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Guatemala, domingo 31 de enero de 2010

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elAcordeón:

Fuego Comprimido

                      “Aunque muera viejo, quiero que me recuerden como un hombre insensato y apasionado”.

W.B. Yeats

Arturo Monterroso / Máquina del tiempo

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
La poesía de lo cotidiano, de todas esas cosas simples y complejas cuya suma es la vida, es la que más me gusta. Esa poesía hecha de palabras cuya resonancia se queda vibrando en la memoria, como en una superficie de agua apenas perturbada. Y uno no sabe por qué, de repente, digamos mientras espera para pagar en el supermercado, la voz de Dylan Thomas le dice al oído: “Cuando era joven y sencillo, sentado bajo las ramas de los manzanos; cerca de la cadenciosa casa, y feliz como la hierba verde…” Y uno recuerda alguna casa de su niñez, la visita a un jardín que creía olvidado —mientras paga los cereales, el jabón para lavar la ropa y las hojas de afeitar—, una tarde mientras caminaba en el bosque y los manzanos de alguna granja de un pariente improbable. Pero a veces hay un pequeño fuego, una llama que desconcierta, una palabra que se enciende en una de esas habitaciones cerradas que todos llevamos dentro. “La línea es un hilo blanco”, dice Margaret Atwood. Y luego: “Atas un cabo a un árbol, a una cama, a un umbral y, paso a paso, desenrollas la cuerda tras de ti, y entras en la cueva para encontrarte con lo que hay en su interior —la malicia del universo, un amante abandonado, el núcleo de tu propia cabeza—, fuego comprimido…”

 

Durante las últimas semanas he leído la poesía de Atwood antes de quedarme dormido. Me sirve para limpiar las voces del día, las frases que me empujaron al desasosiego, las palabras que cortaron las cuerdas que le daban sentido a la máquina de engranajes gastados que es a veces la convivencia: “No puede ver lo que tú ves. Las tinieblas se desbordan sobre ella como una avalancha, como una caída”. Y mientras leo “te veo a oscuras, andando. Veo tus pies que se apresuran. Allí es donde estarás al final de todas las tardes… Detrás de ti hay un túnel con una vida dentro…”, voy olvidando las horas escabrosas, las discusiones inútiles, el mundo que se regodea en su insensatez. Paso un buen rato en la duermevela de las preocupaciones y las ganas de hundirme en las arenas movedizas de las sábanas. Pero a veces pasan las horas, largas y amenazantes, sin que pueda cerrar los ojos. Enciendo la lámpara de la mesa de noche y vuelvo a La puerta, el libro de Atwood, como quien se encierra en el baño, se sienta en la taza y se pone a leer para neutralizar los malos olores: “Por qué fuimos tan descuidados, nos preguntamos, mientras el tiempo se precipita sobre el horizonte, verde y amarillo, espesándose con arena, miembros de cuerpos, sillas rotas y alaridos. Tras su estela, nos agostamos o nos ahogamos…”

 

La escritora canadiense Margaret Eleanor Atwood (Victoria University, Harvard), quizá más conocida por sus novelas y su militancia política (lucha por los derechos humanos y la libertad de expresión; Amnistía internacional, BirdLife International, PEN), escribe una poesía que se desliza imperceptible en lo cotidiano. Pero no por eso carente de profundidad, calor humano y un arrebato de ironía. Ha sido nominada para el Premio Nobel, en 2008 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras, y en 2000 el Booker Prize por su novela El asesino ciego. Como se sabe, el Booker Prize es el galardón que consagra a los escritores de ficción en el mundo de habla inglesa. Atwood, quien es conocida por La mujer comestible, Ojo de gato y Desorden moral, obtuvo un reconocimiento notable por El cuento de la criada, una novela perturbadora publicada en 1985; la historia de una sociedad fascista del futuro cuyas referencias cercanas podrían ser 1984, de Orwell, y  Un mundo feliz, de Huxley. El cuento de la criada fue llevada al cine por Volker Schlöndorff con guión de la escritora y Harold Pinter. Desde la publicación de Double Persephone en 1961, Atwood ha publicado 18 libros de poesía. El que leo ahora es una edición bilingüe. “No tengas miedo —dice en la página 213—. Habrá un bote. Después de que el bote zozobre, después de llegar a la costa, pese a que el barco naufrague (…) contaré tu historia”.

 

Guatemala, 29 de enero de 2010

arturo.monterroso@gmail.com

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1 comentarios:

  1. lydia carreras: (2010-01-31 13:19:48 horas)
    Sr. Arturo, impecable lo suyo. Por momentos, no sabía si estaba leyendo líneas suyas o de Margaret. Sus voces se confundían, sintonizaban. Me gustó mucho. Ahora tengo un libro más para leer. "La Puerta" Saludos.
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