“Es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia…”. Shakespeare
Los discursos quedan prohibidos. También los expedientes, la propaganda y las inauguraciones. Romper estas normas se castigará con la pena de muerte. A veces me despierto en la madrugada y me pongo a repetir ideas extravagantes como si fuera un orate. Oigo un murmullo y no es más que mi propia voz que susurra en el delirio del insomnio. Se me ocurre que este país podría funcionar mucho mejor si tan solo tomáramos algunas medidas elementales e inmediatas, como esa de prohibir los discursos, una de las mayores causas de nuestros males. Pero no, no es así como debiera plantearse; suena a dictadura y de eso ya hemos tenido bastante. Digamos que a partir de hoy tendremos la sensatez de obviar los discursos. También las declaraciones de los funcionarios. Por inútiles. Sin duda es más provechosa la lengua de los sapos.
El palabrerío distrae el tiempo de los ciudadanos y el de las personas a quienes les pagamos para que solucionen nuestros graves problemas. Los ciudadanos tienen cosas más importantes qué hacer que estar escuchando banalidades, incoherencias y estupideces. Y como se ve, la habladera no deja pensar a los funcionarios. Todo esto, claro está, no iría en contra de la libertad de expresión. Bastaría que cuando tuvieran algo qué decir —verdaderamente algo qué decir—, lo hicieran de manera breve y concisa. De manera que las palabras recuperaran su sentido y su profundidad primigenios.
Cuánto ahorraríamos si tuviéramos el sentido común de abandonar la onerosa costumbre de abrir expedientes; esos rimeros de papeles apretados en sobres de papel manila, condenados al polvo y el olvido. No harían falta los expedientes porque los asuntos se resolverían de inmediato. Por ejemplo, si la maestra de la escuela Tito Monterroso solicita una caja de lápices número 12 para sus alumnos, el 2 de enero (en ese día empezarían las clases), bastaría con que enviara un mensaje electrónico. El encargado de la bodega vería rápidamente en su base de datos que, en efecto, el Ministerio de Educación ha pensado (previsor, como siempre) en que sería bueno que los niños de esa escuela tuvieran lápices, y ha autorizado (desde noviembre del año anterior) no una sino dos cajas de lápices para dicha escuela. De manera que al día siguiente, a las 8:03 de la mañana, la maestra de la Tito Monterroso tendría sus cajas de lápices en la mano. Aunque quizá eso no sería necesario ya que todo lo ahorrado al prohibir los expedientes (y los discursos y la propaganda) se invertiría en el bienestar de los ciudadanos. Las escuelas abandonarían el difuso territorio de los discursos y se materializarían en la realidad. Y tres meses antes de iniciar las clases tendrían ya todo lo necesario, incluyendo el lujo del techo, las paredes y el piso, sin necesidad de requerimiento alguno.
La propaganda y las inauguraciones quedarían en el pasado como rémoras que nos impedían el desarrollo y nos drenaban el erario. La propaganda, disfrazada de información —que tanto beneficia a los cuates—, no tendría lugar en un Gobierno apenas inteligente para comprender la inutilidad de esos aspavientos. Así que el campo de tierra apisonada y marcos de tubo en los extremos, construido en esa nada remota aldea de Alta Verapaz, empezaría a funcionar cuando terminen los trabajos. Es decir, cuando la grama crezca, el herrero termine de colocar los tubos y el albañil de borrar el rótulo que dice “Gobierno de…”, todo a un costo de 34,623.72 quetzalitos (aunque en libros aparezca que costó Q. 72,326.34) y cuando un patojo le dé la primera patada a una pelota. No hará falta que llegue el alcalde, ni el presidente y su alegre comitiva con todo y helicóptero a inaugurar el campo —que los funcionarios insistirán en llamar Centro Polideportivo—; mucho menos que, previa la llegada del aparato de comunicación con micrófonos, altoparlantes y tarima, aparezca el safari de la seguridad. Un viaje que costaría 109,993.56 quetzales. Vivimos en un país fantástico. Quizá por eso, a veces me despierto en la madrugada y me pongo a imaginar propuestas delirantes. Para divertirme, nada más.
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