La semana pasada hubo expresiones públicas coincidentes. Llanamente fue una buena noticia para un Estado de derecho postrado: “Nadie está encima de la ley”. La interpretación usual en los medios fue que la captura del ex presidente Alfonso Portillo es el signo de que llegamos a home. Ahora cualquiera puede ser juzgado conforme a derecho. Es cierto en una esfera, pero está lejos de ser una verdad completa. Y eso lo intuye el ciudadano de a pie que padece la estructura real del poder.
La premisa convencional es que el Presidente expresa la más alta manifestación de poder. En democracia el voto popular y la capacidad potencial de decidir políticas públicas hacen del mandatario un símbolo de poder. Pero es un poder simbólico del ritual democrático, pues gana la administración con la mayoría, pero no gobierna sin la minoría. Y eso es más significante en un Estado fallido para el 80 por ciento de sus habitantes. No se resta dignidad al cargo, pero es claro que enjuiciar al Presidente no es sujetar el Olimpo a la majestad de la ley terrena.
Hay que agregar la peculiaridad de un gobernante que tensiona la cuerda con el status quo sin construir base propia de poder ni pertenecer a las estructuras del poder permanente. Un mandatario de las clases medias de la provincia, con conocimientos pero sin institución orgánica detrás. O sea, el origen social (e incluso racial) es menos determinante que la voluntad de poder. Dos ejemplos. Rafael Carrera –el genio militar del siglo XIX– se implantó desde la fuente más antigua del poder, la fuerza violenta. Manuel Estrada Cabrera tejió magistralmente, bajo los principios de Maquiavelo, la política autoritaria del temprano siglo XX.
Pero la política democrática de la globalización en sociedades semi-feudales es otra historia. Dice Alain Touraine que ahora hay elites que no se conciben como cúspide, sino como entidades por encima de la sociedad. Superiores a la majestad de la ley. En 2008 el profesor David Rothkopf publicó una obra indispensable para entender esa realidad de nuestro tiempo.
En Superclass: The Global Power Elite and the World They are Making, Rothkopf analiza esos poderes y muestra cómo actúan “en detrimento de nuestro bienestar en términos políticos, económicos y, por encima de todo, morales”. Acá no hay elites globales, y sin embargo no se puede proclamar la majestad de la ley hasta que se remueva los CIACS del Olimpo local.
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