La escritora Gloria Hernández nos hace esta vívida crónica sobre el terremoto que azotó el pasado 27 de febrero a Chile, país donde se encontraba participando en el I Congreso de Literatura Infantil y Juvenil Iberoamericana.
Regresé a Chile con la ilusión de Isla Negra, las empanadas rellenas de carne y aceitunas y el I Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil, en ese orden. Ya instalada, recorrí durante los cinco días previos al evento literario una ciudad limpia, llena de parques y ventanas de todo tipo de estilos y tendencias arquitectónicas.
Me hospedo en el Hotel Ciudad de Vitoria, en la calle Monjitas, y como es mi costumbre, entablé amistad con las mucamas y los veladores. Esta inclinación me ha proporcionado, a lo largo de los años, información, detalles e historia más viva de los sitios a los que llego. Además, me permite conocer un poco de la esencia de la gente del lugar. El mío es un esfuerzo por sustraerme del turismo masificador y consumista. Es decir, sí consumí una buena cantidad de empanadas chilenas y ciruelas y melocotones pero, a la vez, conversé muy rico con una vieja cocinera del hotel mientras ella pelaba papas y yo tomaba una infusión de canela en el comedor. La buena señora ni se enteró del regalo que me hizo al contarme su historia y la de su familia.
La noche del viernes, como fin de la conversación, me dijo, en tono de confidencia, “mira, no sé qué dices tú, pero algo no está bien, la luna está llena pero salió roja...” Nos despedimos y no pude resistirme a subir al piso 17, el último del hotel.
Una serena ciudad de Santiago brillaba por las cuatro esquinas, la piscina invitaba a relajarse con una agua templada, perfecta y sí, la luna tenía un intenso tono amarillo naranja que yo atribuí a la contaminación. Aún así, era una luna hermosa que se posaba sobre el cerro Santa Lucía.
Tiembla. “Bueno, es Chile –me digo–, es un temblor más”. Pero... sigue temblando y rugido ronco surge de las entrañas de la tierra. Comienzo a oir los gritos de los demás huéspedes del hotel y el movimiento no cesa. Se hace más fuerte, además. Me tiro hacia un lado de la cama, me pongo la almohada sobre la cabeza y espero lo peor. Nada, no siento nada. Me dejo llevar por el vaivén irremediable y me tapo las orejas con las manos para no escuchar el sordo estruendo. Se cae todo al piso. Un discurrir eterno, un siglo en minuto y medio.
Poco a poco, la tierra se va calmando. Afuera, las personas lloran, gritan, dan órdenes, rezan. Intento prender la luz, pero nada. A la luz del teléfono celular, encuentro mi ropa y me visto. El velador toca a la puerta dando voces: “Salga, salga, señora”. “Estoy bien... ya bajo...”. Sigo reuniendo mis cosas y buscando un sudadero. Pienso en Frieda Morales y en Irene Piedrasanta, las amigas guatemaltecas con quienes venimos a Chile y que se encuentran en otros hoteles. No hay manera de comunicarnos. Me angustio por su paradero.
De pronto, vuelven a tocar a la puerta y al abrir, ahí está ella, agitada pero sonriente: Frieda en mi hotel. Nos damos un abrazo como los de Navidad. No decimos mucho o no recuerdo lo que hablamos. Nos reconocemos sanas y salvas y ella regresa a su hotel. Frieda es así. No expresa mucho con palabras pero da muestras inequívocas de su amistad y su cariño.
Pedazos de cornisa y repello se esparcen por toda la acera. 8.8 grados, dice la radio, y yo pienso, tengo más vidas que un gato. El paisaje es surrealista. Las pocas luces de emergencia y la densa capa de polvo finísimo le dan a las escenas un toque de irrealidad. Mi memoria empieza a captar, una por una, instantáneas de antología: una pareja joven de españoles en pijama y con sus maletas sentada en la acera, esperando un taxi imposible; una señora que llora, vestida con una camiseta de tirantes puesta al revés de donde surge un pecho desnudo; otra, muy distinguida, en camisón y pantuflas de Winnie the Pooh; un señor en calzoncillos rojos y con saco de vestir. Más tarde, Frieda me compartiría que ella había encontrado a dos europeos muy altos y bien dotados completamente desnudos...
