Era un gato joven y de cuerpo grácil al que salía a llamar de noche
Los cuatro gatitos desarrollaron una infección de ojos, y pude curar a tres, que aun asustados se dejaban pescar por mí para esparcirles un ungüento sobre los párpados varias veces al día. El gatito feroz no se dejó atrapar jamás, de modo que la infección le duró mucho tiempo y cuando pasó, le dejó una mancha azulada en el ojo derecho que lo singularizó entre todos los gatos del jardín.
Finalmente, cuando los cuatro tenían alrededor de dos meses comenzaron a acercárseme por su cuenta para que les diera de comer. Trozos de salchicha, pedazos de jamón, qué sé yo, que siempre me las he ingeniado para lograr que los gatos se me acerquen y pasarles la mano sobre el delicado pelaje. Ariscos en diversos grados, algunos se dejan y hasta ronronean, otros pegan un salto y hacen el peculiar ruido con el que enfrentan a sus enemigos.
El gatito barcino y de zarpas grandes tenía unos diseños circulares en los costados del cuerpo. Comencé llamándolo One por aquel raro ojo de un azul profundo, y cuando me di cuenta ya el nombre había crecido hasta llegar a ser Obi One Kenobi. Quién sabe qué relación le encontré, no con el personaje de Star Wars así llamado, sino más bien con el lado cristalino de la fuerza.
Antes de cumplir un año desapareció del mapa y pensé que se habría ido detrás de alguna gata en celo, lo eché de menos pero me consolaba pensando en que andaría por ahí en plan de conquistador. Todavía no había alcanzado su tamaño de adulto. Era un gato joven y de cuerpo grácil al que salía a llamar de noche para ver si regresaba.
Nacieron otros gatos, se fueron algunos, otros se quedaron. Los más gentiles hallaron casa, y la vida siguió. Hace un par de años, por la noche, descubrí entre el follaje del jardín a un gato hermosísimo que no pertenecía a la mancha que vivía entonces destrozando lo que el jardinero se empeñaba en arreglar. Salió de entre las sombras, se empezó a frotar contra mis piernas y el corazón comenzó a saltarme cuando me di cuenta de que era el Obi One Kenobi.
Tenía una cabeza ancha, un cuerpo respetable de gato maduro, en su plenitud. Comprendí que vendría de alguna casa vecina donde debieron haberlo recibido con gran cariño a juzgar por sus proporciones de animalito cuidado y alimentado. Corrí a buscar algo para darle de comer y se quedó un rato visitándome en silencio. Luego atravesó las rejas del portón y se fue de regreso a casa.
Volvió muchas otras veces y si al principio me hice la ilusión de que era por mí, pude darme cuenta de las barbaridades que hacía en el jardín, en las puertas de la casa, que amanecían laqueadas de orina pestilente, y sobre todo, por los escándalos nocturnos de apareamiento con las gatas que andaban en brama.
Un mediodía se me acercaba insistentemente lloriqueando y pude cargarlo y pasarle la mano por el pelaje para advertir si estaba lastimado. Le encontré una garrapata inmensa y resistió calmado los tirones que le di para sacarle el bicho. Desde entonces se volvió más cariñoso y pasaba largas temporadas en el jardín, aun sin el interés del apareo. De pronto desaparecía entre la cerrazón de la noche. Tenía el corazón dividido entre dos casas. Yo sabía un poco más de su historia que sus otros dueños.
En semanas pasadas determiné llevarlo al veterinario y hacerlo esterilizar para evitarle peligros, pero no hallé el tiempo para hacerlo. Hay cosas de las que uno se arrepiente luego, cuando ya no hay remedio.
Los otros dueños van a esperar ahora, sin éxito, que regrese más flaco, con arañazos y mordiscos a causa de los pleitos por una gata y no sabrán qué habrá pasado, por qué el gato no regresa por su carne, por sus caricias. Yo sí sé lo que sucede cuando un gato, por más hermoso y querido que sea, se encuentra sin esperarlo con un carro que aparece de improviso en la noche.
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