Llegué de buen humor a la clínica del ginecólogo. Tenía unos tres meses de embarazo y, cosa rara y prodigiosa, no había sufrido de náuseas ni de mareos ni de ataques súbitos de sueño incontrolable. Estaba feliz, llena de energía y anticipación, a la espera de ese aleteo líquido de renacuajo, de pececito dorado, que tenía que sentir en el vientre de un momento a otro.
Recuerdo que llevaba ese día una falda de mariposas horrible –demasiado primaveral para mi gusto– pero ya mi ropa no me quedaba y la de maternidad, recién bajada de un cajón, resultaba demasiado grande.
Entré al baño y me coloqué la bata mientras Jorge, mi doctor de muchos años, conversaba al otro lado de la puerta.
Después de pesarme y poner el grito en el cielo por las libras que había aumentado, me subí a la camilla, platicando hasta por los codos.
Mientras la pantalla del ultrasonido se encendía, nos pusimos a bromear sobre los nombres del futuro miembro de la familia (mis amigos dicen que se debe proteger a los inocentes de mis propuestas de origen literario). Estaba riéndome de mis ocurrencias, cuando de pronto ví a Jorge y la risa se me murió en la boca junto con las palabras. Nunca le había visto una expresión igual.
-No encuentro el foco, me dijo con el ceño fruncido.
Nos quedamos callados los dos, esperando que el latido del corazoncito de mi bebé apareciera de repente, que estuviera escondido, pero no se escuchó nada más: sólo el ruido de la máquina.
Yo soy muy llorona para las películas, los poemas y las cosas que le pasan a los demás. Esa vez, Jorge me decía “llore, le va a caer bien”, pero yo no podía emitir sonido, menos llorar. Sentía en el pecho un dolor tan grande, tan intenso, que me oprimía los pulmones, como si me hubieran acuchillado.
El doctor tuvo que llamar a mi esposo para pedirle que llegara a la clínica Y Juan Carlos tuvo que llamar al día siguiente a mi mamá y a la suya, porque yo era incapaz de verbalizar lo que acaba de pasarnos, de darle realidad, de decir “perdí a mi bebé” y aceptarlo.
No me quedó más remedio casi una semana después: estaba entrando a mi habitación cuando sentí una punzada horrible en la espalda y quedé parada en medio de un charco de sangre.
Nunca me he sentido tan desamparada y triste como cuando iba acostada en la ambulancia de Alerta Médica, escuchando la sirena que se abría paso entre el tráfico para llevarme al hospital. Y nunca me he sentido tan reconfortada como cuando se abrieron las puertas de metal y ví a mi mamá y a mi hermana, listas para acompañarme por los corredores de la emergencia.
Yo rara vez hablo de esto, pero sucedió un ocho de marzo hace cinco años y siempre pensé que cuando estuviera lista, valdría la pena escribir al respecto. En especial, porque cuando una pierde un bebé, se entera de la enorme cantidad de mujeres que han pasado por esa experiencia y que llevan, calladas, esa cicatriz por dentro.
Ahora me acabo de enterar que desde el inicio de la gestación, se forjan vínculos de apego entre la madre y su bebé. Debe ser por ello que los abortos –horrible palabra– para los que no suele haber ni luto, ni ceremonia, ni condolencias, nos dejan el corazón cubierto de escarcha por semanas y hasta por meses.
Las mujeres somos las fuertes de la especie porque damos la vida, pero seguro también porque sabemos lo que duele perderla. Y a pesar de los avances de la ciencia y los brotes verdes en los indicadores de desarrollo, ese es un lazo vital, casi de sangre, que compartimos a través de las generaciones y las fronteras.
Hablamos de nuestros partos como de grandes victorias, pero guardamos silencio de los que no dieron fruto. Hoy quiero abrazarlas también por esas vidas que no fueron, las que perdimos, que también nos hacen lo que hoy somos, que quisimos y recordamos. En especial a las tantas de ustedes, a Pauli, a Gaby, a la Eu, a Claudia, a Sonia, a Olimpia (+) que saben de lo que estoy hablando. ¡Vivan las mujeres!
Vea www.dinafernandez.com
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