo la lacerante impunidad nuestro derecho a saber la verdad, y por lo tanto, a la justicia exigida a gritos?
La CICIG fue la única razón, creo yo, por la que la temperatura ardiente de aquellos días amainó y todo el mundo se puso a esperar resultados. Hoy los tenemos, parcialmente. En conferencia de prensa, el doctor Carlos Castresana informó al pueblo guatemalteco detalles de una investigación como nunca antes se había conocido públicamente. Hay personas que aún no dan crédito, parcial o totalmente, a las conclusiones de la investigación. Yo creo que son casi irrefutables. Todas, alcanzadas con prueba objetiva y científica, y corroboradas de alguna manera por testimonio de sicarios seudoarrepentidos que, no obstante, siguen siendo responsables penalmente.
Los guatemaltecos tenemos un nuevo paradigma: sí se puede hacer investigación criminal y forense objetiva, científica y verificable. Y sí se pueden desmantelar bandas de crimen organizado. Por supuesto, poniendo los recursos, grandes esfuerzos y preparación que todo eso requiere.
Así que si de heroísmos hemos de hablar, hay muchos héroes nacionales y extranjeros ahí dentro de la CICIG, que de manera silenciosa están reviviendo al sistema de justicia. Pero hay un par de personas que muchos han olvidado y hasta fueron criticadas severamente cuando, con toda enjundia, lucharon por la creación de la CICIG luego del fallido intento de la CICIACS. No cejaron en su esfuerzo hasta que lo lograron: Eduardo Stein y Frank La Rue. A ellos, mi reconocimiento. Creo que se lo debemos todos los que agradecemos la presencia de la CICIG en Guatemala.
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