Muchas interpretaciones se han hecho de The Wall, la más sonada obra conceptual de Pink Floyd que en diciembre pasado cumplió 30 años. Se ha hablado del muro de Berlín, de cárceles, de clínicas siquiátricas. Pero posiblemente la cuestión menos escarbada, y más lúcida e interesante, sea la del rock convertido en un espacio de representación totalitaria, fascista.
Lo más interesante del rock, lo que en realidad le ha hecho perdurar en el tiempo, ha sido su esencia bastarda, anárquica, mestiza, su capacidad para contaminar y contaminarse de toda impureza posible. “¿De dónde surge esta música?” es algo que nadie ha podido responder a cabalidad, y es este misterio donde se encuentra buena parte de su fuerza.
Por eso, el rock convertido en una religión, en un fundamentalismo, no sólo es contradictorio sino inquietante.
Durante mucho tiempo el rock era una música que te abría la cabeza y no necesariamente hacia las experiencias psicotrópicas como muchos piensan (es decir, así como no todo aquel que escucha a los Tucanes de Tijuana se convierte en narcotraficante, no todo aquel escucha a Grateful Dead termina enganchándose al ácido), sino a otras músicas, a otros registros, a otra estéticas. Los Doors nos hicieron escuchar a Kurt Weill y leer a Aldous Huxley, los Stones volvieron nuestros oídos hacía la tradición del blues negro, Frank Zappa nos remitió a John Cage y a los anónimos compositores de música popular fronteriza, Mike Patton nos descubrió a la escena vanguardista neoyorquina y la lista sería interminable…
Esa es una de las razones por las que toda música que se me impone como una dictadura, que limita mis oídos y mis intereses, que me exige una actitud sectaria e integrista para disfrutarla me aburre a morir, en el mejor de los casos.
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