En el Centro de Orientación Femenina, viven 14 niños cumpliendo las penas de sus madres. Algunos de ellos, no conocen vida más allá de la cárcel.
Jacqueline va a cumplir cuatro años y no conoce otro sitio más que la prisión. Fue engendrada allí y allí ha vivido, cobijada por su madre y en la compañía de los hijos de otras reclusas. Y ama su vida así: por la mañana ir a la guardería repleta de colores y escuchar un cuento o bailar la canción de los sapitos con sus amigos. Por la tarde: comer las gelatinas rellenas de frutas que les prepara doña Carmen y después dormir una siesta en el salón de cunas que tiene cortinas de Winnie de Pooh. Su vida no es mala, a pesar de estar reclusa y de no salir nunca de la cárcel. De hecho, a Jacqueline le da miedo cualquier otro sitio que no sea la prisión. Salió una vez, el año pasado. Su tía fue a traerla para ir a ver las “Luces Campero”. Volvió a las once de la noche, con hambre, frío y fiebre. Al día siguiente abrazó a su madre y le pidió algo: “prometeme que nunca más me vas a dejar salir”. Su mamá, Silvia, no va a poder cumplir su promesa. La niña va a salir muy pronto y para no volver. Cumple cuatro años y las reglas del Centro de Orientación Femenina (COF) no permiten que viva después de esa edad en prisión. Debe conocer el mundo, interactuar en libertad.
Como Jacqueline hay 13 niños más, que viven presos pagando las penas de sus madres en el COF. Y, aunque adentro hacen todo lo posible para que los pequeños crezcan sanos y felices, el presidio no es un buen sitio para pasar la infancia. Por eso a los cuatro años deben marcharse, “antes de los cuatro años no se dan cuenta de qué está pasando, no son muy conscientes de la situación pero después sí, por eso no pueden seguir recluidos”, cuenta Leída Juárez, jefa de comunicación del sistema penitenciario.
Empiezan a darse cuenta de muchas cosas: de por qué su madre está allí, o qué fue lo que hizo la mujer de al lado para tener que pasar el resto de su vida encerrada. “¿Por qué le quitaste el celular a mi mamá?”, preguntó enojado Wagner, un pequeño y travieso niño de 2 años, a la directora del centro. ¿Qué responderle? “desde la cárcel se hacen extorsiones y se manda a matar a personas, por eso no puede tenerlo”, sería una respuesta demasiado dura, pero cualquier otra sería mentira.
“Hay muchas mujeres lesbianas y ellos están viendo eso. Además, los ponen a esconder cosas o a mentir”, explica Juárez. Durante una requisa, qué mejor sitio para guardar droga que los zapatitos de un bebé.
“Los primeros cinco años en la vida del niño son fundamentales”, explica Sara Pereira, psicóloga infantil, “se forma la base de su personalidad y necesitan tener un apego seguro con su madre, eso les ayuda a enfrentar situaciones más adelante y le da fuerza a su ego. Las condiciones no son las óptimas, pero aunque estén presos, si la madre tiene las cualidades necesarias, pueden desarrollarse bien”, agrega.
Silvia está consciente de una cosa: no hay un mejor lugar para Jacqueline que al lado de su madre, “nadie la va a querer como la quiero yo, ella es mi vida”, dice mientras sus achinados ojos empiezan a aguarse. Las líneas negras que ha dibujado bajo sus párpados se han convertido en una mancha que le deja el rostro ennegrecido, “yo no puedo vivir sin ella”, recalca limpiándose la cara con el reverso de la palma.
A Silvia le faltan 4 años más de prisión, está recluida desde 2001. En 2006 nació Jacqueline, Silvia salió únicamente para ir al hospital Roosevelt y dar a luz. Volvió con una niña rubia y de enormes ojos café que se ha convertido en su única alegría. Fuera del COF Silvia no tiene a nadie, salvo la hermana que llevó a la niña a ver las “Luces Campero”. Cuando la obliguen a que la pequeña se vaya, no sabe qué va a hacer, no se le ocurre un sitio donde Jacqueline puede estar feliz.
“Ellas dos son muy unidas”, cuenta una de las celadoras, “el día que Silvia se desmayó Jacqueline no dejaba de llorar, me suplicaba que la salvara, le gritaba “mami no me dejés, no me dejés”. El padre de Jacqueline también guarda prisión.
El cuarto donde duermen Silvia y Jacqueline es oscuro pero confortable. Tienen una pequeña televisión y un baño privado, Silvia se lo ganó por su buena conducta. Arriba de la cama, colgando de la pared, están todas las muñecas de Jacqueline, grandes y pequeñas, algunas todavía en sus cajas de regalo. “Yo sólo vivo por ella”, repite Silvia, condenada por asesinato. “Condenada por shute” corrige ella, “yo estaba allí cuando mataron a alguien y yo vi quién fue y me agarraron por eso. Nunca quise decir quién fue, porque me tenían amenazada de muerte”.
Si Silvia no consigue un familiar que se haga cargo de la niña durante los cuatro años que le quedan de condena, Jacqueline pasará al cuidado de la Secretaría de Bienestar Social. Allí pueden ubicarla en un orfanato o con una familia sustituta, una pareja que pueda educar y cuidar a la niña hasta que su madre salga de prisión. Conseguir a esa familia, no es nada sencillo.
