ElGobierno turco se siente ofendido. El Comité de Relaciones Exteriores del Congreso norteamericano declaró que la matanza de más de un millón y medio de armenios ocurrida entre 1915 y 1917 fue un genocidio. Los gobernantes turcos no aceptan que haya sido un genocidio. Fue, según ellos, una lamentable consecuencia de la Primera Guerra Mundial. No los exterminaron por ser armenios, sino por separatistas y traidores. En aquellos años Armenia formaba parte del Imperio otomano.
La distinción es absurda. Lo interesante del debate no es esa discusión semántica (y jurídica), sino la conflictiva relación con la verdad que tienen la mayor parte de los gobiernos o las entidades poderosas. Hay verdades que no quieren admitir, ni siquiera tras un siglo de ocurridos los hechos.
Estados Unidos pidió perdón por haber internado a los japoneses-americanos en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Antes lo hizo por esclavizar a los negros y por masacrar a los indios, despojarlos de sus tierras e incumplir casi todos los tratados firmados con ellos. Los Papas, cada cierto tiempo, bajan la cabeza y reconocen que el Santo Tribunal de la Inquisición fue una salvajada. Una de las páginas más hermosas de la transición chilena fue cuando el presidente democrático Patricio Aylwin les pidió perdón a sus compatriotas por los excesos del Estado durante la dictadura militar.
Fue una honrosa excepción. Los latinoamericanos, como los turcos, no suelen pedir perdón. Los gobiernos de derecha que cometieron graves atropellos contra las minorías étnicas desde que se constituyeron las repúblicas no hablan del tema. Las dictaduras de izquierda tampoco. Los Misquitos y Ramas nicaragüenses llevan más de 20 años esperando que Daniel Ortega les pida perdón por las matanzas que los sandinistas llevaron a cabo en los años ochentas. Los cubanos, todavía bajo el impacto de la muerte por hambre y sed de un joven preso político, volvieron a asombrarse cuando hace unos días, un texto de Fidel Castro aseguraba que su Gobierno no torturaba ni asesinaba. Parece olvidar cómo su policía política ahogó deliberadamente a 41 personas que intentaban huir en un bote, muchas de ellas niños y mujeres, el 13 de julio de 1994.
Las dos palabras mágicas son: “Lo siento”. Ahí comienzan a sanar las llagas y el agraviado recobra algo de su disminuida dignidad. Si hay algo peor que cometer una injusticia es la contumaz negación del hecho. Cuando los historiadores revisionistas niegan el holocausto judío no sólo cometen una estupidez intelectual: ofenden a las víctimas y a sus descendientes, reabren las heridas y provocan un profundo malestar en las personas ofendidas.
Los seres humanos están hechos para la justicia, la verdad y la coherencia. Hay biólogos que postulan la existencia de un gen moral. “Sólo la verdad os hará libres”, dijo San Juan1. Le faltó agregar que también nos da estabilidad emocional.
1 Evangelio según San Juan, cap. 8, versículo 32.
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