“Lluvias, soles… noches de cristal, cristales de ozono”.
César Aira
Aira nos informa sobre los orígenes de Rugendas y de su familia de artistas emigrados de Cataluña. Su abuelo y su padre fueron pintores de batallas, pero Johan Moritz no tuvo la oportunidad de seguir la vocación familiar. Eran tiempos de paz. Así que se dedicó a pintar la naturaleza. Su primer viaje lo llevó a Brasil y duró cuatro años; el segundo fue mucho más largo (16 años) y visitó Haití, México, Perú, Brasil, Chile y Argentina. Produjo más de 3,350 obras entre oleos, acuarelas y dibujos. En su relato, Aira lo sitúa partiendo de San Felipe de Aconcagua, disponiéndose a atravesar los Andes junto al pintor alemán Robert Krause y dos baqueanos. “Lluvias, soles, dos días enteros de bruma impenetrable, silbidos nocturnos de viento, vientos lejanos y cercanos, noches de cristal azul, cristales de ozono…” Los pintores hacen bocetos, se detienen abrumados por el paisaje y luego continúan adelante, en dirección a la Argentina. En Mendoza descansan, trabajan en su arte y alimentan expectativas sobre las posibilidades de vivir un terremoto o de presenciar un malón; un ataque de los indios, todavía unos seres misteriosos que se pierden en el sur: “montañas de hielo, lagos, ríos, bosques impenetrables…”
Por fin deciden marcharse en dirección a Buenos Aires. De allí, Rugendas tiene planeado ir a Tucumán, subir a Bolivia y concluir el viaje en Perú, antes de volver a Europa. Además de Krause, lleva con él a un baqueano viejo y a un joven cocinero. Caminan por llanos interminables y su primer destino es San Luis, antes de llegar a la inmensidad de las pampas. Pero algo inesperado los detiene: una plaga de langostas ha cambiado el paisaje. Y el baqueano titubea. “En la quietud mortal del aire, oían los pasos de los caballos, sus palabras y hasta su respiración, con ecos amenazantes (…) Un día y medio se desplazaron en ese vacío espantoso (…) La costra pelada del planeta parecía estar hecha de un ámbar seco”. Aira describe el paisaje y su efecto en los personajes con la precisión con que se fotografían los insectos. O como un pintor con la obsesión por el detalle que tenía Fra Filipo Lipi, el gran artista del Quattrocento. De pronto, el cielo se oscurece. Una tormenta se avecina. Rugendas galopa en dirección a las montañas. Pero un relámpago ilumina el cielo. Un rayo cae sobre el pintor viajero. “Como una estatua de níquel, hombre y bestia se encendieron de electricidad. Rugendas se vio brillar, espectador de sí mismo por un instante de horror”. El pintor sobrevive y luego escribirá muchas cartas, un testimonio que le sirvió a Aira para reconstruir esta historia extraordinaria. Apenas 74 páginas intensas, construidas como un paisaje de palabras.
Guatemala, 26 de febrero de 2010
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