“Esa separación puede crear una crisis en el niño”, explica Pereira, “pasan por un duelo que puede llegar a ser muy serio, si al salir no llegan a condiciones favorables”. Silvia llora, no sabe qué hacer, de momento no le queda más que pedir al juez un poco de clemencia y que se la dejen más tiempo “siquiera hasta que cumpla 7 años, yo aquí voy a velar porque no aprenda nada malo”, se compromete la madre.
Pero es difícil que no aprendan cosas malas, cuando están rodeados de personas que quebraron la ley. “Son sociópatas en su mayoría, con falta de valores que pueden ser transmitidos a los niños”, agrega Pereira, “pero eso no significa que no amen a sus hijos y que no hagan todo por protegerlos”.
Todas las noches, una vocecita suelta un grito que hace reír a todos: “e conteo senoas” grita Wagner, que a sus dos años ya aprendió la rutina, apenas escucha un clic en la puerta ya sabe que entrará la celadora con su cantaleta, “el conteo, señoras”. Wagner se le adelanta, le hace burla y se ríe.
Wagner sólo tiene dos años pero ya es parte fundamental del COF. Una tarde llegó corriendo con la enfermera, “ení, apuate, coé coé” le decía mientras le daba tirones del brazo. La mujer, tratando de descifrar su jerigonza, corrió guiada de la mano del niño. La llevó a uno de los cuartos donde una reclusa estaba desmayada en el suelo. Wagner sonrió complacido, había cumplido con su misión, le llevó la ayuda a una mujer en peligro.
A Ingrid, la madre de Wagner, la atraparon con un cadáver dentro del carro. Era el de un hombre que ella acababa de asesinar a cuchilladas, “fue por venganza” cuenta, “ese había matado a mi hermano y yo no lo pude soportar”. Cuando cometió el crimen tenía un mes de haber dado a luz a su hija mayor, de eso hace ya una década. Ahora tiene otros dos hijos: Wagner de 2 años y Gabriela de nueve meses, ambos engendrados en prisión. La hija mayor vive con su padre y su abuela, y los dos menores salen cada fin de mes, con la familia de Ingrid.
Todas las internas tienen derecho a recibir visita conyugal cada ocho días, siempre y cuando demuestren que el hombre que las frecuenta es realmente su pareja formal. Para tener la autorización de la visita deben realizarse pruebas de VIH y otras enfermedades contagiosas.
La grabadora empieza a sonar de golpe: “te voy a enseñar que debes bailar como baila un sapito dando brinquitos”, se escucha a todo volumen y en ese instante, saltan como resortes una media docena de niños, se concentran frente a la música y brincan sin parar. Doña Carmen, mueve las caderas de un lado a otro. Mari, la otra cuidadora, toma de los brazos a Damaris y saltan juntas. Las trenzas de la pequeña vuelan en el aire. La canción termina y los niños exhaustos se tiran al suelo, doña Carmen va a la cocina por un pichel de fresco frío para los cansados bailarines. Dentro del COF, por extraño que parezca, hay un sitio donde todo es alegría, se llama Hogar Comunitario y está decorado de todos colores, del techo cuelgan flores, mariposas o corazones. En uno de los salones las paredes están ornamentadas con un sol, un árbol al que se le caen las hojas y una nube que suelta gotitas de lluvia. Es creación de Mari, que acaba de enseñarles las estaciones del año. Al otro lado, los números con caritas sonrientes son la evidencia de la clase pasada.
Mari y Carmen luchan contra las carencias para hacerles un hogar agradable a los niños. Llegan allí a las ocho y media de la mañana y salen a las cuatro. Ellas les dan desayuno, almuerzo y dos refacciones. La comida la paga la SOSEP. Tanto Mari como Carmen ganan el sueldo mínimo, su trabajo es más por amor que por otra cosa.
“Apenas tenemos crayones”, cuenta Mari mientras muestra una cubeta con pocos colores y quebrados. “Queremos también tenerles libros de cuentos o de pintar, pero no alcanza el presupuesto”, se lamenta. Los juguetes que tienen han sido donaciones. En la grabadora, además de la canción del sapito, suenan los cuentos clásicos. A los niños les gusta tirarse al suelo a escucharlos, para ello tienen unas pequeñas colchonetas raídas, algunas son ya sólo esponja. Las dos niñeras sueñan con colchones nuevos o una alfombra mullida donde puedan jugar.
En una de las paredes cuelga un calendario con los nombres de todos los pequeños. Cada mes apuntan allí su peso y su talla, y marcan si alguno está en riesgo de desnutrición. El que la padece debe ir a visitar al pediatra y habrá que prepararle una dieta especial. “Ya sabemos bien cómo hacer que coman”, cuenta Carmen, “la sopa de arbejas se la comen si le ponemos las bolitas enteras. El puré de papá no les gusta, pero las papas doradas sí”, explica.
“Este no es el mejor lugar para que crezca un niño”, dice Zoila mientras abraza a Hilary su hija menor, “aunque les enseñan, les dan estudio y los cuidan muy bien”. Dentro de la prisión hay personas que se preocupan de que no bajen de peso, que aprendan y que luchan a diario porque los niños dejen de decir palabras soeces. Están aprendiendo a hablar con reclusas y su vocabulario no es precisamente el de un niño de 4 años. “Quizá fuera estén mejor”, reflexiona una de las madres, pero luego se retracta, “donde van a estar mejor es con su madre”.
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