Hay escritores que se sienten como peces en el agua haciendo vida social, tanto que no pueden vivir sin las tablas, los reflectores, las entrevistas, las conferencias y, sobre todo, sin los halagos. Hay otros, que actúan de manera totalmente opuesta, odian el protagonismo, odian las mundanidades, nadie los ha visto deambular en los círculos literarios, ni en los platós de televisión, ni en los estudios de radio; no conceden entrevistas ni permiten que los fotografíen; no existen fuera de sus libros. Los primeros, por supuesto, son la inmensa mayoría; los últimos, son rarísimos. Recordemos, por ejemplo a B. Traven, que vivió refundido en el sur de México hasta el fin de sus días; sus novelas circulaban y se vendían muy bien en todo el mundo, pero de él no se sabía prácticamente nada, y lo que se sabía era pura especulación. De Thomas Pynchon, autor del revolucionario Arcoíris de la gravedad, sólo se conoce una foto, que muestra a un Pynchon dientudo, casi adolescente. En Francia, a lo largo del siglo veinte, hubo algunos ermitas extraordinarios, que hoy, en la era de la globalización e hipermercantilización de la cultura, resultaría impensable que pudiesen existir. Pienso en Henri Michaux, en Maurice Blanchot, en Julien Graq, en Samuel Beckett, quienes fueron radicales en ese aspecto. Cioran, otro bípedo de la misma especie, sólo concedió unas pocas entrevistas en su vida, y todas eran publicadas en revista extranjeras que circulaban fuera de Francia y de la lengua francesa. Georges Hyvernaud, “el más ligero de los grandes escritores franceses”, como lo llamó lúcidamente un crítico, es un caso ejemplar de aislamiento, pues, hasta hoy, su nombre no existe en los manuales de literatura francesa, solamente en la curiosidad de ciertos lectores insatisfechos, ésos que buscan más allá del gusto que impone el canon literario del momento. Pero, en mi opinión, el caso más radical de estos autores que han rechazado la fama y el contacto con los lectores, ha sido el enclaustrado de New Hampshire, quien pronto hubiera cumplido seis décadas de vivir recluido en el noreste de Estados Unidos, atrincherado contra los críticos, los aficionados, los curiosos, los biógrafos y esas hienas, cuya carroña es la vida privada de las celebridades que son los paparazzi.
El cazador solitario
Este personaje, conocido en el mundo literario como J. D. Salinger, fue el autor de algunos libros que marcaron, por su vitalismo exacerbado y su originalidad, la literatura del siglo veinte, sobre todo, la el archiconocida novela The Catcher in the Rye, traducida al español como El Guardián entre el Centeno (1951), cuyo protagonista, Holden Caulfierld, es un adolescente de dieciséis años que, a causa de un desbalance entre su experiencia vital y su madurez intelectual, se convierte prematuramente en un escéptico y padece a flor de piel el mal de vivir.
Al igual que en el rock and roll, la juventud de los años cincuenta descubrió en este libro un personaje y, sobre todo, un lenguaje con los que podía identificarse plenamente. Es por esta época cuando en la jerga sociológica y psicológica se acuña el concepto de “conflicto de generaciones”; la juventud ya no ve con ojos respetuosos y obedientes el mundo de sus mayores; desconfía de éste, y empieza a elaborar y asumir sus propias conductas sociales, sus gustos, sus mitologías, y en especial (es aquí donde se encuentra el gran hallazgo de Salinger), su propio lenguaje. A partir de entonces, se han publicado decenas de millones de ejemplares de esta novela, y las ediciones se suceden todavía hoy en todas las lenguas modernas.
El hombre que describía de una manera tan viva la personalidad de un adolescente, y lo hacía expresarse con un lenguaje propio de su edad, tenía, sin embargo, al publicarse el libro, cuarenta años. Esa proeza era, por lo tanto, producto del oficio de un virtuoso manipulador de la lengua, tanto como una demostración de maestría en el manejo de las más modernas técnicas narrativas. No se trataba, pues, de un fenómeno de precocidad literaria, sino de una consecuencia, el resultado de una búsqueda; la búsqueda de un lenguaje personal.
