En más de una ocasión he afirmado que la mayoría de guatemaltecos tenemos terror de enfrentar ciertas verdades y somos hiper-susceptibles ante la posibilidad de que dichas evidencias puedan hacer tambalearse el búnker que quisiéramos hacer creer que somos: personas profundamente íntegras, poseedoras de una moral de acero inoxidable y un sentido del honor y de la dignidad similares a los de Juana de Arco. De allí que, abrumados por toneladas de principios morales que nos exigen un “deber ser” bastante irreal (del cual no logramos incorporar a nuestra práctica ni siquiera el diez por ciento), lo que hacemos es pasarnos la vida tratando de camuflar, con cómica solemnidad y con precauciones lingüísticas absolutamente churriguerescas, nuestras inconsecuencias.
Esta semana hablé con una guatemalteca que reside en los Estados Unidos y que tiene bastante relación con la comunidad de guatemaltecos de su ciudad. Y me contó, riendo, que en cierta ocasión, una amiga norteamericana le preguntó si era normal que los guatemaltecos le enseñaran a mentir a los hijos, a lo que ella, extrañada, quiso saber por qué. Entonces la amiga le explicó que más de alguna vez, cuando sus hijos habían ido a buscar a alguno de los vecinos chapines a sus casas, estos habían susurrado y hasta vociferado detrás de la puerta: “¡Digan que no estoy!”. Y bueno, el asunto es que yo también sonreí al escuchar la anécdota, porque he sido igualmente testigo, en Guatemala, de semejantes comportamientos.
Así que insisto: somos unos mentirosotes. No es que seamos malos, sino que nos da miedo decir la verdad, nos da miedo enfrentar la verdad, nos da miedo poner en entredicho lo que decimos ser o lo que quisiéramos ser. En fin, que somos moralmente bastante aguados, ¿verdad?
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