El jueves 28 me tocó presentar en el Hotel Camino Real un cuaderno de trabajo titulado La Economía no observada: una aproximación al caso de Guatemala de autoría colectiva (PNUD).
El jueves 28 me tocó presentar en el Hotel Camino Real un cuaderno de trabajo titulado La Economía no observada: una aproximación al caso de Guatemala de autoría colectiva (PNUD). El adjetivo no puede sino llamar la atención y concitar al rechazo. Se refiere a lo que con ánimo sereno se conoce como “economía criminal”, “ilegal” o “subterránea” que no cesa de crecer en Guatemala. En la Introducción se anuncia la fuerza de este sector de la economía informal ilegal comprendida por secuestros, extorsiones, robos diversos, contrabando, crímenes, asaltos; comercio de artículos de audio y video reproducidos ilegalmente y todo lo relativo al narconegocio. El fenómeno es complejo en su organización, versátil y flexible en su funcionamiento, poderoso en sus derivaciones sociales y políticas. Y lo más importante, con una profunda naturaleza simbiótica, es decir, una mezcla de la que todos sacan provecho común. Debería hablarse en términos más subjetivos, de actores que se mueven con extraordinario dinamismo, realizando alianzas estratégicas entre redes ilegales que “se crean mediante una estricta lógica empresarial”, se (traicionan) respetan mutuamente y encuentran puntos de convergencia a lo largo de las fronteras nacionales y los países vecinos.
Un ejemplo inicial da pábulo para continuar. De los diversos negocios ilegales, de los cuales hay algún registro, se mueven en el mercado libre, probablemente por la iniciativa privada en torno al robo de automóviles, que es el más rentable y mejor organizado. De acuerdo con los registros de la PNC, entre 1998 y 2006 se reportaron 64 mil 626 vehículos robados, con un costo unitario promedio de Q67 mil 581.10, lo que equivale a un valor monetario total de Q4 mil 367 millones 489 mil 706. Esta enorme cifra significan US$557 mil 711 millones 133, cifra superior a cualquiera de los activos contabilizados por las más grandes empresas del país. Según datos de la Asociación Guatemalteca de Instituciones de Seguro, en 2006 pagaron Q130 millones 45 mil correspondientes a 1,551 unidades robadas. Las cifras anteriores van en aumento.
El negocio criminal del robo de autos se apoya en una organización jerárquica estricta, con una infraestructura extensa, división de trabajo absolutamente racional y, por supuesto, una extendida complicidad. De esto queremos hablar. Un automóvil robado, cualquiera que sea su modelo o marca, puede cambiar de color, número de registro y chasis, y tener la documentación legal (sic) u oficial para ser vendido en cinco días en el país o en el extranjero. No hay exageración en el dato, pero podrían ser ocho o más días. Es posible deducir de la información anterior un triple significado sociológico. Uno, para que funcione esta industria se requiere una vasta y sofisticada (la calificación no es castiza, pero el uso la vuelve comprensible) organización con sitios de ocultamiento, talleres, repuestos y espacios de venta. Dos, colaboración de funcionarios que proveen formularios e información administrativa para que trabaje el business. Y tercero, consta de obreros altamente calificados, un ejército de contadores, economistas, abogados, militares, administradores de empresas y financieros de alto nivel.
Sin la complicidad de la estructura bancaria del país no sería posible el manejo de decenas de miles de dólares. Sólo imaginemos a un aislado ladrón de autos que altera los registros, maneja el dinero con criterios de pulpería y un bulto de dólares en bolsas de plástico… y vendiéndolos al menudeo.
Hablemos del pasado reciente. En 2003 se registró un máximo de 8 mil 743 automóviles desaparecidos, o sea 25 robos diarios, es decir un vehículo por hora. Y un dato no inocente: el 30 por ciento ocurre como asalto de forma violenta, a mano armada o asesinato. ¿El negocio perfecto?
La economía criminal, como la llamaremos, es difícil de ser cuantificada o documentada, porque los agentes dedicados a estas actividades lo hacen de forma subterránea, oculta, cuidadosa, para que nada pueda ser registrada, apenas imputada.
