Mi mamá creía firmemente que Dios les puso nalgas a los niños para que los nalguearan. Esa era la indiscutible función de aquellas prominencias blandas, que de nada servía hundir o apretar para que el porrazo no cayera tan duro. La educación infantil se resumía muy bien con el verbo “chicotear”. El chicote era una amenaza real, tangible, que siempre atacaba por la retaguardia, con premeditación, alevosía, ventaja y a toda hora.
Mi mamá recurría invariablemente a un cincho o a la paleta de la cocina, hasta que una buena amiga le presentó a Gina. Llegó una tarde con los ojos iluminados después de tomar el té con la descubridora de aquella maravilla. Decía que era frustrante buscar por todos lados, sin encontrarlo, un cinturón para ajusticiar al rebelde. La cólera subía sin poder descargarla adecuadamente y en el momento preciso. Por eso su amiga Consuelo le aconsejó usar la chancleta (de ahí viene el verbo chancletear), porque esa siempre estaba a mano, o mejor dicho a pie, evitándose así la desesperación de búsquedas infructuosas y el peligro de que el delito quedara impune. Justicia pronta y cumplida, le dicen ahora.
Mi mamá, fascinada con los adelantos de la ciencia, compró de inmediato sus ginas y aplicó el procedimiento pedagógico. La cuestión entonces era peor, por aquello de la prontitud. Con el cincho a veces quedaba el recurso de apelación: apelar a su misericordia y llorar de arrepentimiento mientras abría gavetas y roperos buscándolo desesperadamente. En más de una ocasión me salvé así. Ella estaba consciente de la trascendencia de su tarea, y remataba la chicoteada con aquella frase inolvidable: ¡algún día me lo van a agradecer!
Hay que hacer la salvedad de que las aporreadas no siempre eran consecuencia de un delito. Los mayores inventaron una de las tradiciones más encantadoras que un niño puede imaginar: los varejonazos del sábado de gloria. “Es para que crezcan”, nos decían. “¿Y a vos te pegaron cuando eras chiquita?” preguntó mi hermana, con curiosidad pura y sincera. “Sí, claro” respondió ella orgullosa. “¿Entonces por qué te quedaste chaparra?” Respuesta: primer varejonazo.
A veces lo agarraban a uno durmiendo, pero tomaban la precaución de levantar las chamarras y sábanas, para que no se perdiera el efecto. Tenía que ser con varejón, supongo que para vivir en carne propia los latigazos que le dieron a Jesús. Lo de crecer fue un agregado, libre ejercicio imaginativo. Menos mal que no se les ocurrió usar una tabla de pino… por aquello de la altura.
Hace poco vi unas ginas en el supermercado, ¡ah, qué recuerdos! Creo que por primera vez reparé en la marca: “Suave chapina”. Chapina sí, por supuesto, pero… ¿suave? ¡Ja! Todavía puedo sentir cómo ardían.
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