Es uno de esos días de febrero, frío al amanecer, y cálido con el alumbre del astro que en esta temporada desdeña vestirse de nubes. Sandra y su madre enfilaron por la Martí procedentes del norte. El trueque y comercio habían mantenido a la familia desde la partida del tata. Al llegar al parque central, Sandra se desprendió de su madre para jugar ajedrez. Desde patoja su nana le enseñó que las conquistas devenían de saber jugar la partida. Y con los años la pequeña se tornó ágil en la táctica. Era diestra con los peones y audaz con las torres. Porque como James Mason decía, “cada peón es potencialmente una Reina”.
Pero esta vez, otra niña llamada Varenca, a quien la vida y la guerra despojaron de amores y derecho, se hincó en el adoquín del parque para retarla en su invicto Gobierno. Le apeló seguir las reglas del juego, pero Sandra le nublaba la vista con pericia. Ocultaba los peones y le cambiaba de nombre a las piezas. Para ella, los alfiles y caballos eran como ministros, y cada uno se movía al capricho y necesidad de la Reina. En el tablero, el Rey miraba expectante la estrategia, como siempre ha sido, esperando impávido el ataque final para triunfar o morir como está previsto.
El calor inundaba el meridiano, y las sombras del portal era lo único que refrescaban el sudor de la batalla. Las palomas de catedral contemplaban la partida seduciendo las manos colmadas de alpiste. Esta vez sin reparar en el error, o tal vez por confiada, dejó que le comieran el alfil más diestro y educado. Ahora sus peones estaban expuestos, desnudos, y la estrategia delatada. Varenca anotaba otro triunfo para su ansiada justicia; y su legión, la blanca, avanzaba con mayor confianza. De la multitud que los rodeaba murmuró una voz gala: “no puedes jugar al ajedrez si eres de corazón noble”.
Acechada, la Reina estaba en jaque. Un súbito grito surcó el aire que trepaba del mercado. Era su madre que le recriminaba: “¿qué haces Sandra?, te he dicho ya que dejes de jugar al desgobierno”. Molesta, se arrebató de la plaza y subió las gradas de su palacio. Sabía que la partida no había concluido y que como versa el proverbio italiano, aún “una vez terminado el juego, el Rey y el peón vuelven a la misma caja”.
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