Los secuestros y asesinatos de la Embajada de España.
Tres ciudadanos guatemaltecos que estaban recién llegados el 31 de enero de 1980 a la Embajada de España, fueron secuestrados por un grupo de campesinos y estudiantes que irrumpiera en el lugar, habiéndolo sido, también, otras personas, las que allí se encontraban, delito que se habría perpetrado –así se dice– con el ánimo de llamar la atención internacional sobre la tragedia que acontecía en Quiché, no importando, sin embargo –con tal de conseguirlo–, el uso de los seres humanos retenidos, a nivel de mercancías.
Por muy nobles que pudieran haber sido ser los propósitos, se hizo uso del delito y se utilizó a los rehenes como cosas –piezas de presión– con el más absoluto de los desprecios, por su condición humana.
Fueron estos sometidos a la insolente voluntad del grupo ¿a cuenta de qué? y quedaron, así, expuestos, a todo lo ocurrido.
Adolfo Molina Orantes y Eduardo Cáceres Lehnhoff fueron dos de las víctimas del secuestro perpetrado, como lo fueron, también, Felipe Sáenz de Cabezón. ¿Se acordaba acaso de su nombre? la guatemalteca, Mary Wilkins de Barillas. ¿Se acordaba? María Teresa de Villa, madre de Gonzalo de Villa, sacerdote entonces y después obispo… Jaime Ruiz del Árbol, joven diplomático español, brillante, pletórico de juventud, lleno de vida. ¡Fines todos, en sí mismos, utilizados y tratados como cosas! A 30 años de los hechos persisten las mentiras y, así, se afirma que el grupo que irrumpiera en la Embajada y que hiciera de aquellos seres humanos inocentes, sus rehenes, se encontraba integrado exclusivamente por campesinos, lo cual es falso, por cuanto que participaban, también, estudiantes universitarios que –además– los dirigían, extremo que se sabe por el testimonio incuestionable del único de los sobrevivientes –no cuestionado– Mario Aguirre Godoy.
¿Por qué la mentira? El que hayan sido campesinos o estudiantes universitarios –incluso guerrilleros, si lo eran– no los haría menos hechores –primero– y víctimas –después– de la tragedia. ¿Por qué ocultarlo?
Es mentira, también, que haya habido tan sólo dos sobrevivientes, Gregorio Yuxá –posteriormente asesinado– ¡uno de los crímenes más graves que puedan imputársele al Estado! y el embajador Máximo Cajal.
También sobrevivió –por haber escapado unos minutos antes– Mario Aguirre Godoy.
¿Por qué se oculta? ¿Por qué se quiere ocultar la existencia de este testigo, quizás el único testigo válido, ajeno como lo era, a cualquiera de las partes?
Me duele todo lo ocurrido en la Embajada de España, como me duelen todos –todos– los muertos. La Secretaría de la Paz –finalmente– los ha citado a todos.
Lo he dicho repetidamente y lo reitero: En el primer secuestro –en el primer asesinato– que se justifiquen –se justifican todos–. ¿Es tan difícil comprenderlo?
También me permito decir, no sólo a 30 años, sino a cualquier distancia, que ignorar cómo víctimas, a quienes fueron más víctimas que todos –los secuestrados– no nos hace ningún bien para entendernos.
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