La abrupta salida del ministro de Educación, Bienvenido Argueta, tiene a mucha gente celebrando, especialmente a los críticos de los programas sociales organizados por la Primera Dama, Sandra Torres. A mí, la noticia me embargó de frustración por sus implicaciones a mediano y largo plazo. Me explico. En el plano legal, puede decirse que la Corte de Constitucionalidad (CC) protegió el derecho a la información y la fiscalización del gasto público. El mensaje para los funcionarios es que deben transparentar el uso del presupuesto, rendir cuentas y acatar las órdenes judiciales. Nadie, ni siquiera un ministro de Estado, está por encima de la ley.
Lo anterior suena muy sensato y muy acorde a los principios republicanos. De buena gana me sumaría a los aplausos, si en verdad creyera que el máximo tribunal de nuestro país está comprometido con el imperio de la ley y el respeto a los preceptos de la Carta Magna, sin importar a quienes pueda afectar una sentencia adversa. Por desgracia, varias veces los magistrados de la CC han demostrado que más que deliberar sobre principios jurídicos, ellos se dedican a librar pulsos políticos.
Es posible que este fallo parezca un paso en la dirección correcta, pero no es razonable tomarse el cuento muy en serio porque al día de hoy no existen razones de peso para esperar consistencia en la rendición de cuentas y el combate de la corrupción. De hecho, si algo atizará este fallo de la CC es la “necesidad” del actual Gobierno por colocar un cuerpo de abogados afines en las listas de las Comisiones de Postulación para las magistraturas de la 11 avenida.
A nivel político, la salida de Bienvenido Argueta tiene aún más matices. Desde luego, implica un duro golpe para el Gobierno y especialmente para la Primera Dama, pues el Ministro de Educación se convirtió en una pieza valiosa. En el contexto de esa batalla que ya empezó en contra de las aspiraciones electorales de la señora Torres, la caída del Ministro se traduce en una derrota para ella.
Ahora bien, si analizamos el contexto más amplio del país y de sus posibilidades de largo plazo, precisa reconocer que los constantes cambios en el Ministerio de Educación, tanto a nivel estratégico como administrativo, no auguran nada bueno.
Yo tuve oportunidad de entrevistar un par de veces a Argueta y me impresionó su solidez técnica en el tema educativo. Uno podía estar de acuerdo, o no, con sus puntos de vista y en particular, con la posición que él libremente asumió en nombre de la Primera Dama, pero no podía regateársele que fuera un experto en el campo de la educación.
Es una lástima que haya salido así, reforzando la idea de que en Guatemala seguimos siendo incapaces de ponernos de acuerdo en los “qués” y los “cómos” y de formar un cuerpo técnico que administre al Estado, más allá de los vaivenes electorales.
Dice mucho que no podamos llegar a acuerdos mínimos en un tema como la educación, que nos debería convocar a todos. Vivimos rasgándonos las vestiduras en nombre de la necesidad de formar capital humano y educar a los niños con calidad y equidad, pero tanta habladuría no se traduce en acciones eficaces.
Cuando la UNE llegó al poder le sobraban candidatos para el Ministerio de Comunicaciones, donde abundan los negocios que repartir, pero no tenían un cuadro sólido para ocupar el Ministerio de Educación. Tanto Ana de Molina como Bienvenido Argueta eran ajenos al partido. Y que los opositores no se solacen señalando esta carencia, porque el Patriota tampoco podía proponer un solo nombre respetable para esa posición.
¿Y qué? ¿Significa eso que no hay quien pueda pensar, organizar y gestionar la educación pública con visión de Estado? Por supuesto que no. Hay cuadros y de distintas convicciones ideológicas. Pero no están en los partidos y después de lo que pasó con Bienvenido Argueta, no veo a los partidos trabajando para convencerlos de participar. Vea www.dinafernandez.com.gt
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