El velador trata de calmarnos a todos en una mezcla de idiomas que ni él entiende. Todos temblamos y nos abrazamos, pero no por el frío de la madrugada. En una radio de transistores se dejan escuchar la noticia: el epicentro es Concepción, una ciudad cercana a la costa donde se han iniciado algunos incendios. No hay más información. Tampoco electricidad, teléfono, agua o señal de Internet o celular.
El 27 de febrero fue el día más largo del año, aunque me desmientan los meteorólogos. Amaneció a las siete y la luz nos devolvió una ciudad distinta a la que habíamos dejado fuera la noche anterior. Empezó la ardua tarea de intentar comunicarnos con la familia. Los primeros lo logramos como a las tres de la tarde. Las réplicas, como llaman a los temblores posteriores, fueron inquietantes e intensas. Nadie quería subir a sus habitaciones, pero algunos nos armamos de valor y subimos escaleras arriba en busca de algunas pertenencias.
El Congreso de Literatura se canceló, por supuesto. El Museo de Bellas Artes donde habíamos estado congregados 500 participantes Iberoamericanos, los dos días anteriores, estaba lleno de escombros, sin techo. El hotel Plaza San Francisco sirvió de eficientísimo refugio para los asistentes del evento. Me causaba mucha risa que nos identificaran como los congresistas. Con disimulo, por si acaso, yo tocaba madera.
Domingo por la mañana. La normalidad intenta restablecerse inútilmente. Irene y yo habíamos regresado a nuestro hotel la noche anterior y en el Plaza San Francisco, algunos escritores durmieron en el lobby, en colchones acomodados para ese propósito. La Editorial SM, organizadora del Congreso, se destaca por su atención para con nosotros. Hay comida y bebida para todos. El aeropuerto está cerrado hasta nueva orden. Sospechamos que será por varios días.
El inmenso salón de recepción del Plaza San Francisco alberga a un número considerable de escritores y académicos. Cada quien pasa el tiempo como puede. Unos conversan, otros cantan boleros, algunos leen o hacen sudokus y los donjuanes aprovechan la oportunidad para prestar sus mimos y atenciones a las damitas nerviosas.
La electricidad se restablece. Por lo menos en el área del centro de Santiago. Tenemos acceso a las primeras imágenes televisivas. CNN en acción. Entonces empezamos a darnos cuenta de la magnitud de la tragedia. El ejército y los carabineros patrullan las calles, suenan helicópteros a lo lejos, sirenas de ambulancias, alarmas de negocios y de automóviles estacionados en las calles. Inicia la cuenta de los muertos, las imágenes de los edificios destruidos, el llanto de los familiares de los desaparecidos, las colas en las tiendas y supermercados –más tarde, se convertirán en salvajes saqueos–.
Hay señal de Internet. Después de enviar mensajes a los nuestros, consultamos los titulares de los periódicos de Guatemala. La risa no nos alcanza. El diario Siglo XXI reporta la localización de dos sobrevivientes chapinas del terremoto en Chile. Habla de Frieda y de mí pero no menciona a Irene. Según la noticia, el Vicecanciller nos ubicó y nos prestó toda la ayuda posible. Según él, estamos en un albergue, algo atontadas pero contentas. En realidad ni nos encontraron ni nos albergaron ni pudimos comunicarnos con el Embajador hasta tres días después de la catástrofe.
El Congreso ha sido inolvidable, sin embargo. Nos demostró que ante el desastre todos somos igual de vulnerables. Juan Villoro, Ana María Machado, Daniel Goldin, Liliana Bodoc, Maria Elena Wash, Lygia Bojunga y muchos escritores más se homogeneizaron con el resto de los mortales. Varios días intensos de incertidumbre y de expresiones variadas de la angustia, pero sobre todo, de solidaridad.
He sido muy afortunada. Viví para contarlo. Viví para escribir esta crónica. Aún no sé cuándo llegaremos a Guatemala, pero eso no importa ahora.
Sentadas en el suelo, sobre la alfombra del lobby, Frieda me hace una confidencia: la noche de la víspera, salió a buscar algo de tomar a la calle. Salió porque no podía estar dentro del hotel. Necesitaba aire. Una angustia se apoderó de ella. Eso le pasa a veces. Llegó de vuelta al hotel e hizo sus maletas. Se bañó, se vistió y se recostó en la cama a preguntase qué pasaría esta vez. El sueño la venció. La luna brillaba rojiza sobre Santiago.
*Gloria Hernández es escritora guatemalteca, su más reciente libro es la recopilación de cuentos “Ir perdiendo”. Es autora, además, de varios libros para niños.
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