De acuerdo a las estrategias del mercado, ser escritor significa imponer o dar una imagen ante los medios. Para esto, es necesario poseer ciertas cualidades extra-literarias: desenvoltura, capacidad histriónica y desparpajo. El tímido y el escrupuloso están, por lo tanto, condenados a la marginación o al anonimato
En París, como en cualquier metrópoli (y París, a este respecto, es la metrópoli por excelencia), el que aspira a hacerse un nombre como escritor, está obligado a sostener este estatuto públicamente, es decir a dejarse manosear por los medios de información; dicho procedimiento se diferencia en muy poco con el de las campañas comerciales que emplea la publicidad para introducir o mantener un producto en el mercado. De acuerdo a esta estrategia, ser escritor significa imponer o dar una imagen ante los medios; para hacerla creíble ante el público, es necesario poseer ciertas cualidades extra-literarias, como, por ejemplo, desenvoltura, capacidad histriónica y desparpajo. El tímido y el escrupuloso están, por lo tanto, condenados a la marginación o al anonimato.
Al publicar un libro que ha sido lanzado por cualquier firma editorial existente en el mercado, el autor -debutante o reconocido- debe hacer una escala obligada en el programa de televisión dirigido por el animador cultural en boga; el propósito es dejarse ver ante millones de potenciales compradores -incluso antes de ser juzgado por la crítica especializada -, prestándose así a ser zangoloteado por esos mandarines del audimat y del speed readding; sabe que, sea cual sea la impresión que produzca en el lector, el espectáculo será beneficioso para la venta del producto.
En nuestros días, la propaganda comercial ha creado un nuevo hombre de letras: el escritor mediático. Se le distingue por su soltura ante los medios de información; se mueve frente a las cámaras y ante el público con la desenvoltura de un animador de programas culturales; deja la impresión de haber inventado él solo la cultura. El escritor mediático proviene por lo general de las clases holgadas y a menudo incluso de la misma aristocracia; hay que decir en su favor que la burguesía europea -y en especial la francesa- está, por tradición, familiarizada con el lenguaje del arte.
En París, la figura del escritor mediático es toda una tradición que viene de muy atrás. No creo que exista en el mundo un intelectual tan capaz, como el francés, de desplegar verbalmente un discurso empleando el mínimo de vacilaciones; en ello, los franceses se diferencian radicalmente de todo el resto de intelectuales latinos, germánicos y sajones; éstos hacen avanzar su discurso valiéndose de circunloquios: rodeos, pausas, titubeos, repeticiones de ideas o de palabras y, en general, de todo el arsenal de recursos en los que cualquiera se apoya para intentar ser coherentes al hablar en público. Cuando un intelectual francés toma la palabra, da la impresión de haberse aprendido de memoria su parlamento. Todo sale de su boca como si lo hubiera preparado. No por nada, al hacer referencia a la mentalidad francesa, se emplea frecuentemente el calificativo de "cartesiana." Oír a Edgar Morin, Jean D'Ormeson, Gilles Delleuze, Robert Sabatier, Michel Tournier o Pihiliphe Sollers discurrir sobre cualquier tema, es asistir a la gimnasia de un discurso cuyo ordenamiento ha sido cuidadosamente estructurado desde la infancia, para empezar, con una draconiana asimilación de la gramática y la sintaxis y, luego, en la secundaria, con el entrenamiento a la explicación de textos, en el llamado comentaire composé.
Esta situación no impide que siempre haya habido escritores con una fuerte personalidad que protegen furiosamente su intimidad. Pero son tan escasos y su conducta es tan excepcional con respecto a la generalidad, que su existencia no hace más que confirmar la regla. Michaux, por ejemplo, nunca asistió a un foro de televisión o a un programa de radio; Julien Gracq, para protegerse de la publicidad rechazó el premio Goncourt, y aún hasta antes de su muerte, pese a ser considerado como el más grande de los narradores franceses vivos, continuaba publicando sus libros en una pequeña editorial, no concedía entrevistas ni aparecía jamás en la televisión. Maurice Blanchot fue también otro ejemplo extremo del escritor secreto; luego de haber pasado medio siglo ejerciendo su influencia dentro del mandarinato cultural parisino, desapareció de la escena pública y se consagró exclusivamente su trabajo literario; sólo su editor y algún amigo muy íntimo sabían dónde vivía.
En Latinoamérica han existido algunos escritores con esta capacidad para mantener un discurso coherente, sin echar mano de las muletillas. Recuerdo con admiración las veces que asistí al ciclo de conferencias que dio Octavio Paz sobre el poema extenso, y que más tarde publicó en uno de sus últimos libros. La sala estaba repleta, incluso había altoparlantes en los corredores, para que el gente que no había podido entrar no se perdiera las conferencias. Paz se sentía como pez en el agua frente al público; si hubiera sabido ballet habría efectuado unos cuantos pas de deux para exhibir su desenvoltura. Carlos Fuentes es otro divo de la escena cultural. Se diría que nació encima de un podio, bajo los reflectores. Ambos, por supuesto, como mexicanos salidos de la burguesía mexicana, afrancesada, han sido fuertemente influenciados por el discurso cartesiano.
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