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Guatemala, domingo 28 de febrero de 2010

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elAcordeón:

EN LA QUIETUD MORTAL DEL AIRE

“Lluvias, soles… noches de cristal, cristales de ozono”.

César Aira

Arturo Monterroso / MÁQUINA DEL TIEMPO

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
De los libros de César Aira que he leído hasta ahora (algunas novelas, las charlas sobre Alejandra Pizarnik, las conferencias acerca de Copi) el de Rugendas  es el que más me ha gustado. Se trata de Un episodio en la vida del pintor viajero; un título aséptico e incoloro que no le hace justicia al intenso relato que encierra en sus páginas. El libro recoge unos cuantos acontecimientos sobre la vida del pintor alemán Johan Moritz Rugendas, que Aira noveliza como si pintara. Las descripciones son como largos lienzos dibujados con un detenimiento exquisito, como si quisiera reproducir con palabras el paisaje, la naturaleza y los personajes de los cuadros de Rugendas. Situados en la Argentina de finales de los años treinta del siglo XIX, los hechos nos arrastran como si se tratara de una novela de aventuras. Y lo más importante sucede en ese “vacío misterioso que había en el punto equidistante de los horizontes sobre las llanuras inmensas”. Impulsado por Humboldt, su admirador y amigo, Rugendas vino a Latinoamérica para pintar la naturaleza. Se trataba de un género llamado “fisionomía del paisaje”. La sensibilidad del artista le permitía sistematizar lo que captaba de forma intuitiva. De manera que sus cuadros debían concentrar categorías tan disímiles como el clima, la historia, las costumbres, la economía, la fauna, la flora, las lluvias, los vientos…

Aira nos informa sobre los orígenes de Rugendas y de su familia de artistas emigrados de Cataluña. Su abuelo y su padre fueron pintores de batallas, pero Johan Moritz no tuvo la oportunidad de seguir la vocación familiar. Eran tiempos de paz. Así que se dedicó a pintar la naturaleza. Su primer viaje lo llevó a Brasil y duró cuatro años; el segundo fue mucho más largo (16 años) y visitó Haití, México, Perú, Brasil, Chile y Argentina. Produjo más de 3,350 obras entre oleos, acuarelas y dibujos. En su relato, Aira lo sitúa partiendo de San Felipe de Aconcagua, disponiéndose a atravesar los Andes junto al pintor alemán Robert Krause y dos baqueanos. “Lluvias, soles, dos días enteros de bruma impenetrable, silbidos nocturnos de viento, vientos lejanos y cercanos, noches de cristal azul, cristales de ozono…” Los pintores hacen bocetos, se detienen abrumados por el paisaje y luego continúan adelante, en dirección a la Argentina. En Mendoza descansan, trabajan en su arte y alimentan expectativas sobre las posibilidades  de vivir un terremoto o de presenciar un malón; un ataque de los indios, todavía unos seres misteriosos que se pierden en el sur: “montañas de hielo, lagos, ríos, bosques impenetrables…”

Por fin deciden marcharse en dirección a Buenos Aires. De allí, Rugendas tiene planeado ir a Tucumán, subir a Bolivia y concluir el viaje en Perú, antes de volver a Europa. Además de Krause, lleva con él a un baqueano viejo y a un joven cocinero. Caminan por llanos interminables y su primer destino es San Luis, antes de llegar a la inmensidad de las pampas. Pero algo inesperado los detiene: una plaga de langostas ha cambiado el paisaje. Y el baqueano titubea. “En la quietud mortal del aire, oían los pasos de los caballos, sus palabras y hasta su respiración, con ecos amenazantes (…) Un día y medio se desplazaron en ese vacío espantoso (…) La costra pelada del planeta parecía estar hecha de un ámbar seco”. Aira describe el paisaje y su efecto en los personajes con la precisión con que se fotografían los insectos. O como un pintor con la obsesión por el detalle que tenía Fra Filipo Lipi, el gran artista del Quattrocento. De pronto, el cielo se oscurece. Una tormenta se avecina. Rugendas galopa en dirección a las montañas. Pero un relámpago ilumina el cielo. Un rayo cae sobre el pintor viajero.  “Como una estatua de níquel, hombre y bestia se encendieron de electricidad. Rugendas se vio brillar, espectador de sí mismo por un instante de horror”. El pintor sobrevive y luego escribirá muchas cartas, un testimonio que le sirvió a Aira para reconstruir esta historia extraordinaria. Apenas 74 páginas intensas, construidas como un paisaje de palabras.

 

Guatemala, 26 de febrero de 2010

arturo.monterroso@gmail.com

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