Delincuentes rociados con gasolina en la zona 9, vapuleados en la Universidad Rafael Landívar, una ladrona
golpeada frente al Zoológico La Aurora: los linchamientos están cada vez más cerca, en las ciudades, en el área urbana. Carlos Mendoza, experto en el tema, lo analiza desde Estados Unidos, en esta entrevista vía email.
Fue en la avenida Montúfar, a la hora en la que los comedores y cafeterías empiezan a vaciarse de golpe, como si alguien abriera por completo un grifo, la gente salía a torrentes. Los comensales apuraban el café, y corrían viendo el reloj, para no exceder la hora reglamentaria del almuerzo, pero en una esquina algo los detenía, les hacía olvidar la tarjeta por marcar o al jefe en la puerta. Junto al puesto de un chiclero un hombre arrodillado, atado de pies y manos, recibía puntapiés. Una señora de falda corinta y tacones de aguja gritaba “hay que prenderle fuego”, y un hombre de traje de raya diplomática y corbata mal ajustada se abría paso entre la multitud para asestarle un par de patadas al tipo sin camisa, de cuya nariz salía un hilito rojo. Era un ladrón que atraparon in fraganti cuando intentaba huir con la bolsa de una transeúnte. “La gente estaba histérica”, cuenta uno de los testigos, “nadie se quería ir sin darle un porrazo”. Lo que los vecinos estaban presenciando era un intento de linchamiento, en la zona 9 de la ciudad capital.
A los pocos días una noticia saltaba en los periódicos: estudiantes de la Universidad Rafael Landívar atraparon a tres ladrones y los vapulearon. Los encontraron robando el celular a un alumno y una turba los capturó y golpeó hasta que llegó la Policía. Los entregaron con el rostro desencajado y dolor en las costillas. Otro intento de linchamiento, esta vez en una universidad privada.
Un día antes la Policía había logrado liberar a una mujer secuestrada. Frente al IGSS de Pamplona atraparon a los dos secuestradores, los trasladaron a la palangana de una patrulla y casi sin que se dieran cuenta un enjambre de vecinos se los había arrebatado. Era gente que pasaba por el lugar, uno de los agentes recuerda haber visto a cuatro o cinco personas frenar su carro y bajarse a golpear al secuestrador, después arreglarse el peinado y continuar su ruta.
“Últimamente está pasando mucho eso, que la gente quiera golpear al ladrón”, explica el comisario Bámaca de la PNC, “lo curioso es que por lo general no es la víctima la que les pega, sino los testigos o los curiosos que se acercan a ver la captura. Se da mucho en la zona 1”, cuenta.
Es difícil olvidar las imágenes de Alejandra María Torres, desnuda y ensangrentada en el bulevar liberación. La mujer, que robaba a los pasajeros de un bus, fue golpeaba y rociada con gasolina en plena calle, a mediados de diciembre pasado. Las fotos del linchamiento circulan por internet y resulta perturbador observar el rostro de decenas de hombres y mujeres iracundos ante una joven que trata, ya no de protegerse de los golpes, sino de cubrirse el pecho. Se salvó de milagro, la Policía estaba cerca.
Todavía muchas personas piensan que los linchamientos son exclusivos de las comunidades rurales, de los sitios alejados donde la presencia del Estado es inexistente o escasa, y la justicia por la propia mano se vuelve la única alternativa. Pero cada vez más estamos presenciando intentos de linchamientos en la ciudad capital, a plena luz del día y bajo la complicidad de cientos de miradas. Carlos Mendoza, analista político y socio-fundador de Central American Business Intelligence (CABI), analiza el tema. El CABI reúne a algunos de los intelectuales más prestigiosos de Centro América, que se dedican a estudiar a fondo problemas sociales. Mendoza es además el creador del blog linchamientos.blogspot.com el sitio más completo sobre el problema de los linchamientos en Guatemala.
Empezamos a ver casos de linchamientos en la ciudad ¿no son algo propio del área rural como se pensaba?
– Los linchamientos no son exclusivos del área rural, pero generalmente ocurren en ella. Según los datos recopilados por la Minugua de 1996-2002 hubo 155 municipios afectados por la “epidemia” de turbas que intentaban “hacerse justicia” por mano propia, de los cuales 116 eran rurales y sólo 39 urbanos. De los 82 municipios donde la turba mató a su víctima, el 80 por ciento eran predominantemente rurales.
