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Guatemala, domingo 24 de enero de 2010

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elAcordeón:

Rayos truenos y centellas

Esa noche recordé la fosforescencia de los peces y otros animales marinos

Ana María Rodas / La Telenovela

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
La primera vez que fui a Alemania, el viaje, que tendría que haber tenido una duración normal, me llevó 36 horas entre la ciudad de Guatemala y Bonn, en aquel tiempo la capital de Alemania Occidental. No habíamos experimentado las paranoias por el terrorismo –aunque no estoy segura de cómo nos llamarán a los occidentales los habitantes de Irak y de Afganistán— por lo tanto no era un verdadero trámite pasar por Miami.

Y esa era mi ruta: Guatemala, Miami, Frankfurt, Bonn. Nada del otro mundo. Veinte horas, a lo sumo, con las paradas reglamentarias en los aeropuertos intermedios. Sin embargo, apenas el avión alzó el vuelo los altoparlantes indicaron que descenderíamos en México, en vez de Miami.  Ya en México nos explicaron que habría una escala de varias horas.

Ya lo dije, eran tiempos felices para viajar de modo que salí del aeropuerto, tomé el metro y me fui al Zócalo a admirar cómo el sol de la tarde doraba la catedral y el palacio de gobierno. Regresé a tiempo para subir al avión que, misteriosamente iba ahora rumbo a Bermudas. Algunos pasajeros, nervios y superstición --como esa gente que cree que en 2012 se acaba el Mundo. ¿La Tierra o el Universo? profundo arcano— hablaron del dichoso triángulo y a mí me dio modorra el paseíto dado.

Abrí los ojos cuando, en vez de las Bermudas, anunciaban una parada en Nueva York. Solo que ahí nos dejaron un par de horas dentro del avión, porque Fidel Castro llegaba de visita y de todas formas, estábamos off limits. Es lo más cerca que he estado del héroe de la revolución cubana.  Me habría gustado escuchar algunos de sus discursos de cuatro o cinco horas, lo admito. Pero ver sólo el avión que lo había llevado daba sueño.

Lo próximo que supe, porque ni siquiera el alzar el vuelo me despertó, era que andábamos rondado…por las Bermudas. No es que tenga los conocimientos de un navegante aéreo, pero me pareció que los pilotos nos andaban tomando el pelo. Muchos de los pasajeros tenían verde el rostro, otros entraban a saco en las provisiones de alcohol de la nave.  Ciertamente, los ayudantes de cabina iban y venían repartiendo whisky y vino como si aquello fuera una fiesta.

Pero el ambiente era de velorio.  Ya todo el mundo sabía que andábamos jugándole la vuelta a un huracán que disfrutaba dando saltos hacia el este, luego hacia el norte, después al sur y de nuevo al norte. No recuerdo el nombre del sinvergüenza. Era macho, porque ese año se comenzaron a entreverar los nombres femeninos con los masculinos, y todos recordábamos a David y los destrozos que había dejado en el Caribe unos meses antes.

De pronto comencé a ver una oscuridad más densa que la de la noche. Dejé de percibir las estrellas en el cielo y de repente estábamos bailando con los coletazos de los brazos laterales del huracán.  Muy tenues, por cierto, pero no menos amenazadores. Los pilotos luchaban por escabullirse de aquel meteoro, pero el muy cínico iba varios pasos delante de ellos.

Nos zarandeamos de lo lindo.  Los rayos caían fulgurantes, con una luz espectral, y su acción era tan cercana que a ratos parecía ser de día en el avión.  Estaba fascinada.  En aquel tiempo no se sabía nada de las luces misteriosas que se elevan por encima de las nubes de tormenta, y por lo tanto, no sentí deseos de ascender muchísimo, por encima de las orillas del huracán, para verlos. Pero el zamarreo y las luces de los rayos, a esa altura, eran suficientes.

Esa noche recordé la fosforescencia de los peces y otros animales marinos observados en los cayos de Belice, a los que se podía llegar entonces sin pasaporte ni nada. Sólo con la embarcación y la buena voluntad.

La Tierra, de noche, es maravillosa. Ya sea a cierta profundidad en el mar, o a algunos kilómetros de altura sobre el nivel de ese mar. En la aparente paz de las cálidas aguas del Caribe o en las aguas nubosas que van desde las costas de África hasta las costas americanas convertidas en una amplia flor de blanco cáliz que rezuma rayos y centellas.

No tengo idea, hasta el día de hoy, de por qué no sentí miedo con aquella agitación inesperada, pero recuerdo que al llegar a Frankfurt era un zombie. No sé cómo me dejaron entrar en Alemania

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