Esta evolución había comenzado entre las páginas de la famosa revista New Yorker, en donde Salinger publicó durante décadas las pequeñas obras maestras que, más tarde formarían el volumen Nueve cuentos. Ahí, en todas estas narraciones, estaba, ya en gestación, el cuerpo literario que luego se desarrollaría en su narrativa extensa. Viéndola en su conjunto, su obra podría tomarse como variaciones sobre algunas ideas recurrentes en el imaginario del autor, pues, desde esos cuentos primerizos hasta sus últimas novelas Salinger dotará a sus personajes con rasgos psicológicos y circunstancias vitales y anecdóticas muy similares; tanto es así que el lector tiene la impresión de que el autor estuviera recurriendo una y otra vez a su propia biografía.
Novelas de iniciación
Algo que no deja de sorprender es que, hasta el día de hoy, los adolescentes de todo el mundo sigan leyendo El Guardián entre el Centeno con una pasión semejante a la que experimentaron sus padres, y hasta sus propios abuelos. La novela ha superado tres generaciones sin envejecer. Esto lo he podido comprobar en clase, con mis alumnos de literatura, adolescentes de ambos sexos. Desde que empiezan a leer la novela, quedan tan deslumbrados que no se detienen sino hasta la última página. Y eso que la personalidad del protagonista no es tan simpática que digamos; en realidad, resulta todo lo contrario, Holden Caulfield es un auténtico latoso: criticón, extremista, egocéntrico, inestable, depresivo y bastante neurótico; pero al mismo tiempo es lúcido, tierno, inteligente, mordaz y con mucho sentido del humor. Supongo que estos rasgos de su personalidad, a menudo tan extremos, vuelven creíble, verosímil, el personaje a los ojos de sus jóvenes lectores, y eso termina por seducirlos completamente.
En castellano existe una novela que, por su maestría, podría comprarse a El Guardián entre el Centeno; es De Perfil, del mexicano José Agustín. Resulta evidente la influencia que tuvo Salinger no sólo sobre Agustín, sino también sobre toda esa generación de jóvenes narradores mexicanos de mediados de los años sesenta del siglo XX, que se conoce como Literatura de la Onda. Ambas novelas tienen varios puntos en común; pero sobre todo, ambas son dos obras maestras, cada cual en su lengua, dentro de esa sub-rama de la novela, a menudo vista con cierto desdén por la crítica académica, llamada “Literatura de Iniciación”, o bien “Literatura de Aprendizaje”, es decir de aprendizaje de vida, donde los personajes principales son jóvenes que realizan su inserción social y vital por medio de una serie de experiencias y situaciones. En francés hay no pocas obras, ya canónicas en este aspecto; podrían citarse como ejemplo, La Educación sentimental, de Flaubert, El Gran Maulnes, de Alain Fournier, o La Consagración de la Primavera, de Claude Simon; en alemán, Las tribulaciones del joven Törless, de Roibert Musil. En castellano la lista es pobre, y las obras tampoco llegan a alcanzar un nivel similar al de De Perfil.
A partir de los años sesenta, Salinger decidió cortar radicalmente con su entorno y enclaustrarse en su casa de campo. A partir de entonces no volvió a publicar nada. Lo cual no significa que hubiera dejado de escribir. En un controvertido libro escrito por su hija, ésta afirma que Salinger continuó produciendo. Esperemos que ahora, cuando ya Salinger está totalmente liberado del trato con sus semejantes, cuando ya no lo persiguen fotógrafos abusivos, ni biógrafos oportunistas, ni fanáticos enardecidos, se descubran algunas joyas más entre los papeles íntimos de este solitario airado que, con el tiempo, se fue confundiendo con sus personajes complicados y sufrientes, hasta convertirse en otra anécdota más de su propia obra.
¿Y si antes de morir hubiera decidido quemar todos sus manuscritos inéditos?
Sería como despedirse a su manera, como decirnos adiós en un estilo muy suyo.
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