En lavitrina de una librería del Centro Histórico está pegada, con masking tape, una foto del actual Rector de la Universidad de San Carlos, Estuardo Gálvez, quien pretende reelegirse como autoridad de esa casa de estudios.
El retrato del abogado que desde hace un lustro maneja por mandato constitucional un 5 por ciento de los ingresos ordinarios de la Nación –lo cual sólo el año pasado se tradujo en Q1,180 millones– parece sonreír con cinismo a los transeúntes, en su gran mayoría, ajenos al proselitismo académico.
La campaña electoral por la Rectoría de la Usac está en las últimas y al mejor estilo de los comicios de la nueva era del “marketing político”, donde vale el oropel y no la sustancia, sobre el campus de la Tricentenaria están lloviendo los billetes, y a torrentes.
Dicen que para aspirar a tener éxito en una contienda por la Rectoría de la Usac hay que “invertir” alrededor de Q4 millones. (Hay quienes aseguran que la campaña de reelección está costando alrededor de Q30 millones, lo cual francamente me parece exagerado, aunque quién quita… ¡aquí se ha visto a presidentes y ministros endosar cheques de siete y ocho cifras!)
Lo cierto es que hay dos candidatos derrochando cantidades extravagantes en la Usac: el Rector Gálvez y su competidor más cercano, el zootecnista, Carlos René Sierra.
Cuentan los sancarlistas que ambos personajes ofrecen, por ejemplo, churrascos para 30,000 estudiantes, fiestas en el interior del país con guapas edecanes, conciertos con grupos como Malacates Trébol Shop y suntuosos regalos, de esos que más parecen sobornos, como viajes a todo trapo por el mundo.
Sólo por eso los dos candidatos, con ínfulas de millonetas, deberían quedar descalificados de entrada sin importar lo que hayan hecho o lo que prometan.
El Ministro de Finanzas, Juan Alberto Fuentes, señalaba el otro día en una conferencia académica que nuestro país tiene el reto de investigar y llevar ante la justicia a aquellos que ostentan una riqueza inexplicable.
Bueno, estas campañas en la Usac forman parte de esa categoría. Igual que los excesos de los grandes señores del narcotráfico, los derroches de los candidatos a Rector son inexplicables –e intolerables– si se consideran desde la óptica de la ética más elemental.
¿Quién paga esas campañas? Ni los profesores ni los administrativos ni los investigadores de una universidad guatemalteca tienen salarios que puedan costear aventuras políticas de ese calibre. De hecho, fuentes de la Usac aseguran que el salario del Rector oscila entre Q25 mil y Q40 mil, más carro, gasolina y gastos de representación que supuestamente no duplican el sueldo nominal.
¿Cómo entender entonces que los candidatos se tiren excesos dignos de Calígula? Fácil: o hay compromisos para asignar a dedo los contratos de la Usac o hay acuerdos políticos que pueden tasarse en oro. Hablo aquí de la participación de las universidades en la designación de posiciones claves, como las magistraturas de la Corte Suprema, la Fiscalía General, la Contraloría de Cuentas y hasta el Directorio de la SAT. Es probable incluso que haya de los dos tipos de tráfico de influencias: para los negocios y el poder.
Los contribuyentes deberíamos exigir una rendición de cuentas más detallada del presupuesto de la Usac, que igual que la CDAG, recibe bastante más dinero que el Ministerio Público o el Organismo Judicial. No puede usarse dinero público para comprar voluntades y garantizar impunidad.
De igual forma, urge que la sociedad en pleno, y en especial la comunidad universitaria, clame por el retorno de la decencia a la Usac. ¿Qué planta de AEU mira calladita cómo danzan los millones en su propia nariz?
Hay una campaña modesta ahora en la contienda por la Rectoría. Irónicamente, la encabeza el candidato con mejores credenciales académicas y con una trayectoria de vida honorable: el economista Eduardo Velásquez, colega de este diario. No quiero pensar en lo que dice sobre nosotros, sobre los jóvenes, sobre el futuro, que él pueda perder las elecciones. Yo no lo quiero creer, pero seguro el afiche de la vitrina se está riendo a carcajadas.
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