Tarzán Pecosa le digo a mi ahijada. Tardó casi diez años en llegar a mi familia y un nanosegundo para ser parte de nosotros. Ligera y ágil. Rápida y pecosa. Lúcida y alegre, Cristi. Llegó hace once años a nuestras vidas y junto a ella aprendimos que la familia son los vínculos que se sienten y no la biología. La recibimos en un hogar de alegría, desbordado de cariños y cuidados. Nunca he visto a una niña más feliz al calzar zapatos. Con un orgullo casi absoluto, se los mostraba a todo aquel que se le ponía enfrente, los señalaba y decía “apa, apa” con una sonrisa que enamoraba a cualquiera y una mirada de vitalidad que invitaba a vivir al más triste.
Me encanta sentir y constatar cómo aquella pequeña que venía de mundos lejanos se ha convertido en una niña alegre, que mira, habla, camina, siente y sueña como guatemalteca. El mundo de mi ahijada lo sentí siempre cándido e ingenuo. Acaso alejado del caos. Por ello los encuentros siempre fueron ajenos a las injusticias y demás pesares del mundo, todo, hasta hace unos días.
Al saludarnos siempre va el saludo de la camaradería propia de quienes pertenecen a la misma cuadrilla. Nos estábamos divirtiendo al observar cómo salía el agua shuca de nuestras manos con tierra y juegos, al lavarlas. Tarzán Pecosa me contaba de sus clases y me mostraba unas estrellitas como nuevo detalle de su habitación, cuando me dijo: “Marce, viste que mataron a un señor por robarle su laptop, después de matarlo, todavía le metieron 11 balazos”, dijo con sus ojitos de gato y preocupados.
Un balde de agua fría en medio del calor y los juegos. No supe si hacerle porras a Guatemala o quedarme callada, opté por lo segundo. Hay que vivir en Guatemala para pasar de hablar de los palazos de las piñatas y el olor a pino a los 11 balazos por una laptop. De la celebración de la vida a los inhumanos asesinatos, al irrespeto por la vida. Al surrealismo puro.
Aunque la violencia es el pan diario de muchos niños en Guatemala, aunque ya está normalizada en su manera de ver y estar en el mundo, no podemos seguir dando esa atmósfera a los niños. Lo que la sociedad dé a los niños, ellos la darán a su sociedad, ¿qué es lo que estamos depositando en la mente y en el corazón de la niñez guatemalteca?
Todos los niños tienen derecho a ser niños. Es decir, hablar y soñar. A crecer en un país sano. Derecho a crecer libremente alejados del temible fantasma de la violencia. A ellos no les pertenece hablar de asesinatos y robos. Les toca (ahora) jugar y vivir plenamente la niñez.
Todas las manitas merecen cariño y ternura. No queremos darles a nuestros ahijados ni a ningún niño un estado criminal. Ni una guerra entre hermanos. Ni los 17 asesinatos diarios.
¿Cómo se puede ser feliz en una sociedad que no nos da tranquilidad?, ¿cómo darle sentido a nuestras vidas en medio de un entorno social que nos anula?, ¿se puede ser uno mismo en un mundo de otros?, ¿cómo hacemos para constituirnos como una sociedad limpia y alegre de espíritu?
A la edad de mi sobrina, una monja amiga del colegio en el que estudié y el que no mencionaré. Monte María. Me dio esta consigna de una monja de la orden de Maryknoll, a quien asesinaron en El Salvador en los años ochenta, Ita Ford. Es una especie de mantra que me ha acompañado y hoy se la quiero dar a Tarzán Pecosa, también a todos los niños (que pronto dejarán de serlo): “espero que llegues a encontrar eso que le da un significado profundo a tu vida, algo por lo que merezca la pena vivir, algo incluso, por lo que merezca la pena morir. Algo que te llene de energía y te haga brillar. Algo que te llene de entusiasmo y te empuje a seguir adelante”.
Que ni un solo niño más crezca en un ambiente de guerra. Ni las balas ni el hambre. Ni las injusticias, ni el fantasma de la violencia en la boca de los que ahora deben jugar. Que nos acompañe la irrenunciable esperanza porque mañana sea un día de paz en tus manos, a ti, ojitos de gato y sonrisa de vida, Tarzán Pecosa.
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