Años atrás, durante una campaña presidencial, el fotógrafo guatemalteco Moisés Castillo captó una imagen de esas que se quedan clavadas en la memoria porque revelan mucho con poco.
Años atrás, durante una campaña presidencial, el fotógrafo guatemalteco Moisés Castillo captó una imagen de esas que se quedan clavadas en la memoria porque revelan mucho con poco. Un grupo de personas al punto de la histeria se apretujaban contra una tarima para estirar sus brazos desesperados y tomar la mano de un personaje quien sólo asomaba desde un fragmento de sus botas vaqueras. Creo que eran azules y con punta plateada. O de piel de serpiente, con espuelas de oro y esmeraldas; ya no recuerdo bien o así he querido recordarlas. El asunto es que una semana atrás fue apresado el usuario. Por primera vez en la historia de nuestro país el sistema de los privilegios del poder se tambaleaba y provocó una jugosa dosis de especulaciones, relatos fuertes desde una realidad debilitada que ratificaban dos cosas: que aún no estamos a salvo y que, para hacer literaturas, hay materia prima para rato.
Desde los escritos de O. Henry, la épica de dictadores bananeros y paisitos inestables han alimentado nuestra imaginación con ficciones que sólo son superadas por la realidad que nos rodea. O sea, por nosotros mismos. No obstante, el allanamiento de la casa del ex mandatario era la transición definitiva, de la normalidad de los clásicos hacia la fascinación que producen los nuevos escenarios de la narcoactividad, los narcocorridos y otras expediciones que resultan en estéticas que nada tienen que envidiar a los ornitorrincos. Híbridas mezcolanzas entre jacuzzis y pisos Samboro, adornitos de cristal facetado y cerámicas Lladro junto a tigres de Bengala, columnotas de concreto y vidrios polarizados muy blindados para resistir las más conspicuas batallas aunque nunca sucedan. Abrir aquella puerta era la llave de la fantasía y la recreación de todos esos supuestos que nunca caben en la misma fotografía. También la mejor manera de repasar nuestras ideas predeterminadas sobre los lujos mal habidos y su melodrama complementario, acuñadas en la literatura, telenovelas y producciones cinematográficas que han contribuido en el diseño del mal gusto de señores del cielo y sicarios extraídos de las tinieblas, padrotes, nuevos ricos y gángsters en decadencia.
La entrada triunfal de la Policía en la hacienda de Zacapa nos reveló, sin embargo, cosas que generalmente revestimos de dobles morales. En primer lugar que esa región del mal gusto del corrupto existe, primero, dentro de los muros de nuestros más pervertidos deseos, en ese barroquismo cultural que ha cultivado un placer culposo por los chunches. El vago recuerdo de las botas busca su complemento en un techo rosa, muebles dorados con spray de bote y cabezas de venado con trabajo de taxidermista chino. Pero nada. Después de cuatro horas del allanamiento, sin excesos ni desbordes, lo de Portillo era pura ambición en códigos clasemedieros.
De nuestro extraño y recién adquirido gusto por fabular las imágenes de los nuevos poderes la moraleja es que, en estos tiempos dorados y descompuestos, entre la vergüenza propia y la ajena sólo hay un paso.
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