La ignorancia engendra la peor de las violencias: la que brota del fanatismo y del dogmatismo. Y puede ser un mecanismo fascista.
…yde la triste relación entre el fascismo y las reformas oligárquicas.
Me he quedado boquiabierto al enterarme de que hay profesores universitarios de ciencias sociales que les enseñan a sus alumnos que, según Marx, el socialismo y el comunismo son la misma cosa y que ambos equivalen a un régimen en el que el Estado, después de expropiar la propiedad privada de todos y planificar la economía a su antojo, le paga al cirujano, al astronauta, al obrero y al conserje el mismo salario por tan diferentes trabajos, para que haya “igualdad”. Sólo la ignorancia más burda puede pergeñar semejante estupidez, y sólo el cinismo es capaz de vendérsela a la juventud como una verdad “científica”. Porque se necesita ser muy ignorante o vivir muy confiado en la ignorancia ajena para asegurar que el Estado socialista se propone ser como una empresa que le paga a la ciudadanía lo que le da la gana y como le da la gana.
La ignorancia engendra la peor de las violencias: la que brota del fanatismo y el dogmatismo. Y cuando esto se divulga como enseñanza “científica” para derivar de ello una ideología política, estamos frente a un mecanismo fascista de movilización de masas a partir de la manipulación de su ignorancia.
Marx concibió el socialismo como la primera etapa (muy prolongada en el tiempo) para empezar a avanzar hacia la utopía comunista de una sociedad sin trabajo enajenado ni explotación y, por ello, sin clases y sin Estado. El socialismo, empero, es un régimen autoritario en una sociedad desigual e injusta debido en gran medida a que sigue funcionando según las normas del capitalismo, pues el socialismo no puede alcanzar su plenitud si no es como sistema económico y político mundial. En un solo país, el socialismo debe adecuar su estructura a sus relaciones con el resto de países que no son socialistas sino capitalistas. Así se desarrolla su etapa inicial.
En ella, el Estado es autoritario y clasista como en el capitalismo, sólo que ahora es clasista a favor de la clase trabajadora y no de la propietaria de los medios de producción. Las empresas siguen funcionando, con la diferencia de que ahora sus dueños son sus propios trabajadores. Y en esa calidad se relacionan con otros dueños y otras empresas. Mientras tanto, el Estado garantiza la vigencia de la igualdad de oportunidades (no de logros) en una economía planificada en la que el gobierno no es empleador, sino garante de las condiciones justas para el ejercicio del trabajo. ¿Que los ensayos que el socialismo real puso en práctica para alcanzar esto fracasaron? Así fue. Y valdría la pena elucidar hasta qué punto esto es responsabilidad de Marx y hasta dónde lo es de los dirigentes socialistas. Como valdría la pena establecer, hasta qué punto el caos en el que el capitalismo tiene sumido al mundo se debe a sus teóricos clásicos o a sus oligarquías monopolistas transnacionales. Este es un problema digno de abordar.
Pero dialogar con quienes esgrimen nociones absurdas como la que le endilga a Marx una concepción del Estado como monopolio, equivale a protagonizar un bizantino intercambio intelectual con “ignorantes enciclopédicos”, más cercanos al nervioso y miope Groucho que al apacible y visionario Karl.
Para analizar cómo la oligarquía manipula esta ignorancia para hacer avanzar sus reformas legalistas, los invito al conversatorio que sobre “Reformas oligárquicas” realizará mañana el Grupo Intergeneracional en el Paraninfo Universitario a las 18:30 horas, con la participación de Víctor Hugo Godoy, Amílcar Méndez, Jorge Santos y Mónica Mazariegos. Asistan. La cosa se va a poner buena.
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