Penetro en otra habitación, a lo mejor esta sí, cargada de muebles y de objetos, pero de nuevo repleta de plantas. Esta vez presto mayor atención y no hay flores. Sólo follajes. Parecieran todos los verdes posibles en el mundo y aunque un sofá color rosa me invita a sentarme, la llamada de otra puerta, frente a mí, es más poderosa.
El tiempo pasa y yo me encuentro en una casa llena de habitaciones, una detrás de otra, en las que penetro, en las que permanezco el tiempo suficiente para ver los muebles, las macetas, la vegetación. La luz que penetra por las ventanas es siempre difusa, tenue, blanca o amarillenta, pero los vidrios siempre son opacos y no sé si afuera hay sol o llueve, si hace frío o calor.
Empiezo a sentirme un poco como Alicia y veo a mi alrededor para ver si hay algún frasquito con un letrero que diga bébeme, o si en las plantas está aposentado algún gusano que me ofrezca un trozo de hongo.
En ese momento, casi siempre, despierto y me quedo pensativa. Me parece haber entrado a mi pasado, pero un pasado primordial, primitivo, esencial, en el que no caben los seres que en diversas etapas de mi vida me han llenado de alegría, de risas o de lágrimas, a quienes he amado o continúo amando, esa familia, esos amigos, esas personas que han hecho y hacen mi vida verdaderamente amable.
Mientras tomo los primeros sorbos de té medito sobre el sueño que se repite cada ciertos años; me gustaría, en esos momentos, recuperar el sentimiento de sorpresa ante ese abrir puertas y puertas y no llegar nunca a afuera alguno. O recordar cómo eran las plantas que cuelgan de techos y surgen de macetas colocadas a los lados del espacio nocturno por el que avanzo sola yo, conmigo.
Pero ya se sabe, los sueños están formados por una tela transparente, delicada, que se evapora como niebla bajo la luz del sol. Mi gato, sentado en la alfombra, me ve con su mirada verde claro y sus pupilas insondables. Después, de un salto se coloca en mi regazo y con las zarpas me recuerda que debo abrir la ventana de la biblioteca. Él, a brincar sobre la grama y a perseguir bichitos voladores; yo, a asombrarme del verde de los árboles cercanos y del azul de los volcanes. Es justo el momento en el que el sol ha salido y aún no hay tráfico frente a la casa. El mundo nuevo de todas las mañanas.
Y esta otra: deposito mis votos en las urnas y tengo frente a mí todo un domingo. Subo al carro y desde el INCA enfilo directamente hacia la casa de mi madre, la casa de la trece calle A, que compartí al principio con mis padres y mis hermanos, y años más tarde, con mis hijas y mis perros.
Al bajar la trece calle, casi llegando a San Francisco, recuerdo que mamá murió cuando yo tenía veintisiete años, y entones tuerzo rápidamente, en la sexta, hacia la casa de mi tío. Apenas he comenzado a avanzar por la avenida, recuerdo que mi tío también ha muerto, y el domingo se estira frente a mí, inmensurable, sibilino.
La diferencia es que esa casa inmensa e inacabable es, verdaderamente, malla del sueño; y la intención frustrada de ir a desayunar a casa de mi madre es real, me sucede despierta, y me deja muy sorprendida, manejando en las calles de una ciudad que, viéndola bien, es la misma de cuando yo era pequeña, pero es otra. Ni mejor ni peor, simplemente otra.
Me doy cuenta de que dormida o despierta, mi presente y mi pasado viven juntos dentro de mí. Que esas frondosidades de los sueños, o esas intenciones de desayunar con mi madre son rasgos vitales. Que estoy conectada con un pasado de esta Tierra, que en estos días se acomoda un poco y nos hace estremecernos.
Y que, quimera o no, en la vida propia no hay nada más primordial que el vientre de la madre; la madre, ese tronco del que van surgiendo tallos, ramas, hojas, flores, y al que se suben o bajan y del que se lanzan al aire bichos de todas las especies posibles.
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