La operación de imputación es una operación que asigna o atribuye determinados valores a un producto o estructura de ellos, por aproximación inductiva, o cualquiera que sea el criterio o clave de distribución que utilicen.
El robo de furgones no disminuye, tampoco los secuestros, sólo son denunciados un 50 por ciento. En 2006 hubo 57 plagios reportados, con un promedio de rescate de Q50 mil; se calcula un total recibido de Q2 millones 600 mil. Pero la actividad criminal más extendida, donde la iniciativa privada es floreciente, es en la modalidad de las extorsiones, la fuente más frecuente de dinero fácil. ¿Por qué es esto así? Porque hay diversas modalidades de extorsión: a pilotos del transporte, pequeños negocios, particulares conocidos por algún ingreso, etcétera. También porque pueden ejercitarlo delincuentes desde la cárcel o hasta un grupo de amiguetes del barrio, envalentonados por una buena aspirada de coca. Se ofrece el dato de 2005 por la certeza del mismo: hubo 80 extorsiones diarias a pilotos de transporte público a un precio promedio de Q50. Ello produjo una cifra estimada en Q1 millón 400 mil. Existen, por otro lado, amenazas, cobro de impuestos a negocios, casas, empleados de maquila, que suman ese año más de Q100 millones.
Las extorsiones son delitos de clase media baja (pandilleros y similares), los robos de automóviles de alta o de una mediana burguesía. Como ya se dijo, esto último requiere una diversidad de cooperantes, con salario, en cuyo vértice hay un banco. Las extorsiones, en cambio, las practican grupos menores, cada vez menos improvisados pero que manejan cifras inferiores y compartidas.
No es posible repasar otros delitos. Pero recordemos que el BID estimó (año 2001) el costo de la violencia y su prevención en un 6.74 por ciento del Producto Interno Bruto, que según el Banco de Guatemala, a precios corrientes, equivale a unos US$10 millardos (US$1,278 millones).
No se ha hablado del narconegocio, cuyas actividades anuales asciende a más de US$100 millones. Cinco años más tarde otro estudio calculó el costo de la violencia a un 7.3 del PIB, unos US$2 millones 386 mil. El doble de los daños causados en el país por la tormenta Stan… ¡y más del doble de los recursos asignados a los gastos en salud y educación!
Los efectos en el mundo de la economía son bien conocidos: debilita las cuentas nacionales, las estadísticas sobre ingreso, empleo, consumo; escapan al sistema tributario y puede tener efectos en las políticas monetarias, crediticias y otras.
En el plano sociológico y político habría que hacer algunas consideraciones. Alain Touraine dijo que el narconegocio tiene como ideal político la existencia de un mercado libre y un Estado subsidiario, pues así se dan las mejores condiciones para prosperar. Neoliberales y narcos coinciden en sus apreciaciones. El ritmo con el que ha crecido el número de guatemaltecos implicados en el asunto de las drogas y de la violencia criminal sugiere una democratización de la delincuencia; antes eran centenares, ahora son miles. Cada año se incorporan a estas actividades informales más y más gente. Es fácil volverse criminal porque hay retrasos en la conciencia colectiva, defectuosos procesos de socialización básica en el hogar, atracción por el dinero fácil en el seno de una matriz social donde no hay trabajo ni otras oportunidades.
A la popularización de la delincuencia hay que sumar otra consideración ya experimentada en Colombia: la movilidad social ascendente. La inimaginable cantidad de recursos materiales que movilizan los delincuentes, si se prologan en el tiempo, producen una reclasificación social eminente. La familia del capo adopta formas de vida y consumo que no corresponden a sus oscuros orígenes: ahora hacen los tres tiempos, van en automóviles de lujo, con mansiones en Carretera a El Salvador y otras conductas imitativas. Bien sabemos que no es fácil dar el salto de clase, porque requiere algo más que una cuenta bancaria: educación, cultura, modales, ideología, buen gusto… Los bandidos hacen el ascenso social, pues esto no es ninguna novedad. Siempre los ha habido en los estratos superiores.
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