La crisis económica prácticamente tiene de rodillas a la población, la que difícilmente sobrevive en un ambiente caracterizado por el incesante cierre de empresas...
La crisis económica prácticamente tiene de rodillas a la población, la que difícilmente sobrevive en un ambiente caracterizado por el incesante cierre de empresas, la dramática pérdida de empleos, la reducción drástica del consumo y la inversión, la incertidumbre, la inseguridad y la desconfianza.
Los presupuestos familiares se han reducido al máximo y los guatemaltecos están haciendo verdaderos esfuerzos para llevar a casa el pan de cada día. Lo anterior sin perjuicio de la grave inseguridad por la que atraviesa la sociedad guatemalteca, que le hace temer de los ladrones, asesinos, secuestradores y delincuentes en general.
Sin embargo, en el sector público ocurre todo lo contrario. Los politiqueros y funcionarios se llenan los bolsillos a lo grande, sin que nada ni nadie los detenga ni escarmiente. La danza de los millones es verdaderamente escandalosa, al extremo que el mundo entero observa a nuestro país con indignación, incredulidad y vergüenza ajena.
La corrupción está corroyendo toda la estructura estatal. Los escándalos de corrupción se suceden uno tras otro. Pero lo más grotesco es que los desvíos, fraudes y desfalcos ya no son sólo de decenas y cientos de millones de quetzales, sino de millardos.
Por supuesto, la opacidad, el secreto y el encubrimiento impiden que lo más grueso de la corrupción se conozca. Lo más probable es que hasta que haya terminado el período de funciones de la actual gestión gubernativa se sabrá hasta donde llegó la corrupción, salvo, obviamente, que el oficialismo repita en las elecciones generales.
No obstante, los politiqueros siempre están prestos a exigir más dinero a los contribuyentes, como que si no fueran suficientes los miles de millones de quetzales que anualmente se les entregan por vía de los impuestos. Ningún dinero les satisface, nada es suficiente.
Eso sí, de calidad de los servicios públicos ni mencionarlo. Sólo hay boca para pedir más, pero no hay oídos para escuchar y atender el clamor popular por la seguridad, la justicia, la educación y la salud. Tampoco hay voluntad por transparentar las finanzas públicas, ni por rendir cuentas y lograr la tan anhelada eficacia fiscal.
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