Al analizar estadísticamente esos mismos datos concluí que en áreas más urbanas es menos probable que ocurra alguna muerte por linchamiento. Esto tiene sentido porque en esos lugares hay mayor presencia del Estado y le es más fácil a sus agentes llegar a tiempo para rescatar a la víctima de la turba. Sin embargo, también la densidad poblacional es estadísticamente significativa para explicar la formación de las turbas, pero no para explicar los casos fatales. Los sitios urbanos están más densamente poblados, y en lugares donde la población está más concentrada es más probable que esta se organice y movilice para detener a un presunto criminal. Eso explicaría por qué en el departamento de Guatemala se registraron, en el mismo período, 52 casos de turbas, pero sólo 8 de ellos tuvieron un desenlace fatal, de un total de 133 casos fatales a nivel nacional.
¿Tiene algo que ver la clase social en un linchamiento?
– Minugua siempre insistió en que los linchamientos ocurrían en municipios donde los “índices de desarrollo humano y de exclusión social son más desfavorables”. Yo, en contraste, no encontré evidencia, a partir de sus propios datos, que respaldara esa hipótesis. El nivel de extrema pobreza en los municipios no es estadísticamente significativo para explicar los casos de violencia colectiva en general, ni los casos con un desenlace fatal. Por el contrario, pareciera que en los lugares extremadamente pobres es más difícil superar el problema de la acción colectiva, es decir, es menos probable que la gente se organice y movilice para proveer los bienes públicos que el Estado desatiende, en este caso: justicia, orden y seguridad.
Ello, sin embargo, no quiere decir que los linchamientos ocurran en zonas ricas y acomodadas. En dichas zonas hay otros mecanismos para lidiar con la delincuencia. Generalmente, movilizan recursos para defenderse colectivamente. Un ejemplo de esto es el cierre de colonias y la contratación de agentes de seguridad privada. O sea que en áreas urbanas de clase media y alta se favorece el enfoque “preventivo” tipo “blindarse contra la delincuencia”.
En las ciudades sí hay más presencia del Estado, pero es simplemente física: agentes, radiopatrullas, jueces, etcétera, lo que no garantiza la aplicación de las leyes. Sin embargo, esa mayor presencia sí podría estar explicando la diferencia en los niveles de prevalencia de los linchamientos entre áreas urbanas y rurales.
¿Cómo se explica que los estudiantes de la Universidad Rafael Landívar intenten linchar a un delincuente?
– Cuando se critica a las comunidades indígenas por los casos de linchamiento que ocurren en el interior del país se les llama “salvajes”... Algunos dicen que es por falta de educación, por su situación de pobreza, etcétera... Pero en el caso de los universitarios, es todo lo contrario: educados por arriba de la media nacional, y también en una posición económica que les libera el tiempo necesario para poder seguir estudiando. Entonces, ¿por qué los “civilizados” caen en la “barbarie”?
No es tan determinante el nivel educativo, sino la identidad compartida por los estudiantes de estos centros. Algo similar ocurrió con la ola de linchamientos en los mercados de la Ciudad de Guatemala hace algunos años. El agravio contra un miembro de la comunidad se puede interpretar como una ofensa o amenaza contra los demás miembros del grupo, lo cual facilita su movilización. Este es el argumento que utilizo para explicar el papel que juegan las fuertes identidades étnicas o territoriales en las zonas rurales.
Pienso que el caso del linchamiento en la Usac, en septiembre pasado, confirma mi hipótesis de las fuertes identidades colectivas que facilitan resolver los problemas de acción colectiva. Los sancarlistas poseen una fuerte identidad colectiva y un amplio sentido de pertenencia a una institución. Ello les facilitó la movilización, la organización, para defenderse ante el acoso de un presunto ladrón.
Se dice que muchas veces los linchamientos ocurren porque la gente no confía en las autoridades, pero en los casos que hemos visto últimamente, la gente les arrebata los delincuentes a la Policía…
– La desconfianza en las autoridades hace que su presencia física no sea suficiente para llenar el vacío de lo que yo denomino la “ausencia del Estado”, en sentido amplio. Es decir, un Estado realmente presente es aquel que garantiza el cumplimiento de la ley, el que ejerce efectivamente el monopolio del poder coercitivo para proteger los derechos de sus ciudadanos.
