El Gobierno quiere recursos. Los empresarios, ni hablar de tributos. Los sindicalistas aspiran a mejores salarios. Pero el Gobierno no tiene recursos y los empresarios –dicen– ya pagan demasiados impuestos que el Gobierno no administra bien. Los campesinos quieren tierra y capital de trabajo, pero no hay mercado de tierras y el Gobierno no tiene recursos porque los empresarios son renuentes a pagar impuestos y el presupuesto está muy amarrado. Los empresarios advierten al Gobierno: recorten gastos pues el presupuesto desfinanciado puede desequilibrar la macroeconomía, aunque se necesitan cárceles, policías y demás.
Al final, nada. Ni tributos ni gasto relevante. Mientras, la presa social subiendo. La institucionalidad estatal, desmoronándose. Aunque los negocios, en general, bien. La agricultura tuvo en 2009 un buen año; los precios del azúcar óptimos, y el resto de transables, nada mal, incluyendo el café. Las cooperativas, robustas. Los bancos tuvieron su mejor año del último quinquenio. Las telefónicas siguen en curva de ascenso. La devaluación ayudó a los industriales en el mercado salvadoreño.
No hay percepción compartida de crisis. El Gobierno habla de problemas de flujo de caja. Y también quienes están debajo de la escalera social siguen penando; el microclima de la abundancia rara vez les llega desde los negocios o el gasto público convencionales. Arriba hay preocupación, sí, porque las inversiones extranjeras no fluyen y no fluirán porque la institucionalidad estatal tan porosa orilla a que se violen códigos éticos internacionales de hacer negocios, lo cual es una conciencia más generalizada de lo que percibimos localmente.
Entonces, ¿hacia dónde debe apuntar el diálogo, para no seguir en el círculo vicioso donde seguimos reciclando problemas y discursos de, al menos, tres décadas? Neoliberales, progresistas, conservadores y pragmáticos deben asignarle un rol y una autoridad a la función pública. Nunca habrá conciliación total, pero sí una agenda en la cual los intereses que hacen a esta sociedad se vean reflejados. ¿Estado en función de qué? De seguridad y bienestar general, como dice la Constitución. ¿Cómo convencernos de que no tenemos otro camino? Quizás echándole una mirada al futuro: si continuamos como vamos ¿cómo estará el área rural en 40 años, cómo el ambiente, qué pasará con la seguridad, cómo se perfilan las próximas cuatro generaciones, cómo se harán los negocios, de qué manera se gobernará? Los especialistas tienen la palabra y aunque suenen pesimistas, el sólo oírlos nos hace responsables. No podremos alegar ignorancia.
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