Terror in the Land of the Holy Spirit, de Virginia Garrard- Burnett, (Guatemala under general Efraín Ríos Montt, 1982-1983 Oxford University Press, 2010) es un libro que nos habla de nosotros mismos. Se pregunta con más honestidad que interés de defender una causa, ¿por qué la lucha contrainsurgente tuvo que ser una guerra sucia en todo el mundo, pero particularmente en Guatemala? ¿Por qué la violencia para disuadir a los campesinos de apoyar a la guerrilla se ensañó contra mujeres y niños de brazos? ¿Por qué un discurso de inspiración cristiana neopentecostal sirvió a la perfección a los planes militares y luego, cuando ya no era más útil, fue desechado? ¿Por qué hizo sentir incómoda a la elite ese discurso?
La obra centra su interés en el papel que jugó Ríos Montt como jefe de Estado en el período más cruento de la guerra. La autora no tuvo ocasión de entrevistar al General, que prefiere no hablar de aquellos tiempos, pero cita unas palabras suyas que no aplacan a nadie: “Durante mi gobierno”, se atribuye haber dicho a Ríos Montt, “los militares siguieron sus órdenes. Hubo algunos desmanes, pero yo nunca fui informado. Estas acusaciones (en su contra) constituyen una persecución política de parte de los terroristas que perdieron la guerra”.
Así se exculpa Ríos Montt de las matanzas colectivas. A partir de su administración, esto está documentado estadísticamente, la violencia indiscriminada en el campo fue cediendo espacio a una violencia selectiva, calculada, metódica.
Garrard-Burnett no le exime, como querría el General, de responsabilidad por la tierra arrasada, pero concluye que Ríos Montt supuso sobre todo un complemento político esencial a la campaña militar. Llegó al poder en momentos en que se confrontaban dos ideales que se disputaban legitimidad entre sí: la lucha revolucionaria para convertir el país en una nación socialista y el esfuerzo del Estado por impedir que el comunismo se adueñara de Guatemala. Pero los abusos de las fuerzas militares contra la población civil habían erosionado buena parte del apoyo moral a la campaña antiguerrillera. La violencia contrainsurgente había crecido desproporcionadamente, hasta cobrar una dinámica propia, que incluso amenazaba al Estado. Y no fue sino cuando llegó al poder Ríos Montt con su enardecido discurso que la violencia y el poder del Estado se reunificaron en una misma causa.
La autora atribuye al General una oscura genialidad para servirse del lenguaje, las imágenes y las ideas neopentecostales para prometer la fundación de una Nueva Guatemala.
Esto propició que un grueso de la población urbana se reconciliara con el Estado. Pero su discurso, no exento de críticas al status quo, hizo sentir incómoda a la elite e incluso a muchos militares. De ahí su defenestración.
Muchas personas piensan que a estas alturas ya no tiene sentido mantener los ojos en aquella guerra y en cambio es más útil ver hacia delante. Ojalá fuera sencillo abandonar aquellos recuerdos bárbaros. Pero uno no elige las memorias. O por lo menos no logra aplacarlas hasta que es capaz de explicarse el papel que juega en ellas.
El libro de Garrard-Burnett puede contribuir en esa tarea.
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