¿Por qué no decirlo? Aquellos fueron meses de trabajo, aprendizaje, crecimiento y mucha alegría. En la antropología el mundo mismo es nuestro laboratorio. Cualquier evento puede ser un encuentro con el otro, por ello cuando hace ya casi diez años hice trabajo de campo en los pueblos del lago de Atitlán una de las actividades favoritas era la de ir a nadar con los niños tz’utujiles. De ahí salían historias y así nos ganábamos la confianza de las familias.
Hace unos días sentí frío al hallar desde San Juan La Laguna, un lago que parece sin vida. No estaban esta vez las risas y chapoteos de los niños. Ni el agua misma parecía sonreírnos. La presencia de la cianobacteria en los titulares e imágenes que produjeron tristeza y frustración por un país que multiplica día a día sus malas noticias, nos recuerda que no podemos ignorar el lago.
Atitlán se muere. Entre gente cortando café, el convite de San Pablo La Laguna y las ventas de mango con limón, sal y pepita a Q1, me pregunto; ¿qué se muere con Atitlán?, ¿qué lección se esconde entre sus aguas frías y profundas?
La mierda salió a flote, subió por las páginas de la prensa, escaló posiciones en el ranking de la realidad, la de los titulares de los periódicos. Aunque el clima frío de enero ha menguado la presencia de la cianobacteria, ahí está, abajo; habitándolo todo. Destruyéndolo todo.
¿Qué aprendemos del lago, de sus aguas sollozando? En la experiencia histórica hemos aprendido “que en el proceso material de producir la vida, el medio ambiente es nuestra propia obra, y que esta obra deviene contradictoria con la naturaleza al ignorar sus leyes. Rehacer la naturaleza, por lo tanto, implica transformar las relaciones sociales que la dañaron”, escribió Mario Payeras.
Muchas sociedades indígenas y campesinas intentan pensar como las montañas, como los lagos, como los animales. Los ecologistas nos instan a hacer algo parecido, entendiendo estas entidades con ojos científicos. ¿Creen entonces que podemos pedir ayuda al lago y escucharlo?
A nuestro llamado, el lago milenario dijo: “Todas las especies pueden afectar la posterior evolución de las cosas mediante su comportamiento. Todas las especies, incluidos los seres humanos, pueden tomar decisiones activas, y, cambiar las condiciones físicas y sociales a las que sus descendientes tendrán que enfrentarse. ¿Quién les ha dicho que el mundo les pertenece, que pertenece exclusivamente a los vivos? Los que se bañaron en nuestras aguas y ya murieron y los que están por venir también tienen vela en este entierro. Los organismos no son simplemente objetos de las leyes de la naturaleza; son sujetos activos que transforman la naturaleza de acuerdo con sus leyes. Todos ustedes pueden ser arquitectos de la evolución en virtud de las potencias científicas, técnicas y culturales que han adquirido; ningún arquitecto debería ser irresponsable: utilizar bien las leyes para hacer el bien”.
Continuó: “Frenar la destrucción de sus manos de los ambientes viejos, como yo, implica que posean la iniciativa de su propia obra. Inventen libremente copiando en sus creaciones el modelo natural. Ahí no hay pierde, pues somos un todo”.
Luego agregó: “Obligados por sus propios logros pasados están ahora forzados a resolver con la imaginación sus responsabilidades en esta red de vida en la que nos han enredado a todos. Es el momento en el que necesitan tomar decisiones conscientes no sólo sobre ustedes, sino también sobre el mundo de las otras especies. Todo lo han impregnado con sus actividades. Hace falta que asuman lo que han hecho y sus consecuencias, que aprendan de la historia y la naturaleza, que se comprometan con el futuro de los que vendrán. Si quieren un mundo de esperanza tendrán que convertirse en jardineros del mundo. Cortar aquí, podar allá, plantar una planta en un nuevo lugar, experimentar con las semillas y las flores. Les propongo que trabajemos juntos, con nuestros hermanos los volcanes y todos los seres los acompañaremos por mucho tiempo más”. Dijo el lago, mientras abrazaba a un desfile de aves que escapaba del hollín y humo negro de la costa sur en los cañaverales quemados.
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