Escucho con desmayo a los candidatos a rector de la USAC. Dicen querer, sin distinción, ampliar la cobertura y hablan de clases a distancia. Por la angustia con que juzgan su limitada oferta en instalaciones, pareciera que lo que les preocupa es no disponer de un potrero lo suficientemente grande para contener los peligrosos ímpetus de la juventud.
El alto índice de fracaso (tan solo 4 de cada 10 bachilleres superan la prueba de admisión a esa casa de estudios superiores) es el resultado lógico de la visión que coloca a las escuelas como guarderías, sitios donde depositar a los niños para mantenerlos lejos de la calle y su nefasta oferta de vicios, mientras los padres se desgajan en el trabajo. El énfasis en cobertura, quizás tiene aún sentido como método de control social, tal y como ha sido uno de los propósitos de la educación formal desde su nacimiento en Prusia hace ya tres siglos, cuando se crearon los centros estatales de educación para homogenizar la población y adiestrarla en el sometimiento a la autoridad no paterna, esencial para cualquier gobierno. Pero como promesa de superación, económica o espiritual, la educación pública (y en gran parte de la privada) es la “Gran Estafa”. Después de invertir años para obtener un cartón, las nuevas generaciones ven frustrada la espectativa que éste se traduzca en una mejora en su calidad de vida, que les garantice empleo o siquiera un ápice de autoestima. Para estos propósitos suele ser más efectiva y más barata la capacitación en un oficio apreciado en la comunidad, a despecho de la ambición profesional “pequeñoburguesa” tan pasada de moda como el uso de fustanes.
Aquí es donde algunos levantan la voz para defender el derecho de igualdad de oportunidades entre los desposeídos y quienes tienen medios para pagar estudios en el extranjero. Como si un ingeniero tuviera mejores perspectivas que un buen carpintero. Así que ¿cuál educación? ¿Y con qué propósito?
Guarderías, potreros ¿y luego qué? ¿Corrales?
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