El pintor entrecerró los ojos y contempló a la niña sentada frente a su lienzo. La tez blanca, como si estuviera iluminada por una docena de velas, el cabello negro azabache recogido sobre los hombros y los ojos, esos ojos que erizaban la piel a cualquiera. La dibujó con precisión, copió sus rasgos, el brillo de su mirada y mezcló en su paleta los colores hasta encontrar el tono rosa de sus mejillas que le daba ese sabor a santidad. Juanita sonrió y Antonio Montúfar se sintió complacido por haber encontrado en aquella familia excelentes modelos. Los tres cuadros quedaron perfectos. El rostro de Juanita le dio vida al retrato de Santa Lucía, el de su primo Pedro a San Esteban y el tercero era un conmovedor retrato de San Juan Bautista para el que había posado don Juan de Maldonado. Allí estaban los tres, convertidos en santos y listos para colgar de la pared de la iglesia.
Pero el placer del arte duró poco. Quizá no pensaron que muy pronto los fieles se arrodillarían ante sus rostros y elevarían sus más sinceras súplicas, y que el mismísimo obispo vería la cara de Juanita cuando rezara una plegaría para Santa Lucía. ¿Y si se los encontraban en la calle?, ¿si algún día una anciana se aferraba al vestido de Juanita y le besaba los pies creyéndola la santa que bajó a la tierra? Ese riesgo era grande en la Guatemala del siglo XVII, donde los indígenas apenas empezaban a conocer a los santos, a saber de su existencia.
Una tarde como cualquier otra Juanita recibió la noticia: a sus diecisiete años ya era buscada por la justicia católica. El doctor Rodríguez de Villegas, el comisario del Santo Oficio en Guatemala, había viajado a México para denunciarla ante la Inquisición por posar para que se pintara la imagen de una santa. En la lista de buscados estaban también su padre y su primo. Juanita sintió un calor extraño, como si presintiera las llamas calcinado su tersa piel.
No tuvo más remedio que esconderse, y el sitio que encontró fue el ideal, un lugar en el que llegaría a vivir como una reina, donde se convirtió en lo que fue: una poeta, en la época en que las mujeres sólo debían criar niños. Se internó en el convento de Nuestra Señora de la Concepción. Cuando llegó, todavía no cumplía la mayoría de edad y las monjas decidieron cuidarla hasta que tuviera edad de tomar los votos.
Su vida dentro del convento no fue precisamente el martirio, la pobreza y el sacrificio que sufrió Santa Teresa, ni mucho menos. Sor Juana tenía su propio apartamento, recibía amigos, tocaba instrumentos y daba órdenes a sus empleadas. Lo mejor de todo: disponía de una biblioteca y de inagotables cuadernos para escribir. Su padre era rico y no escatimaba en regalos. Dicen además, que era tan hermosa que no sólo recibía presentes de su papá, y que hasta el obispo se quedó pobre por consentirla.
Allí, en las celdas del convento, la conoció Thomas Gage, el misionero irlandés que escribió un libro sobre el Nuevo Mundo. Fue gracias a él que hoy sabemos de la existencia de sor Juana de Maldonado y Paz, la primera dramaturga de Centroamérica, nuestra Sor Juana, con una vida parecida a la de Sor Juana Inés de la Cruz, pero con obras totalmente distintas.
Thomas Gage regresó a Europa con cientos de historias que narrar, con miles de anécdotas sobre la Nueva España y sus habitantes. De Guatemala contaba por ejemplo, el lujo y la opulencia en la que vivían los religiosos. Describió con detalles el convento de Santo Domingo, con su lago artificial donde nadaban peces y los frailes podían navegar en pequeñas barcas. También era asiduo visitante del convento de Nuestra Señora de la Concepción, donde conoció a una monja que le dejó perplejo, una mujer de enorme belleza a quien llamó “la novena musa”, “una Calíope de los versos”. Escribió que esta monja, muy joven, había enamorado a todo el pueblo, incluso al obispo que se quedó pobre por ofrecerle tantos regalos. Dijo que era una poeta magnífica y su voz y su talento para la música eran extraordinarios. Esa monja era Sor Juana de Maldonado y Paz.
