¿Cómo es posible que los seres humanos seamos tan iguales y al mismo tiempo tan diferentes? Es lo que me pregunto cuando veo algún documental acerca de esos pueblos lejanos que están apenas a la vuelta de un botón en el mando del televisor.
Hago la cuenta de los días que pernoctamos en el planeta y me molesta pensar que seguramente jamás viviré en el estrecho de Magallanes, ni en las islas Maldivas, ni en el reino de Saba en Yemén, que nunca visitaré las verdes planicies de Mongolia, ni las impresionantes costas de Noruega, ni las cumbres del Kilimanjaro, que tampoco degustaré las famosas sopas de Lang Son, en Vietnam, ni veré la belleza de las mujeres de San Petesburgo, en Rusia, ni aprenderé a hablar el swahili o el griego, y que no me dará tiempo para conocer los cafés y fumaderos de Pondichéry, en India, ni las calles de New York, y que al final de cuentas, tal vez ni siquiera llegue a recorrer la carretera que conduce a la laguna del Tigre, en el Petén, porque algún tarado sin escrúpulos se me atravesará por el camino y me zampará tres plomazos tan sólo porque no le di todo mi dinero o porque no le gustó mi jeta de extranjero.
En fin, el hecho es que el mundo es tan variado y complejo, tan rico y sorprendente, que sería una idiotez suponer que ésta, la nuestra, sea o deba ser la única vivencia posible. No se trata de ponernos por debajo o por encima de ningún paisaje, costumbre o pueblo, ni de creernos mejor o peor que nadie en el universo, sino de abrirnos a la experiencia de otras culturas y sensibilidades y a la multiplicidad de sus expresiones. Porque sólo en contacto con los infinitos rostros de la realidad es que iremos aprendiendo unos de otros y podremos llegar a darle brillo natural a nuestra propia belleza.
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