Y la Comunidad Internacional, tan desacreditada y criticada por unos cuantos.
Enlos últimos años ha proliferado en nuestro país el uso del término “políticamente incorrecto”, como alusión a la honradez con la que algunos expresan sus convicciones sin someterse a la presión del qué dirán ni a la ortodoxia de una “corrección política”, que a su vez se asocia a la uniformidad en las ideas que están de moda. Todo está muy bien, excepto que no deja de ser una auto-alabanza dirigida a descalificar a quienes opinan diferente.
Ha sido la derecha política la que ha utilizado comúnmente el término, pero en la práctica, toda descalificación puede originarse desde cualquier posicionamiento. En la realidad, quienes somos desmenuzadores de ideas, siempre corremos el riesgo de ser señalados ya sea como oligarcas, elitistas, y descriteriados o también como estatistas o marxistas, cuando no como ignorantes y tontos y pusilánimes que en su versión “light”, se traduce en “políticamente correcto”.
Un concepto ampliamente criticado y desacreditado es la llamada “comunidad internacional”, término utilizado indistintamente para referirse a cualquier conjunto de personas de diversos orígenes, a los sujetos pasivos del Derecho Internacional que se rigen por Convenios y Tratados, a los representantes de los países ante diversas organizaciones y los grupos de personas cuyo eje de convocatoria persigue principios de afinidad y apoyo mutuo, como son las organizaciones de Derechos Humanos o de defensa de la libertad de expresión y prensa como son Reporteros sin Fronteras, entre otros.
En la reciente crisis institucional de Honduras, los órganos políticos, tanto de las Naciones Unidas como de la OEA fueron absolutamente inconsistentes, no sólo por irrespetar las bases mismas que fundamentaron sus organizaciones sino en su omisión al evaluar a Estados que sistemáticamente violan los derechos humanos y los principios de las democracias republicanas, como sucede con Venezuela y sus aliados del Alba.
Sin embargo, el ataque feroz y poco informado hacia toda “la comunidad internacional” sin distinción de funciones y desempeño, se lleva entre los pies a gobernantes que no han sido comparsas del doble rasero al juzgar a otras naciones. Lo mismo sucede con los mecanismos institucionales, profesionales y técnicos que por regla general operan y se pronuncian en base a los principios y regulaciones en relación a la violación a los derechos humanos. Por ejemplo, tanto la Comisión Interamericana de Derechos Humanos como la Corte se han pronunciado constantemente haciendo públicas sus condenas al régimen chapista, especialmente en las violaciones a la libertad de expresión y de prensa. O, ¿porqué piensan sus detractores que un grupo de estudiantes venezolanos hicieron una huelga de hambre para demandar la presencia de la CIDH en su país? ¿Por qué creen que el presidente Hugo Chávez se niega a permitir el ingreso de la Comisión?
Cabe una última reflexión que me parece preocupante. Ahora que en Chile ganó las elecciones el señor Piñera es muy probable que el Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, no cuente con el apoyo de su país para su re-elección. Ante esa posibilidad, ya los “Albas” han anunciado que impulsarán un candidato afín a su pensamiento. Sus posibilidades de triunfo serían muy altas y entonces sí se constituirá un ente acomodaticio a las políticas predominantes y se aniquilaría a los órganos imparciales que no se plieguen a la ideología despótica que se plantea.
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