Pero Gage no se volvió famoso por su precisión histórica. Muchos investigadores posteriores le tacharon de farsante y de mentiroso. Gage se ganó a pulso el odio de la Iglesia y de un buen número de chapines de la época, porque saltaba de un bando a otro a su antojo. En Guatemala se presentó como misionero, pero más tarde se descubrió que era espía, que pasaba información a Inglaterra para ayudarles a invadir el territorio guatemalteco. Era fraile dominico, pero cuando la Iglesia lo mandó a prestar servicio a las Islas Filipinas, una misión peligrosa en ese entonces, decidió volverse protestante. En resumen, no que hay explicar demasiado por qué a Gage no se le tenía mucho aprecio. Y como a Gage se le tachaba de mentiroso, Sor Juana de Maldonado entonces era un invento del irlandés. Así se creyó por muchos años. En la primera edición guatemalteca de su libro Los viajes de Thomas Gage a la Nueva España, se escribió en el prólogo: “basta traer a cuenta la leyenda de la monja disipada y el obispo imbécil que de ella se prendó, para comprender las falsedades de Gage”. La Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala agregó al libro una advertencia: “El padre Gage creó el mito de esta hija de las musas y su nombre y oficio han pasado a nuestros días como una verdad que el buenazo y mentiroso de Gage revistió con sus propios ornamentos”.
Los historiadores mataron a Sor Juana, la arrancaron de la historia para enviarla a la literatura, como un personaje de ficción. Pero hubo quienes se encargaron de sacarla de allí. El primero fue Ernesto Chinchilla Aguilar: en 1949 encontró en los archivos de la Inquisición de México, la denuncia hecha contra Juana y su familia. La primera luz de que la poeta realmente existió.
Le siguió José Joaquín Pardo, que halló en el Archivo General de Guatemala un documento en el cual el Rey le entregaba a Sor Juana una renta vitalicia, como pensión por el trabajo que su padre, el Oidor (el juez en la época de la colonia), prestó a la corona. Con dos pruebas más Sor Juana ya no era una leyenda. La tercera prueba la encontró Ricardo Toledo Palomo: era un contrato de compra venta de la celda que utilizó Sor Juana en el convento. Un cuarto documento salió a la luz en 1958: era el voto que firmó cuando se hizo monja. La quinta prueba la descubrió Luz Méndez de la Vega en el Archivo General de México, se trata de una carta que enviaron al padre de Juanita y en donde hablan de ella. Nuestra primera poeta era real, Gage no la inventó.
Sor Juana era la única hija mujer del Oidor, y por lo tanto era mimada y consentida. Nació en 1598 en la ciudad de Santiago de los Caballeros, y fue educada con la precariedad cultural de la época, cuando las mujeres no asistían a escuelas y se preparaban nada más para las labores domésticas. Pero Sor Juana era especial, tenía un talento que logró desarrollar en el convento, en el único espacio donde una mujer podía dedicarse a la lectura y a la música.
Llegó allí obligada, apurada por la Inquisición, pero no vivió nada mal. Gage da cuenta del enorme apartamento que tenía a su disposición, con siete dormitorios, una bañera con un mecanismo especial para calentar el agua y seis empleadas a su servicio. Todo decorado con el mayor de los lujos: “gabinetes de oro y plata, imágenes con corona de oro y piedras preciosas, una capilla entapizada y adornada con lo más curioso de Italia y lámparas de plata cubiertas con un dosel bordado de oro”, escribió Gage.
Allí pasaba los días Sor Juana, entre lecturas y música que practicaba con sus múltiples instrumentos. Por las tardes recibía visitas de religiosos e intelectuales con los que conversaba. Uno de los que la frecuentaban era Fray Juan de Zapata y Sandoval, el sacerdote que según Gage se quedó en la pobreza por los regalos que le hizo. Gage contó que Fray Juan estaba tan enamorado de ella que pidió que la nombraran abadesa (madre superiora), a pesar de ser muy joven.