Las frecuentes noticias de corrupción en la Policía y de la complicidad de sus agentes con el crimen organizado confirman a la opinión pública que no pueden confiar en sus autoridades. Lógicamente, la población concluye que debe defenderse a sí misma porque, de lo contrario, nadie lo hará.
Hay que comprender que la Policía no es la única responsable de esta percepción negativa hacia el Estado. El Organismo Judicial es incapaz de administrar justicia, como también se ha demostrado con diversos indicadores (ver lo que dijo recientemente la CICIG). El problema es que dichas entidades se inculpan mutuamente, en lugar de avanzar en los cambios necesarios para mejorar su eficacia.
¿Patear a un delincuente es una forma de desahogarnos, de liberar frustraciones?
– La violencia tiene un componente innato y otro medioambiental. Es decir, los humanos (especialmente los hombres) tenemos un instinto de agresividad, que se activa según las circunstancias que nos rodean. Ciertamente, el miedo y el estrés se han apoderado de la población ante el caos prevaleciente. Se esfumó la certeza mínima necesaria para realizar nuestras actividades cotidianas de manera normal. Salimos de casa sin la convicción de que regresaremos sanos y salvos.
Esta percepción afecta a todos, sin importar su nivel socioeconómico, pero cada uno responde según los medios con que cuenta. Por ejemplo, unos salen a la calle en carros blindados y con guardaespaldas, mientras que otros limitan sus salidas o acuden a otras estrategias más rudimentarias de autodefensa, como los comités de seguridad conformados por vecinos para hacer rondas nocturnas.
La violencia ejercida contra las víctimas de los linchamientos no es únicamente fruto de esa “frustración” que usted menciona. Como he argumentado desde 2003, no se trata de una acción irracional de histeria colectiva, sino que hay una racionalidad detrás: la brutalidad extrema puede ser instrumental, en el sentido que pretende aumentar la intensidad de la sanción (generalmente desproporcionada) y la probabilidad de castigar a quien perjudique a algún miembro de la comunidad, para disuadir a potenciales delincuentes en el futuro.
Un policía me dijo: “Es que es obvio que si a usted le robaron el celular y después está cara a cara con el ladrón lo primero que va a hacer es meterle un su trancazo”, ¿es realmente obvio esto? ¿Es la conducta “normal”?
– Tanto la defensa como la venganza son instintivas. Son atenuadas, sin embargo, por el marco institucional, es decir, por las “reglas del juego” de una sociedad. Pero cuando estas instituciones no se aplican, entonces regresamos a un comportamiento pre-institucional. Lo que algunos llaman estado de barbarie, salvajismo, natural o primitivo. Cuando no hay Estado, son esos instintos los que rigen la conducta humana. He escrito algo sobre el papel de la venganza (o retribución) en las sociedades, lo que algunos dominan Homo reciprocans.
¿A dónde nos puede llevar esto? Es decir, si seguimos ese camino, de frenar el carro para bajarnos a golpear a un secuestrador, ¿qué podemos esperar que pase mañana?
– Algunos hablan del “Estado fallido”, yo prefiero referirme a un “Estado inconcluso” porque en Guatemala nunca se terminó de construir una institucionalidad fuerte, ni siquiera en términos de penetración de todo su territorio por parte de los agentes del Estado. Estamos viendo manifestaciones de una situación pre-Estado, es decir, donde distintos grupos se disputan territorios y el mismísimo monopolio sobre el uso del poder coercitivo. Estamos casi como en la Edad Media, antes de que nacieran los Estados-nacionales europeos, cuando la población buscaba la protección en los señores feudales y, a cambio de eso, les pagaban impuestos. Las extorsiones de las maras y las operaciones del narcotráfico le están disputando al Estado guatemalteco el poder en dos aspectos fundamentales sobre los cuales este debería poseer el monopolio: la defensa de un territorio y la protección de su población, y la extracción de recursos de esa población que habita su territorio.
Posiblemente, si las autoridades y toda la elite política no reaccionan pronto, la espiral de violencia seguirá creciendo, hasta que los alcance a ellos mismos y también a la elite económica. Entonces, estas elites querrán hacer algo para recuperar y fortalecer al Estado, pero podría ser demasiado tarde.
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