Antes de salir a la calle, hay que untarse sebo. Si a usted le parece una receta asquerosa, siga leyendo y sabrá por qué.
En esta ciudad llueven los insultos, especialmente cuando nos vemos atrapados en el relajo cotidiano, que algunos poéticamente llaman “caos vehicular”. La gente pierde la paciencia y remata con el que tiene enfrente, o al lado, lanzando ofensas verbales y digitales (porque usan los dedos, no la computadora). La ira es una emoción inflamable y altamente contagiosa, y si no tenemos cuidado podemos engancharnos en su espiral.
Mi hermana aprendió la lección a los seis años de edad. Era una apacible tarde de domingo, ella había salido a jugar frente a la casa, mientras mi papá dormía la siesta. Al rato entró como un rayo y fue a despertarlo: “Papito, fijate que un güiro me estaba molestando y yo le dije: cabeza hueca”. Él, medio dormido, masculló un “estuvo bueno, mija”, se dio la vuelta y siguió roncando. Mi hermana salió enchida de heroísmo, envalentonada por la aprobación paterna.
Minutos después entró como un bólido, radiante de felicidad. Esta vez lo zarandeó con fuerza para despertarlo bien y le soltó la hazaña: “Papito, fijate que el güiro me siguió molestando y yo le dije hijo de puta”. Mi papá saltó como un resorte y la vio con los ojos desorbitados; no podía creer que su dulce niñita hubiera dicho semejante grosería. La dulce niñita tampoco podía creer que en vez de la medalla al valor, le cayera tremendo regaño y un castigo. La sonrisa sholca se le congeló en la cara, y ese día supo que los insultos tienen ciertos matices semánticos que deben tomarse en cuenta.
Hace algunos días iba yo en el carro, y al bajar del periférico a la calzada Roosevelt me detuve para cederles el paso a los peatones. El energúmeno que venía atrás se pegó a la bocina, luego avanzó y paró a mi lado para gritarme todo su repertorio de insultos; no le alcanzaban los dedos de las manos para hacerme “malas señas”, después se fue a toda velocidad, echando humo. A mí me empezó a hervir la sangre, pero me contuve. Pensé que no le iba a dar el poder de enfurecerme, a un patán de esa calaña. A uno no lo descontrola el que quiere sino el que puede. Mi abuelita me decía “untate sebo, para que todo se te resbale”. Es lo mejor si uno quiere vivir en paz, porque si nos enganchamos en la neurosis ajena y respondemos a la cólera con furia, la situación se vuelve incontrolable. Entonces nos damos cuenta de que el mejor insulto es el que no se dice.
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