Esto, claro está, causó revuelo entre las demás religiosas, las monjas ancianas y cabizbajas que habían pasado toda una vida en el convento esperando su turno y las que, un poco mayores que Sor Juana, se quejaron con sus padres porque su nueva jefa iba ser una mujer menor. Dicen que varios hombres llegaron con la espada desenvainada a exigirle al cura que respetara las edades. Al final el oidor tuvo que hablar con su hija para pedirle que desistiera de ser la abadesa y que esperara, como todas, la edad necesaria para el cargo. Lo consiguió más adelante, con los años a cuestas.
Se sabe que dentro del convento Sor Juana escribió mucho y que llegó a ser admirada y respetada por su obra, pero casi nada sobrevivió. Quedó sólo el Auto en agradecimiento por la guida a Egicto, una obra teatral de tema religioso y que es quizá, la única pieza que con certeza se le puede atribuir a Sor Juana de Maldonado.
De la primera escritora guatemalteca se conoce muy poco. Su vida se volvió leyenda, Máximo Soto Hall y José Milla la utilizaron como personaje de ficción en sus novelas, y la realidad y la fantasía se confundían. Cuando por fin se tuvo certeza de que existió, quedaba una carencia, una enorme carencia: no se había encontrado nada escrito por ella.
Aquellos versos tan hermosos de los que hablaba Gage se volvieron un misterio.
Luz Méndez de la Vega, en su intensa búsqueda por archivos, se topó con un cuaderno repleto de poesías coloniales.
Llamó su atención la temática religiosa y su falta de ortografía, propia del siglo XVII, pero el papel en el que estaba escrito pertenecía al siglo XIX, mucho tiempo después de la muerte de Sor Juana. Luz Méndez no se confió tanto y revisó con más esmero; lo que descubrió es asombroso: los textos eran de distintas épocas, alguien, en el siglo XIX creó una especie de antología con obras de siglos anteriores. Entre ellas estaba El entretenimiento en agradecimiento de la guida a Egicto, una obra de teatro sobre ‘la huida de la sagrada familia cuando Herodes perseguía a los niños’. Luz Méndez reconoció que el sitio donde se tenía contemplada la representación era el convento de la Concepción y que la época en la que fue escrito, por el lenguaje y ciertos datos de acontecimientos, era la misma época en que Sor Juana vivió allí.
Investigó más y descubrió que ninguna otra monja escribía en esos mismos años, por lo tanto sólo podía ser atribuible a Sor Juana. Así Luz Méndez descubrió la única pieza escrita por nuestra primera poeta.
Aunque es poco lo que se conoce, su calidad ha sido tan reconocida que los investigadores no dudan en hablar de ella como una magnífica escritora. La profesora argentina Iride Rossi, estudió esta pieza en su libro La palabra oculta, monjas escritoras en la Colonia y determinó que “es un verdadero entramado de planos distintos que produce un texto original que, si bien abreva en el teatro medieval europeo, se muestra con notables diferencias, acentuadas por las características culturales guatemaltecas. Esto refuerza la idea de una cultura del nuevo mundo filtrándose por los resquicios de la cultura del viejo mundo”.
Sor Juana recrea la forma de hablar de los indígenas de la Colonia y da testimonio de una época, de una sociedad dividida por clases y etnias.
“Es teatro en movimiento. La combinación de múltiples elementos: el alto contenido significativo de las situaciones dialógicas, la música, el canto, la danza además de los cambios escénicos, el ritmo interno de la acción y la riqueza expresiva, todo ello contribuye a lograr un efecto caleidoscópico que se modera con los momentos de espiritualidad. Presenta rasgos notables de modernidad”, escribió Rossi.
La vida de Sor Juana tiene todavía algo de mito, parece una combinación de mentiras con verdades, de rumores que se vuelven verdaderos. Nunca sabremos a ciencia cierta si el sacerdote estuvo enamorado de ella, o si era tan hábil con la música como cuentan. Probablemente el tiempo se haya tragado ya sus poemas y sus otras obras de teatro, si las hubo; pero queda una certeza: nuestra primera escritora es autora de una obra teatral que mezcla lo europeo con lo nacional, un sincretismo, una hibridación que sorprende.
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