Muchas veces durante los fascinantes años de la infancia se escuchaba entre amigos la obligada y diaria conversación: “atrévete” y la misma magnífica respuesta: “¿quién dijo miedo?”. El reto es demostrar cuán temeraria es una persona para saltar desde la terraza, brincar con la bicicleta o simplemente quién llegaba antes a la tienda. Así con ilusión se descubren con errores y aciertos las virtudes y defectos de aquellos que nos rodean. Estos pequeños momentos habrían marcado la actitud ante los retos del espíritu emprendedor humano y la construcción de los conocimientos que dan solución a problemas que pueden parecer imposibles de afrontar.
El tiempo continúa su marcha y lo que eran juegos se convierten paulatinamente en proyectos de inversión, consultorías, decisiones sobre qué sembrar o reuniones en imponentes edificios de oficinas. Pero aquel espíritu emprendedor sigue intacto, invisible y escondido en el traje, sombrero o uniforme de oficina. La teoría económica ha intentado dar respuesta a la interrogante de cuál es el ambiente propicio para que los emprendedores desarrollen sus capacidades. La evidencia es contundente, el mejor sistema que se conoce hasta ahora es el que propicia la sana competencia.
Es un hecho que muchos políticos, tecnócratas y sociedad civil alrededor del mundo reconocen que es precisamente un ambiente de sana competencia el que maximiza el espíritu emprendedor. Curiosamente este ambiente brinda algunas soluciones a los problemas socioeconómicos que entorpecen nuestras capacidades productivas. Tal es la importancia de la competencia, que las economías desarrolladas son las que mayores esfuerzos realizan en proteger las capacidades de sus ciudadanos. No es de sorprenderse por qué EE.UU. y la Unión Europea sean notablemente estrictos para sancionar prácticas monopolísticas. Por ejemplo, los estadounidenses no tuvieron mayor reparo en dividir a la que fuera la empresa de telecomunicaciones más grande hasta los años ochenta. Mientras, los europeos han impuesto fuertes multas a la empresa más grande en sistemas operativos de computación.
En este sentido, la Constitución Política de la República de Guatemala en el Artículo 130 prohíbe los monopolios. Aún cuando el tema permaneció en el olvido, debe ser tomado con seriedad cuando se invocan los necesarios cambios estructurales. Las mediciones de la Encuesta Empresarial de ASIES confirman que son los empresarios los que demandan una ley en protección de la competencia: el 80 por ciento de ellos considera indispensable que se regulen las actividades que entorpecen la competencia y así estimulen su espíritu emprendedor, aquel que implícitamente habita en las personas desde los juegos infantiles. La importancia que tendría en la micro y pequeña empresa sería vital para la generación de empleo, ya que según el DINEL representan el 95 por ciento de las firmas nacionales.
En este sentido, la mayoría de empresarios prefiere tener un sistema competitivo que indique con claridad las reglas del juego y mitigue los efectos negativos que devienen en un sistema de concentración en las actividades productivas y por definición, de gran incertidumbre para la gran mayoría. De esta manera, cuando ASIES preguntó a los empresarios sobre la importancia de que ellos compitan en el mercado, la respuesta fue contundente: ¿quién dijo miedo?, tal como aquella fascinante frase de la infancia ante los retos venideros. De esta manera, es necesaria una ley que defienda la competencia en la estructura económica guatemalteca y esta debe ser implementada para mejorar el futuro de nuestra pequeña gran nación.
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