En la edición dominical del diario Prensa Libre del domingo 10 de enero, se publicó una encuesta bajo el titular “felicidad restringida” y dice que el 49.5 por ciento de los guatemaltecos afirma que la familia les produce felicidad y la inseguridad les produce todo lo contrario. Esa declaración de las personas que fueron entrevistadas nos lleva a la reflexión que a pesar de los grandes problemas que se atraviesan como país y como parte de un todo al que llamamos mundo, la sociedad guatemalteca sigue estimando este núcleo como el más importante en el desarrollo de los valores intrínsecos que nos producen comodidad emocional.
La familia es la sustentación de la sociedad, y ha sido considerada importante por Dios, que le prestó atención desde los inicios de la humanidad con Adán y Eva, luego con Noé y su familia para poblar la tierra, pasando luego por Abraham y su esposa Sarai, quien recibió la promesa de hacer de él una nación grande. La Constitución Política de la República de Guatemala también le da importancia a la consolidación de la familia, señalando que se organiza como Estado para proteger a la persona y a la familia. Dios siempre ha pensado en la familia como la unidad básica, no sólo de la sociedad sino de la fuente de felicidad, como dice el diario Prensa Libre. Como la fuente de refugio, como la fuente de instrucción la familia es importante.
Otro aspecto de suyo sustancial en esa encuesta es el universo dedicado a los hijos. El 51.6 por ciento opina que el vínculo con ellos es lo mejor que puede haber. Sin embargo, los hijos es la parte de los hogares que ha sido descuidada por diversas causas y ello ha generado la consolidación de los grupos juveniles que delinquen. La Constitución dice que “Todos los hijos son iguales ante la ley y tienen los mismos derechos. Toda discriminación es punible”. La Constitución celestial nos dice a los padres de familia que no provoquemos a ira a nuestros hijos, sino debemos orientarlos según la disciplina de instrucción a nuestro Señor. Esto significa que Dios nos ha dado, a los padres, la responsabilidad de criar a los hijos. No dejándolos olvidados en las escuelas, con los abuelos irresponsables, porque ellos buscarán el consuelo de los amigos que están en los grupos de jóvenes involucrados en las pandillas. Ese compromiso con nuestra descendencia se ha olvidado por diversas causas.
Una de ellas es el desmedido afán por amasar riquezas que de tal manera los hijos pasan a un segundo plano. Preferimos darles dinero para que se entretengan en la calle. Los obligamos a que cumplan nuestras disposiciones, pero ellos no hacen lo que les decimos sino lo que hacemos. En el peor de los casos nuestra familia no está integrada ni por lazos de orden ni fraternales, porque preferimos las reuniones sociales, con los amigos para desatender el mandamiento que la ley natural del hombre y la ley de Dios nos determina. Debemos entender que si queremos hijos buenos, hay que amarlos, bendecirlos y corregirlos. “Instruye al niño en su camino y aún cuando fuere viejo no se apartará de él”. “No corregir al hijo es no quererlo; amarlo es disciplinarlo”, dice La Biblia. Un conocido escritor escribió: corrija a sus hijos con amor o el mundo se encargará de corregirlos sin amor. Explíqueles qué espera de ellos, instrúyalos claramente, corríjalos cuando fallen, aplique un castigo. Y recuerde que la disciplina debe ser siempre correctiva, jamás destructiva. Pero si les enseñamos buenas costumbres no tendremos que llegar a los extremos sino construiremos el hogar con bases sólidas para tener una familia especial e hijos respetuosos.
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