Buscando unas mancuernillas que no usaba hace años, me encontré un cachito de pelo de mi única hija; se lo corté siendo una bebé de días y lo atesoraré para siempre; en cajitas contiguas estaban los ombligos de mis hijos y algunos dientes de leche. Tesoros sin valor para cualquiera e invalorables para mí; posesiones que evocaron tiempos distantes de ilusión, nerviosismo y alegría… felicidad por vidas nuevas que llegaban para dar vida, imponer responsabilidad y arrebatar su espacio.
Me quedé pensando por minutos largamente gratos; no he sentido el paso de los años, no me percaté a qué hora crecieron… ¿Los habré abrazado suficiente? ¿Les habré puesto la debida atención? no les conté suficientes cuentos… sí les he dicho –muchas veces– que les amo y procuro demostrárselo, aunque a veces el amor vaya empacado en consejos, exhortaciones y hasta castigos… son vidas que me encomendó Dios… vidas que deben ser útiles, productivas y deben tener suficiente valor como para desbordar a otros.
El momento mágico me llevó a una reflexión francamente triste… pues el valor de la vida –pensé– caducó… vale muy poco o nada en mi Guatemala. Dejó de ser el bien más preciado, lo único irrecuperable… dejó de ser incomparable y fundamental. La vida humana se convirtió en un utensilio desechable más; como se desprecia un envase plástico, como se patea un bote en la calle… la vida hoy –en el mejor de los casos– vale Q50 mil; pero esa es una tarifa “de lujo”, otras vidas sólo valen una mala mirada, una seña entre automovilistas, Q100 o quizá Q100… cuestan el equivalente a “buenas chivas”, como lo declaró a los medios –hace poco– un asesino imberbe capturado in fraganti.
Cómo cambiaron las cosas –pensé– los tesoros de antes incomprables, como el amor, el decoro, la lealtad, perseverancia, el esfuerzo, la honrada faena, la gratitud y el honor… quedaron atrás, no se valoran más. Hoy reina el dios Mamón… el dinero es el principio y el fin de muchas vidas, valorándose –inusitadamente– más que estas; con dinero baila el mono, pero también el diputado, el ministro, el jefe de compras, el mandatario de turno, el aspirante a la Presidencia, el juez, el magistrado el vista de aduanas, el catedrático, el embajador, el periodista traidor… que siembre ha bailado.
Guatemala se asoma a la desgracia y esta se alimenta de la corrupción; con sus instituciones colapsadas, con los circos mediáticos construidos desde intereses espurios; con cuotas de poder que se heredan de abuelos a padres y nietos corruptos; con partidos políticos de doble moral, con burócratas –de altos vuelos– de triple o cuádruple discurso… nuestro barco se hunde. Cuando el valor de la vida caduca, ¿qué le queda al chapín honesto? Sólo la fe, trabajar duro, proteger a los suyos del influjo de desvalorización y decadencia… y cuando sea el tiempo, refugiarse en algún sitio del interior del país… donde el cáncer tardará –un poco más– en llegar. ¡Piénselo!
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