¡No, no estoy de acuerdo!, se escucha por todos lados. Lo patológico es que ¡no sabemos ni por qué ni cuál es el desacuerdo! Todos experimentamos lo mismo. El espíritu de discordia nunca ha sido como ahora. ¿Será por los males infinitos que aquejan al país? Los guatemaltecos no lo sabemos ni nos importa, solo negándonos así, mutuamente, podemos vivir entre el sueño del despertar para que la realidad nos despierte. ¿Tenía razón Borges, que se pasó toda su vida impugnando, diciendo que la realidad no existe? Si, probablemente eso le permitió vivir mejor. En Guatemala, nunca nos hemos sentido cómodos porque tenemos una enorme facilidad para captar lo peor, una realidad que no existe mas allá de nosotros, que todos creamos día a día y por eso decimos, como lo comprueba la verdad a medias de las encuestas: vivimos una realidad peor que la de ayer y mañana será aún peor. La realidad no importa sino su percepción personal.
Yo vivo harto ya de vivir ‘excesos de realidad’. Esa que nos despierta y se confirma ante la irrenunciable rutina de leer la prensa o al hablar con algún amigo y que a veces me hace pensar que Borges tenía razón, porque las cosas ocurren siempre con excesos, una realidad exagerada que se vuelve habitual, que no debiera ser así, porque está de manera elemental contra la lógica de las cosas como: un director de la Policía (y delincuente), sometido a juicio por el robo de US$300 mil. ¿Por qué el que debe protegernos nos agrede así? Y, culpable, se protege con un selecto grupo de abogados.
Un suicida como Rosenberg aprovecha su crimen para hacer política ¿Por qué dañar con la muerte la vida pública que ya no va a vivir?
Un alto funcionario que está a la cabeza del más alto sitio donde la justicia se imparte, electo con esperanzas, se va a descansar después de un mes de trabajo, y dilapida lo que no tenemos: dineros y confianzas. Solo con la denuncia pública debió renunciar avergonzado. ¿Será que ya no sabemos mirar la realidad de frente?
Un escandaloso robo de armas ocurre justamente en el sitio donde es imposible que esto ocurra: en el depósito de armas mejor guardado que el Ejército tiene para defender lo que ya casi no tenemos: soberanía nacional. Se las robaron pasando por cinco niveles jerárquicos, ¿cómo?, y para que las usen los que más daño le están haciendo a la sociedad, los narcocriminales. Con la sola denuncia pública, era suficiente para que el Ministro de la Defensa anunciara la destitución a los oficiales responsables, juzgarlos a partir de la cadena de mando, deshonrarlos por el doble daño: robar y armar al crimen.
Los responsables de una de las más infernales matanzas habidas en esta sociedad dantesca, Las Dos Erres, que ya fueron identificados en un juicio que se demoró más de dos décadas, no pueden ser capturados. Y así, todos los días, una realidad múltiple, oscura, desgarradora, a la que el ánimo sólo puede ser indiferente porque tal vez en el fondo pensamos que la realidad no existe.
Sí, exceso de realidad que se acumula en el sueño de la existencia diaria. Son muchas las mañanas, ciertamente, en que uno se levanta con la sensación de estar de cabeza, de que todo es al revés. Me ocurrió hace algunos días en que vi en la prensa la bandera nacional invertida en un edificio público. Sentí que no fue un descuido del funcionario y que él no estaba equivocado. Yo la vi bien puesta, derecha, era yo el que estaba al revés. Ya no sabemos mirar la realidad de frente. ¿Es que se ha extinguido la confianza mínima o es el país el que se está extinguiendo? Reclamo la necesidad de no dejarse vencer. Pero Guatemala duele. Es esta una realidad que duele en primera persona.
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